El sol caía inclemente sobre las cabezas de tres individuos que se afanaban sobre la tierra de cosecha. Sería difícil discernir cuál de los tres era más testarudos, algo notable, teniendo en cuenta que se trataba de un semi orco y dos bueyes viejos. Buena muestra de testarudez era el motivo por el que no cubría su cabeza con un sombrero siquiera, como cualquier otro campesino. Si alguien le preguntaba, no tenía problema alguno en detallar el por qué de aquello, aunque podía resumirse en que nunca cedería, ni siquiera en algo tan nimio, ante Pelor, el dios del Sol. Aquel campesino era más viejo de lo que aparentaba, a pesar de que su piel curtida daba muestras de no ser precisamente un muchacho. Sus prominentes colmillos inferiores asomaban por encima del labio superior, aunque uno de ellos estaba roto, hacía ya algunos años… era mejor no preguntar qué estaba masticando cuando ocurrió. El arado al que estaban uncidos los bueyes chirriaba al empujarlo, y podían escucharse maldiciones brotando de sus labios cuando tropezaba con algo. Si los bueyes pudieran ser más expresivos, uno podría apreciar el rictus de resignación en ambas bestias, pues era algo que parecía repetirse con frecuencia.
Algo no tan frecuente eran las visitas. La granja no destacaba especialmente por su tamaño, ni por estar ubicada en un lugar particularmente valioso, o en una ruta concurrida. Cualquiera que viajase por las cercanías, fácilmente adivinaría que quienes habitaran allí, habían buscado precisamente eso, estar alejados de quienes no eran invitados expresamente. Los orcos, puros o mestizos, no destacaban de todas formas por la sutileza o por los detalles de ese tipo. El semi orco granjero se enderezó, llevándose una mano a los riñones, y gruñendo para sí. No era el dolor o la fatiga lo que provocaba el gruñido, sino el hecho de que existieran. Se resistía a reconocer el paso del tiempo. Oteando en la distancia, pudo reconocer lo que se aproximaba. No eran mercaderes. No eran peregrinos. No eran simples nómadas o viajeros ocasionales. Aquello era un pequeño destacamento militar. Sus sentidos seguían afilados como cuando era joven, de manera que pudo distinguir también los estandartes. Orcos. No reconoció las pinturas tribales ni las insignias, pues la temible horda orca se había disgregado, hacía quizás diez años, ante la falta de un líder que los aglutinase. Por otra parte, si fuesen saqueadores o estuviesen en guerra con alguien, no llamarían tanto la atención. Un nuevo gruñido y una mirada al pequeño cobertizo para aperos de labranza fueron su reacción. Comprobó que la vieja espada seguía apoyada contra la madera.
En su día, tiempo atrás, había decidido que lo de romperla en dos y reforjarla como azada, podía valer en un plano meramente filosófico y metafórico, pero que Faerún seguía siendo un lugar repleto de bastardos, y una espada no hacía daño mientras no tuviera que utilizarla… pero necesitarla y no tenerla, si podía ser muy dañino. Tenía algo de peculiar aquella espada. De su empuñadura colgaba un pañuelo rojo, anudado negligentemente, y una cadena fina, rematada por un amuleto con la forma de una araña. Era un curioso detalle para l espada de un granjero semi orco dócil y tranquilo como el que más, pero nadie prestaba mucha atención a los detalles. Se encaminó a la valla más cercana al lugar por el que pasarían los inesperados visitantes, y descolgó el pellejo de cuero con agua para dar un largo trago, y tenerlo a mano para ofrecer a quien hablase por aquellos soldados. Siempre había preferido dialogar y ser educado antes de matar a alguien. Casi siempre. Los mugidos quejosos de los bueyes rellenaron el silencio en lo que aquella mesnada recorrió el camino hasta la valla en la que les esperaba.
