La piedra impactó en el lateral de la cabeza de Faen y la hizo trastabillar antes de poder volverse hacia la persona que la había tirado. Era un humano de edad media, sus manos tiemblan, su pecho subía y bajaba mientras su mirada se fija en ella, los ojos están brillantes como quien está a punto de echarse a llorar.
— ¡FUISTE TÚ QUIEN SE LLEVO A MI HIJO! ¡ASESINA! —grita mientras comienza a avanzar rápidamente hacia ella.
Faen mira a su alrededor nerviosa, los murmullos y protestas se van enlazando en una cacofonía que taladra la cabeza de la inventora. Rostros que se van volviendo cada vez más hostiles. Con movimientos bruscos avanza por un callejón huyendo de las voces, guiada por un instinto de supervivencia, una pena que no conozca estas calles.
Izquierda, derecha, cruza una solitaria avenida, se cuela de mala manera por un patio. Pasa por delante de comercios: El olor a pan recién hecho, los colores chillones de las prendas en el escaparate, el ruido de metal golpeado contra un yunque, breves atisbos frenéticos de realidades más apacibles que la suya. Por poco no arrolla a una anciana que se disponía a salir de su casa. «Sólo una calle más, sólo una calle más…», un pensamiento en bucle para no desfallecer. Los pies de la enana, poco acostumbrados a huidas a la desesperada, resbalan al pisar un charco, la caída se le hace lenta y casi no se da cuenta cuando su cuerpo golpea el suelo, pues rápidamente se incorpora, soltando un gemido como única concesión al dolor que siente en el brazo derecho que ha parado la mayor parte del golpe.
El corazón martillea en su pecho y el flato no tarda en aparecer conforme sigue avanzando por callejones y pasajes, se permite echar un vistazo furtivo por encima del hombro para comprobar que no la sigue nadie y al ver la estrecha calleja a la que ha ido a parar despejada, suspira de alivio. Va reduciendo el ritmo mientras trata de poner sus ideas en orden: «¿Quién era ese hombre? ¿Dónde estoy? ¿Cómo vuelvo con los demás?».
Justo cuando dedica un pensamiento a sus amigos y compañeros de aventuras, unas huesudas manos tiran de ella con gran fuerza, logrando sacarla de su escondite. Aunque intenta escabullirse, la presión que ejerce su captor hace que sólo logre desgarrarse la camisa y que su cuerpo quede todavía más magullado conforme es arrastrada por los adoquines de la ciudad.
Vuelve a estar en la misma calle de la que salió corriendo, sólo que ahora una multitud la rodea y puede ver mejor a quien la ha traído de nuevo al horror: Es una mujer extremadamente delgada que cubre su cuerpo con harapos, cuando se da la vuelta para clavarle una mirada de odio, Faen puede ver que en donde debería estar su ojo ahora hay pústulas que supuran una sustancia amarillo verdosa, la mujer alza su mano y un dedo, frágil como una ramita la señala de forma acusadora.
Y entonces recuerda con un creciente pavor: La mujer que tiene delante fue una vez una florista llena de ilusiones que planeaba casarse pronto, Faen siempre la saludaba porque su tienda quedaba cerca del gremio de inventores. Todo rostro que la mira, toda voz que se alza en su contra, toda mano que la toca e incluso toda voluntad que ansía su compensación lo hace con una razón.
La marabunta se alza y tapa la vista del cielo.
Y ella no cierra los ojos, quiere verlo todo, pues siente que les debe como mínimo eso, cierto estoicismo al enfrentarse a las consecuencias de sus actos. Pero no funciona así, cuando el dolor y el miedo se abren paso en su mente, llora y grita hasta quedarse sin voz, porque como a todo ser vivo, le aterra enfrentarse a la muerte.
Tela arrancada, piel y pelo cortados, la carne se desgarra y es masticada; incluso el cuero de los zapatos es engullido. La aglomeración se mueve como hormigas alrededor de un caramelo olvidado en el suelo. La sangre, intensamente roja apestando a herrumbre, decora manos y bocas pegajosas; dando a los dientes con un brillo bermellón y resbalando por el mentón, formando lamparones en las pecheras. Los huesos se parten para obtener de ellos un tuétano dulce como la miel. Toma mucho tiempo, pues los cuerpos son resistentes y los dientes de las gentes civilizadas de Faerûn no están acostumbrados a obtener su alimento desde instintos tan primarios: el miedo, el odio y la rabia.
Pero cuando el macabro festín termina y la multitud se disuelve, de ella ya no queda nada, ni siquiera una mísera mancha de sangre en el suelo. Como si nunca hubiera existido. Justicia, al fin. Quizás sea lo mejor para todos, ¿no?
Faen se incorpora lo que arranca un sonoro quejido del colchón en el que estaba tumbada. Tarda en entender que aquello nunca ocurrió, sigue entera y está en una vieja habitación de una posada de Saltmarsh como bien hace el fuerte olor marítimo en recordarle.
Intenta dejar que su pulso se vuelva estable, sólo es una pesadilla más, se repite; pero no logra convencerse y tiene que correr hacia el cubo metálico situado al lado de la cómoda desconchada de la que la pintura cuelga como tiras de piel, piensa con un escalofrío, para vomitar hasta que solo sale bilis de su boca y el pecho deja de emitir un dolor sordo.
Se limpia un hilillo de saliva y restos de vómito de la comisura del labio y unas lágrimas silenciosas caen por sus mejillas, la inventora recorre la habitación con la mirada hasta detenerse en su vieja mochila de la que sobresale un pergamino. Un pensamiento fugaz pasa por su cabeza; avanza rápidamente hacia sus pertenencias y con un solo movimiento saca el mapa, por las anotaciones y dobleces, está claro que lo ha usado mucho.
Las manos le tiemblan tanto de una mezcla de entusiasmo y nervios que le cuesta encender el candil para iluminarse un poco. Usa el dedo como guía mientras sus labios articulan palabras sueltas, casi como rezando hasta que para en un sitio situado en el centro de la Costa de la Espada.
–Claro, como he podido estar tan ciega –comenta con voz queda–. Es ahí donde seguramente encuentra respuestas y pueda devolvérsela a ÉGIDA. Además, es donde debo reunirme con… – Se interrumpe antes de seguir, como si pensase que alguien puede oírla aun estando en ese sitio perdido de la mano de Ao. Rodea con un círculo el lugar elegido, permitiéndose una fugaz sonrisa y sopla la vela para apagarla.
Mientras se tumba en la cama, deseando rascar una hora de sueño antes de empezar la jornada, un pensamiento desesperado se forma en su mente: «¿Así podré reparar todo el daño causado?»
Relato de: Anny