Dejadme que os cuente, cuervos.
No podía prever todas las consecuencias que tenían mis actos. ¿Quién podría haberlo hecho? ¿Quién podría decir que mi amistad de Chauntea, señora de la vida, el fuego y la esperanza; y con Atraxa, diosa de los pactos, los vínculos y el comercio, iba a traer el fin de todo? De haberlo sabido…
Atraxa, Chauntea y yo nos escondimos de nuestros hermanos de panteón. Era liberador estar con ellas, casi como sentirse humana de nuevo. Con el tiempo, empezamos a buscar nuevos juegos y retos, casi como un acto de rebeldía infantil. Al principio era engañar a otros dioses o a héroes, pero este Juego de Dioses fue aumentando poco a poco. Oh, Atraxa no paraba de subir la apuesta, le gustaba demasiado, y nosotras no pudimos pararla a tiempo en nuestro ímpetu imprudente... Se hizo con nuevos ámbitos, acumuló una cantidad inmensa de poder, conseguía arrebatar a otros cosas tan enraizadas en su ser que los destruía poco a poco, su ambición crecía y crecía.
Chauntea y yo intentamos hablar con ella, pero, por supuesto, Atraxa lo vio como parte del juego.
Y ahí los dioses, acorralados, pensando solo en volver a tener el dominio que un día tuvieron y no en las consecuencias futuras, mandaron a los Primeros. Esos mortales llenos de poder, de esa energía llamada Vínculo. Atraxa quedó fuera de juego, por supuesto, escondida en Averno, gracias al pacto firmado en desesperación con el que se convertiría en el primer Brujo, y los Primeros condenados evitando así que su potencial dejara en jaque al círculo de los doce poderes. Tenían demasiado miedo del arma que ellos mismos habían lanzado contra Atraxa, y también temían convertirlos en mártires. Aquellos que mueren por causas nobles son una inspiración irresistible para otros mortales…
Chauntea no habló para defenderlos. A mí no me escucharon.
El tiempo pasó y, naturalmente, Atraxa trató de liberarse de sus cadenas, usurpar el sitio de la archidemonio Zariel y conseguir el título de Señora del Primero, utilizando así las puertas que unen Averno con vuestro plano. Con la ayuda de Zhelmyra —quien siguió a los Primeros en vida y construyó la Cuna en su honor— conseguí atar de nuevo a Atraxa, ganándole en su juego y encadenándola a la Guerra de la Sangre. Ya no era esa que un día conocí… Su estancia en Averno la había cambiado profundamente. No se le podía llamar otra cosa que demonio. Sus ámbitos se retorcieron hasta que adoptó como suyas las formas de los infernales, convirtiendo sus contratos en trampas mortales, y con sus propias normas se hizo su prisión. Mientras dure la guerra en Averno, deberá permanecer allí.
Pero el tiempo pasó. Días, años, siglos… y la tranquilidad de los dioses, tan larga que parecía eterna, llegó a su fin. Atraxa implantó una idea en la cabeza de un gnomo, Jan Jansen. La idea de superar a los mismos dioses, de atacar al mismo poder divino que los alimentaba. El dispositivo Omega no estaba diseñado para nadie más que para mí, queridos. Pero ni siquiera Atraxa previó lo que terminaría creando: La Sombra Iluminada. Amenazaba con devorar el universo entero y, por si no fuese suficiente, nuevos héroes estaban naciendo, reforjando ese Vínculo, descontrolado, que tanto les asustaba. Desafiando a los dioses por voluntad propia. Tyr ardió en rabia y ejecutó sus planes de la única manera que él sabe: Guerra y justicia.
El Círculo de los doce poderes, amenazado de nuevo, trató de pararlo todo. Pobres necios, no se dieron cuenta de lo divididos que estaban. Creían que con tratos y negociaciones podían detener lo que se avecinaba. Pero Chauntea bajó decidida, esta vez, a hacer algo. No había podido salvar a Atraxa ni a los Primeros, pero salvaría a estos pobres desgraciados.
No fue hasta que los héroes llegaron a Aguas Profundas cuando se descubrieron los verdaderos problemas de los dioses: Atraxa había tejido y tejido sobre las relaciones de esta historia. Los Hijos del Bosque seguían a unas sagas que habían encadenado a un dios gracias a mi amiga, los Elegidos de la Providencia pertenecían a los demonios y diablos por los propios pactos que los dioses tenían con Atraxa, a mi conocer y que pueda mencionar:
Kelemvor, enseñado por Atraxa a reinar en el plano de los muertos; a cambio, ella pidió en anticipo la posibilidad de reclamar un puñado de almas para Averno ¿Quién podría negarse a tan buen trato?.
Bahamut, cuya intervención “providencial” en el ataque demoníaco al Círculo de los doce no fue tan casual como aparentó, pidiendo, a cambio la adoración de uno de sus seguidores.
Tymora, a quien retó a un juego de azar amañado y retorcido a cambio de almas de sus seguidores, y luego, entregó la de uno de ellos al Obyrith Dagón.
A Tyr no pudo atacarlo directamente, pero sí a su seguidor, Jarik, a quien manipuló a través de su padre para alienarlo y apartarlo, haciéndolo presa fácil para ella.
Shar… a quien sólo tuvo que proporcionarle el dolor que quería para que la taimada diosa se aviniera a entregarle a una de sus más fervientes almas.
Atraxa desea romper sus cadenas, acabar con la guerra en la que la atrapé y volver a este mundo, pero su corazón está tan consumido por el odio y el resentimiento que no puedo permitir que eso pase… no mientras haya una amenaza mayor.
Los dioses, asustados y acorralados en sus propias redes de mentiras y secretos, intentaron actuar de la forma más dolorosa e, irónicamente, mortal posible: violencia. No podían permitir que la historia de los Primeros saliera a la luz, a pesar de ser injustamente enterrada, tampoco podían dejar que el Vínculo de los héroes y heroínas creciera o la historia se repetiría. Subestimaron a la Sombra hasta que fue demasiado tarde y fueron devorados por el enemigo común.
Ahora, Caminantes de Averno, que ya sabéis toda la verdad. Bajad, salvadlos. Salvadnos a todos.