—¡Saludos, hermano!— fue la fórmula elegida por el emisario. Se había aproximado con tres o cuatro orcos. Uno de ellos parecía ser quien realmente llevaba la voz cantante, aunque permanecía en silencio. Su testuz estaba adornada con amuletos de hueso y plumas, anudadas con lo que probablemente serían tripas y tendones de algún animal sagrado—. Hace un día infernalmente caluroso para andar trabajando en el arado.
—Ni en Averno encontraría un jodido día más caluroso y asfixiante— respondió en común, tan solo un poco extrañado porque hubiesen elegido ese idioma—. Pero las cebollas y los nabos no se van a plantar solos, ¿no es cierto?
—¡Cierto!— sonrió el emisario —Aunque una vez escuché que eso era en el fondo una extorsión de Chauntea. La diosa podría hacer que efectivamente se plantasen, crecieran y cosechasen solas…
—Eres un blasfemo— indicó el granjero, aunque rápidamente alzó una mano en son de paz y calma—. No te preocupes, no me importa un carajo— apaciguó antes de ofrecerle el pellejo de agua.
—Sí, desde luego que lo soy, pero también me importa un carajo, ¿Eh, hermanos?— sus acompañantes se rieron ruidosamente, excepto el chamán, que se limitó menear levemente la cabeza. El emisario retomó la conversación tras beber un largo trago—. Trabajar de campesino es indigno para un hermano. Además pareces fuerte. ¿No te interesaría unirte a nosotros? ¡Se aproxima algo grande!
—No, decididamente no me interesaría. Solo soy un pacífico granjero que vive tranquilo.
—Si… es desde luego lo que parece… ¿Cuál es tu nombre, hermano?
—Todos me llaman Dócil. Aunque ese todos es realmente reducido, hoy día. Y me gusta que sea así.
—Sea pues, hermano Dócil, no te insistiré, aunque serías bien recibido, mestizo o no. Esos tiempos acabaron. Ya que no puedo reclutarte, ¿podrías al menos darme algunas indicaciones?
—Conozco la zona… ¿Qué necesitas saber?— pese a su aparente inmutabilidad, respiró hondo al constatar que ni le buscaban, ni sabían quién era.
—Lo cierto es que no buscamos un lugar concreto. Nuestro camino nos lleva en busca del que será nuestro líder. Sin duda conoces el nombre de Vikogh, el Inmortal. El liberador y enemigo de los dioses. El último general de la horda Garrasangrienta. Hace años que desapareció sin que nadie supiese cómo ni a dónde encaminó sus pasos, pero tenemos motivos— en ese momento señaló con la cabeza al chamán, a su espalda— para creer que podría encontrarse en esta región. Amplia, extensa y fastidiosamente desierta región.
—Me quiere sonar… Pero si queréis un consejo sabio, abandonad esa búsqueda. Vikogh el Inmortal es un cuento para asustar viejas. Como si alguien pudiera enfrentarse a los dioses… En caso de ser real, ya te digo yo que no andaría por estos andurriales donde ni los mismos dioses miran.
El silencio se hizo algo tenso tras sus palabras. Cuatro pares de ojos de orco miraron en algún momento en dirección al chamán, que no había pronunciado una palabra. Dócil se sorprendió al darse cuenta de que lo que intentaban decidir si era una ofensa o no, era sencillamente dudar de la existencia de Vikogh. Con tristeza asumió que se había convertido en algo muy cercano a lo que había combatido buena parte de su vida adulta. Resignado, dio un vistazo al cobertizo de nuevo, temiendo que tuviese que… Diablos… a Isobel no le iba a hacer gracia que se manchase la valla de sangre. Quizás podría alejarlos con cualquier excusa y matarlos algo más lejos… tres o cuatro metros sería suficiente. Chasqueó la lengua, parcialmente llagada por el roce constante con el colmillo roto, pero no fue necesario que hiciese nada. Desde el edificio principal de la granja, a buena distancia de allí, les llegó un sonido agradable. Empezó como un lamento agudo, pero poco a poco se fue modulando hasta resultar una melodía embriagadora, tranquilizadora, y sobre todo, pacífica. Los rostros de aquellos soldados se relajaron, sin que nada extraño pareciera ocurrir. Dócil también se relajó, no importaba cuantas veces hubiese escuchado el violín de Isobel. Con el tiempo había aprendido a desterrar la sospecha de casualidad cuando cosas así acontecían. Ella era tan perspicaz como él, y tenía tan buena vista y oído, o mejores. Sin duda había observado todo aquello. Quizás incluso lo hubiese escuchado. Fue el momento en que el cariacontecido chamán decidió hablar, en un tono bajo, casi gutural, en lengua orca.
