El viento parecía capaz de pelar la piel y la carne de los huesos, ardiente y voraz, violento. Parecía aullar en todo momento como si el silencio fuese anatema en aquel lugar, como si fuese necesario para acentuar los lamentos de los condenados. Dócil no sabía de dónde venían esos lamentos. Avernus era una guerra continua en la que no era raro escuchar lamentos, pero aquello era lo habitual en una guerra, en la lucha. Lo que no era habitual era escucharlo en momentos de relativa calma. Para sumarse al cuadro, el calor era otra constante, agobiante, capaz de ahogar a alguien simplemente estando quieto. Sumado a las necesidades de los drow y su natural aversión a la luz, hacía que la Sombra de la Hidra tuviese que moverse de agujero en agujero.
Tampoco es que hubiese muchas alternativas. Si encontraban algún asentamiento improvisado, era hostil casi con total probabilidad, o tan inocuo como para desconfiar y evitarlo. Le resultaba extraño estar inmerso en una guerra sin objetivo aparente y sin ser el general, aunque por una vez, se alegraba de ello. No envidiaba a Vyrae, aunque al menos allí a todo el mundo le daba igual si su piel era más oscura o más clara. Dócil sabía que de todas formas en algún momento la drow le pediría un plan para escapar de allí, y no tenía una maldita idea de cómo hacerlo. Quizás en eso consistía el infierno, en tener un objetivo sin posibilidades para alcanzarlo.
Todos ellos tenían asuntos pendientes fuera de la tormenta ígnea a la que habían sido arrojados. Resultaba extraño estar fuera del plano material. Su cuerpo se sentía igual. Su mente también. Sus impulsos, anhelos y necesidades también. La única diferencia palpable que notaba era la ausencia de algo de lo que nunca había sido plenamente consciente. La mirada escrutadora de los dioses. ¿Acaso no le podían ver allí? ¿Quizás ya no le prestaban atención alguna? En teoría ya no era un problema para ellos. Bueno… en teoría ya no tenían problemas. Habían sido devorados por la Sombra Iluminada. Dócil no pudo evitar temblar de pura ira por un instante. Alguien le había arrebatado su objetivo. Aún más, había visto de primera mano cómo el arma asesina de dioses era absolutamente ineficaz contra ella. Tendría que pensar en una manera distinta de matarla.
Hacía guardia cerca de la entrada de la exigua gruta que les servía de cobijo ocasional. Se ofrecía siempre a hacerlo, pues le daba aquellos preciosos momentos de introspección y meditación. Mirando a su espalda por un momento, vislumbró a su familia. Una asesina oscura proveniente de una sociedad en la que los varones son esclavos inútiles y la presencia divina de la diosa araña organiza cada pequeño aspecto de la vida. Una asesina pirata enemiga jurada de un poderoso vampiro que tenía que navegar constantemente entre la confianza y la traición. Y un asesino amable y arrepentido que adoraba a un dios extraño entre los extraños. Aquellas tres personas eran, con una sola excepción, las únicas que podían permanecer a la espalda de Dócil sin que éste estuviese preparado para aniquilarles al momento. ¿Cómo le verían a él? Nunca le había importado lo que viesen los demás en él, salvo para considerarlo como una ventaja o desventaja estratégica.
Fuese como fuese, Shir’Tana le había ayudado en su cruzada, a pesar de no estar de acuerdo con ella. Anne había decidido no robarle la Matadioses, a pesar de que muy probablemente era capaz de hacerlo sin que él se diese cuenta. Wruz’roos le había declarado abiertamente que se opondría a él en su intento de asesinar dioses, y sin embargo, Dócil sintió su suave mano y su arte sanador cuando cayó derribado ante el cobarde ataque del enano. Habría terminado sobreviviendo, pero Wruz’roos no lo sabía, eso es lo que cuenta. ¿Habían tenido tal confianza ciega en él sus lugartenientes de antaño?
Luego estaba su otra familia, la de sangre, la no elegida. Su hermana que le odiaba, sin que Dócil supiese si aquello se debía a la Sombra Iluminada, o si ese odio había existido siempre. Se preguntaba si ella también estaría en Avernus, tras atravesarle el cuello con su espada. Su madre… ¿Seguiría viva? ¿Estaría orgullosa de lo que Vikogh había hecho con su vida, o le despreciaría encontrando alguna u otra debilidad en él? Apenas la recordaba, pero si tenía incrustado en lo más profundo de sus recuerdos aquella voz grave, clamando el nombre de su dios orco.
La horda orca posiblemente habría sido desbandada tras lo de Aguas Profundas. Su ejército contra los dioses había perdido fuerza. ¿Era el momento de soltar la espada y limitarse a existir con sus seres queridos cerca? Si conseguía salir de Avernus, no era una mala perspectiva. Sólo tendría que evitar que Shir’Tana e Isobel no se matasen entre sí… Puede que matar a un dios no hubiese sido su ambición más loca después de todo.
Algo que si tenía meridianamente claro, es que asesinaría sin contemplaciones a cualquiera que intentase siquiera lastimar a aquellas cuatro personas. Probablemente de manera cruel e innecesariamente violenta. Había llegado el momento de que Dócil descansara por un tiempo, y volviese a aparecer el sanguinario Vikogh…
Relato de: Curro