La tierra volvía a temblar. Una roca envuelta en llamas cruzó el firmamento y colisionó contra el suelo, arrojando una lluvia de cascotes y esquirlas de obsidiana.
«Otra más», pensó Isobel.
Sus compañeros y compañeras dormían, aferrados a la falsa ilusión de seguridad que ofrecía aquel abrigo rocoso. Eran escasos los lugares que proporcionaban algo de protección contra las innumerables inclemencias de Averno: pozas de ácido y brea, lluvias de fuego, un aire tan cáustico que quemaba al respirarlo, moscas que te sorbían la sangre y, si no eras cuidadoso, ponían huevos bajo tu piel,… Además de los innumerables seres que poblaban aquel lugar condenado. Todos los Caminantes lucían cicatrices de su particular gesta. Isobel no podía evitar preguntarse si, al terminar, quedaría alguien con vida para relatarla.
Palpó de forma mecánica su cinturón, ese recordatorio constante de aquello por lo que seguía adelante. Sus dedos encallecidos por las cuerdas del violín recorrieron lentamente los nudos. Medir el tiempo en Averno era casi imposible. Sin sol ni estrellas, su único reloj era el peso creciente de su propio cansancio. Cada vez que, agotados, se desplomaban en alguna hondonada para languidecer hasta recuperar energías, Isobel hacía un nuevo nudo en aquel cordón de cuero. Y ya eran demasiados.
Su vista se posó en el estuche del violín que descansaba a unos metros de ella. Ya no lo tocaba fuera del campo de batalla; la música era un lujo que no podían permitirse. No solo atraía oídos indeseados, sino también los ecos de una vida que ya no era suya. El aroma de la carne asada, el frescor de las bebidas, las risas que llenaban su taberna,… Clientes que regresaban con historias nuevas, con lazos recién forjados. Todos sus planes, aquellos hilos que había tejido con tanta paciencia y esmero se habían deshecho, segados sin remedio. Pero suponía que cada Caminante llevaba consigo sus propios fantasmas.
Deslizándose en la penumbra, temerosa de perturbar el silencio, la barda acercó el baqueteado estuche hacia sí. Solo por esta vez, necesitaba sentir algo de calidez. Sus dedos hallaron los cierres y los hicieron ceder con un suave «clic». Contuvo el aliento cuando su mano tocó la madera oscura y envejecida por los años. Conocía cada voluta y cada veta como si fuese parte de su propio cuerpo.
Antes de darse cuenta, su mano izquierda ya rodeaba el mástil con firmeza. Alzó el instrumento hasta su hombro, sintiendo su forma encajar con naturalidad. Sus dedos encontraron las cuerdas y, con la delicadeza de quien revive un eco del pasado, formaron un acorde. No necesitó el arco; solo su dedo índice, deslizándose cerca del puente, para hacer vibrar las cuerdas en un murmullo apenas audible. Sonaba a hogar.
Un graznido rasgó la quietud más allá de las paredes de roca de su refugio.
«Sigue tocando», susurró una voz en su mente. «Recuérdales».
Cogió el arco y volvió a tocar ese primer acorde, impregnado con la añoranza y el anhelo que la devoraban desde dentro. La madera del violín, justo encima del alma del instrumento, se tornó en cristal, como si la música misma hubiera roto la barrera entre lo material y lo etéreo. A medida que el arco ascendía y descendía, el cristal comenzó a expandirse, cubriendo toda la superficie del violín con una capa resplandeciente.
La barda agitó los dedos en un delicado trino que parecía resonar directamente desde su pecho. El arco casi rozaba el puente, creando un sonido metálico y rico en matices. Un haz de luz brotó de sus yemas, refractándose y descomponiéndose al tocar el cristal del violín; y, frente a los ojos de Isobel, se materializó una imagen: Enki compartiendo confidencias con ella. Sus bromas sobre las diferentes acepciones del verbo comer. Cómo le abría su corazón y le mostraba sus inseguridades, no tanto porque el Tapiz lo propiciara sino porque eso era lo que hacían las amigas.
Le siguió una sucesión de quintas, notas casi iguales pero a la vez distintas. Y Kodem e Ylodar aparecieron en una neblina azulada, sus rostros llenos de sorpresa al descubrir su verdadero parentesco.
Deslizó toda la mano por el mástil para hacer brotar todos los armónicos de cada cuerda, revelando la visión de Allan acodado en la barra del Tapiz, alegre y bravucón como siempre. Pidiéndole que rellenara otra vez su cuerno mientras relataban por turnos alguna de sus batallitas.