—Creo que una vez, hace mucho tiempo, escuché una melodía de violín parecida… En Aguas Profundas… Una taberna que se llamaba…
—No. No lo hiciste. Piensa mejor— los soldados estaban embelesados con la música, incluso siendo lejana, y parecían abstraídos. Ninguno vio lo que vio el chamán. Probablemente ni escucharon las palabras. Los ojos de Dócil refulgieron breve, pero decididamente nada naturales. Su manaza, asida al travesaño de la cerca, pareció hervir por un instante, dejando una marca de quemadura en la madera—. Proseguid vuestro camino. No tenemos víveres para acomodaros a todos… A un día y algo de marcha encontraréis una posada… Allí podéis preguntar por vuestros cuentos asusta viejas, y perseguir los mitos que queráis. O emborracharos y volver a vuestros hogares, donde quiera que estén. Cualquiera de esas opciones es más sabia que la alternativa.
—Sin duda no eres Vikogh, ni sabes nada de él… Te dejaremos en paz… os dejaremos en paz— los ojos del chamán se habían movido imperceptiblemente, sobre el hombro derecho de Dócil, mirando tras él. Dos niños mestizos se aproximaban correteando. Apenas tendrían cinco o seis años. La niña había heredado los colmillos de su padre, pero aquello no afeaba su aspecto en lo más mínimo, para su desgracia, cuando intentaba parecer feroz. El niño tenía un tono de piel algo menos verdoso que su hermana, y sus colmillos parecían prácticamente humanos. Tampoco parecía ser algo que le molestase mucho.
El emisario, el chamán y sus escoltas se retiraron junto con el resto de la columna de orcos, tras intercambiar algunas palabras y hacer otro infructuoso intento de reclutar a Dócil. Éste no apartó la mirada de ellos hasta que desaparecieron tras una colina, lejos de la granja, mientras los críos jugaban y molestaban a los bueyes, y el violín sonaba alrededor sin pausa. Cuando consideró que podía estar razonablemente seguro de que el problema había terminado, los tres se encaminaron a la casa, pese a las protestas de los bueyes.
Aquella noche Dócil durmió tranquilo, pero no sin sueños. Soñó con aquella otra noche, lejana ya, al pie de las escaleras de la ascensión. La decisión había sido tomada, pese a ser lo que menos quería hacer. El enemigo de los Dioses pronto sería uno de ellos. El Caballero Rojo. Una ironía solo al alcance del propio Ao. Y sin embargo, incluso aquello que no quería hacer encontraba minúsculas trabas. Un muchacho que había rechazado sus consejos, y aquel absurdo enano, que le odiaba sin que el propio Dócil supiera por qué. Con frecuencia había tratado con situaciones así. La gente encontraba los motivos más ridículos para sentirse ofendida. En su cabeza, tan solo rondaba la enormidad de lo que iba a hacer, y la traición que supondría a su amada Isobel. No habría inmortalidad suficiente para que dejase de sentirse miserable, o perdón capaz de redimirse ante sus ojos. Pero la alternativa era… ¿aquello? Tanto trabajo y guerra no habría servido de nada, todo volvería a la normalidad y a la esclavitud frente a los dioses tiranos, solo que en esa ocasión conocía a buena parte de ellos personalmente. Quizás le resultase más doloroso destruirles que antes.