Un feroz stacatto, de gran riqueza en los graves, invocó a Anirissa. La dulzura de su inocencia y su miedo constante a hacer daño a quienes amaba.
Sus ojos se inundaron de lágrimas, pero siguió tocando. Con un alegre floreo, el rostro de Rita tomó forma ante ella. Tal y como estaba la última vez que la vio, bebiendo con Mirdin y asegurándole que dejaba la taberna en buenas manos. Su sonrisa podría haber eclipsado al propio sol. La añoraba tanto…
Titubeó por un momento, y las ilusiones parpadearon como luces a punto de apagarse. Dolía evocar el pasado, pero recordar a Dócil le desgarraba el alma. Su ausencia era una herida que nunca se cerraba.
Comenzó con un variolaje lento, improvisando sobre las diferentes notas de la escala frigia. Pensó en él. En aquella complicidad que había nacido sin buscarla, en sus acalorados debates. Recordó su sonrisa sarcástica, como si hubiera un secreto que solo ellos dos conocían. Rememoró su tacto, la calidez de su voz. Las lágrimas ya no le permitían ver, pero no lo necesitaba. Inició una progresión ascendente, yendo in crescendo. Evocando una de sus últimas conversaciones. «Cuando todo esto acabe, tendremos un hogar. Tú y yo». Le vio, como si aún estuviese junto a ella, cuando le entregó su espada antes de enfrentarse a los dioses. Volvió a revivir el día en que le pidió que confiara en él. Cómo le prometió que volvería a su lado. Y se permitió introducir una disonancia entre las notas, un atisbo de duda y de miedo por las promesas rotas y las traiciones que ya había experimentado.
Dejó volar sus dedos, y por instinto empezó a entretejer arpegios entre las cuerdas volcando en ellos todo lo que su corazón albergaba. La música surgió como un torrente, suave al principio, pero pronto se tornó impetuosa; una cascada de notas que desgranaba sin cesar, cada una distinta y a la vez conectada con la anterior. Los acordes se ramificaron, como raíces de un árbol, extendiéndose por la pequeña cueva y llenándola con una vibración intensa, casi palpable. Con cada nueva modulación el aire parecía densificarse. La melodía se hizo tan vasta que parecía no tener fin, como un paisaje sonoro que abarcaba todos los rincones de su alma, hasta culminar en un acorde mayor que vibraba con un tenue hálito de esperanza.
Isobel abrió los ojos. El arco continuaba deslizándose sobre las cuerdas. A su alrededor, las personas que más amaba se habían convertido en un hermosísimo caleidoscopio de ilusiones cristalinas. Todos estaban allí, como si nunca se hubieran marchado. Y en el centro, unidos por un hilo de luz pura, Dócil y ella se abrazaban en un gesto que parecía desafiar al mismísimo destino.
La última nota reverberó hasta apagarse. Las imágenes se desvanecieron como jirones de bruma, perdiéndose entre las afiladas aristas de obsidiana del techo del abrigo, y un aleteo resonó en el exterior. No quedaba ni rastro del aspecto cristalino de su violín.
La antigua tabernera se secó las lágrimas que, mezcladas con polvo y mugre, humedecían sus mejillas. Como si al limpiarlas pudiera también llevarse todo rastro de su pena. Las yemas de sus dedos palpitaban de dolor y, a su espalda, los siete bultos del resto de los Caminantes de Averno se movían al compás de sus respiraciones, cada uno con su propio y discordante ritmo. Eran completamente ajenos a lo que acababa de suceder. Apenas conocía a la mayoría de ellos, pero sabía que compartían un mismo objetivo: rescatar a los demás héroes de Faerûn. Y jamás lo lograrían si no estaban unidos. Se centró en ellos, en lo que los movía, en lo que podrían llegar a ser. Solo así la misión tendría alguna posibilidad de éxito. Suspiró.
—Tengo mucho trabajo por hacer —murmuró—. Demasiados hilos que deben ser tejidos.
Dejó el violín en su estuche con suavidad, y se permitió un último instante para recordar lo que había sido; lo que debería haber sido. Pero la realidad la reclamaba. Era hora de despertar a Lily para que hiciera la siguiente guardia.
Mientras se alejaba, otra bola de fuego surcó el cielo rasgando la penumbra. Su fulgor iluminó el violín y, por un breve momento, las sombras danzaron sobre unas nuevas marcas grabadas en la madera. Nombres. Sus nombres.
Relato de: Carmen