Entonces el tiempo pareció detenerse. Observaba la escena como si estuviese lejos de allí y no fuese con él. En su mente, escuchó una voz largo tiempo olvidada. Una voz que no debería existir a aquellas alturas.
—Sí, sigo vivo, Vikogh, mi díscola mascota. Eficiente, brutal pero rebelde. Incluso los poderes del multiverso son racistas según parece, pues no han considerado necesario asesinar a Ilneval, Padre de los Semiorcos. Por suerte para ti. Te he seguido observando todos estos años. Danzando al son de la perra cuervo que te alejó de mi tutela, de mi apoyo, de mis dones. ¿Lo entiendes ahora, pequeño asesino? Todo es demasiado complejo, demasiado enrevesado. Por eso nunca te di un por qué. Por eso me limité a darte guía y órdenes sencillas. Era lo necesario. Y sin embargo hete aquí, más viejo, más sabio… y sobreviviendo como si aun fueses inmortal… Como si en el fondo nunca se te hubiese negado ese don, mi leal bastardo. Ya basta de Dócil. Álzate como Vikogh y se el Caballero Rojo. Es tu destino. Sé que no necesitas mi ayuda para eso, o para aniquilar a las hormigas que se te oponen, pero… ¿Once dioses? ¿Sin armas que matan dioses? ¿Sin el apoyo de nadie? Acepta mi favor de nuevo, y extiende la ira y el odio sobre dioses, sombras y quien quiera que se alce. Ha llegado el momento de la horda orca. Del verdadero sentido del mundo. La crueldad y la ley del más fuerte.
Dócil sintió aquella agradable sensación, largo tiempo olvidada, de fortaleza, de vigor, de invulnerabilidad. Aquella convicción de que su voluntad arrasaría ejércitos, fortalezas y lo que se opusiera. Su espada vibraba en su mano, sedienta de sangre y lamentos. Lamentos… Muy a lo lejos, por debajo de la escalera de la ascensión, pudo contemplar un lamento. Uno anticipado. Uno que se lamentaba por su ausencia y lo que vendría. Una mujer que sostenía un violín. No uno lujoso, perfecto, pulido y soberanamente adornado. En su lugar sostenía un instrumento parecido tan sólo en la forma, e incluso en eso, de manera muy aproximada. Clavijas hechas de colmillos demoniacos toscamente modelados, cuerdas de tripa apenas desbastadas, y huesos que conformaban la caja de resonancia. Recordaba todo lo que había sudado, sangrado y llorado en Averno, para conseguir esos materiales y fabricar algo tan lamentable. Y sin embargo, en sus manos parecía una obra maestra. Una simple nota, arrancada con suavidad al posar el arco sobre las cuerdas, fue suficiente. No era magia. No era una imposición ni una orden. Era una súplica. Sencilla, simple, pero repleta de significado. Dócil sintió que podía vislumbrar el futuro. Dos pequeños rostros levemente verdosos. Dos bueyes tremendamente tozudos. Y dos ojos que solo podían mirarle inundados de amor, pese a sus muchos y enormes defectos.
Ilneval no fue consciente de su fracaso, ni de las pequeñas plumas de cuervo que volaron disparadas a su garganta, para silenciarle. Dócil bajó los escalones en silencio, sin mirar a nadie, sin dar explicaciones. No le importaba nada salvo bajar rápidamente de aquel lugar. Nunca le había resultado tan grato perdonar vidas.
Pese a no ser exactamente una pesadilla, aquel sueño recordaba su peor momento, y también su mejor elección en su dilatada existencia. Despertó empapado en sudor, preocupado por un segundo. A su lado, con los ojos cerrados y en paz, descansaba Isobel, aunque estaba despierta. Podía adivinarlo por su leve sonrisa. Pero por si se le escapaba, ella le dijo: —Vuelve a dormir… No viene ningún dios a molestarte. Deja escondido al Vikogh ese, anda…
FIN
Relato de: Curro