En una pequeña y anodina taberna de pueblo hoy es uno de esos días en los que se puede ver a la mujer de porte erguido sentada en un extremo de la barra, contra la pared. Cae su cabello oscuro en una trenza con algunos reflejos plateados, bebe un vaso de vino del mismo color que su hábito mientras revisa una libreta de aspecto destartalado.
Por todos en Greenest es sabido que, si quieren hablar con Jinmei, una vez al mes la encontrarán en ese mismo lugar. Podría buscarse un rincón más apartado para leer sin ser interrumpida, sin embargo, la monje sonríe cuando aterriza junto a su bebida un plato de sardinitas saladas y Berylla, la posadera, se acomoda frente a ella.
—Vas a desgastar tu broche si siempre lo estás acariciando.
Se refiere al león dorado que prende en su pecho. Se nota que el tiempo pesa sobre sus cantos ya redondeados, sus relieves suaves y las marcas de pasadas batallas.
—Tiene ya más de diez años —responde ella dirigiendo al emblema una mirada cálida.
—¿Los echas de menos? A los Salvadores de Faerun.
El silencio flota entre ellas unos instantes. Es pronto, Berylla acaba de abrir y los lugareños aún están ocupados con sus labores, por lo que en ese momento en la taberna solo se encuentran ellas dos. La posadera se coloca los mechones rizados, y espera, sabe respetar esos tiempos. Jinmei habla al fin:
—Cuando sabes que todo cambia, no te aferras a nada. Recuerdo a los Salvadores con estima, aunque no me resisto a aceptar que nuestro tiempo pasó. —Pasa la monje las páginas de su libreta desgastada, sobrevolando con sus ojos las palabras que guardan los recuerdos—. Aneres era un buen líder, nos mantenía unidos, siempre tenía preparado un gran discurso. Nos mantuvimos el uno al otro a flote cuando casi perdemos la esperanza, cuando la Sombra trató de reclutarnos. He de decir que me sorprendió cuando dijo que nos consideraba a Ugduk y a mí su mayor amenaza. Aunque en el fondo lo entiendo.
Rebusca en las letras y párrafos de sus memorias hasta que encuentra lo que busca. «Mira». Le tiende a Berylla la libreta.
Entre monjes - Waterdeep
Aún estaba devastada por conocer que la Sombra Iluminada había devorado el monasterio de Ninjin Shuei, el que había sido mi hogar, cuando esa mujer me confirmó que Ugduk había terminado con la vida de Lem.
Pocos arranques de ira recuerdo mayores que el de aquel momento. Corrí a buscarlo, lo enfrenté. Me confesó la verdad y fue la primera ocasión en la que sentí esa imperiosa necesidad de terminar con él. Le ataqué, totalmente ciega, y comenzamos a pelear.
Habría seguido el mismo destino de Lem si no fuera porque Aneres se interpuso entre nosotros. Tardamos varios embistes en recuperar la razón y percatarnos de que a quien teníamos delante era nuestro compañero.
—Bueno chicos, no os preocupéis, si queréis matadme a mi que para algo soy inmortal —nos dijo con su sarcasmo habitual viajando en una voz calmada.
[…]
—Y no es la única vez que peleamos —interrumpe Jinmei la lectura—, después de eso las cosas solo fueron a peor, tratábamos de buscar una solución y a la vez no matarnos el uno al otro. Es normar que llegáramos a preocupar a los demás. —toma una sardinita y la mordisquea pensativa— Sé que alguien me ofreció unirme a algún tipo de organización de salvar bosques o no sé qué como solución. No logré entender cómo unirme a un grupo ecoterrorista iba a ayudarme con lo del Primer Monje…
—Que sí, que sí —la corta Berylla sacudiendo la mano devolviéndole la libreta—. Enséñame alguna otra historia, me gustan tus aventuras. Va, alguna de cuando estuvisteis en Averno.
Jinmei rebusca y le tiende el diario:
Los Cobradores de Faerun - Averno
Caminábamos en silencio tratando de agarrarnos a la esperanza de que todo sería fácil. En el fondo los cuatro —Renata, Arryn, Ugduk y yo—, sabíamos que no iba a ser así.
—¿Es usted Frederic? —preguntó Renata.
El demonio acababa de salir de su casa y lo habíamos interceptado cerca, aunque lo suficientemente lejos para no dejar que se refugiarse en ella si las cosas se ponían feas.
—Sí, ¿tú qué quieres?
—Venimos de parte de Mahadi. Le debes veinte monedas.
La bardo hablaba frente a él, Ugduk y yo nos situamos uno a cada lado con la pose más amenazante que pudimos, mientras Arryn se escurría discretamente a las espaldas del demonio.
—No sé de qué me hablas.
—Seguro que lo sabes. Le pediste veinte monedas de alma a Mahadi y ahora tienes que devolverlas. Hemos venido a reclamarlas de su parte.
—No conozco a ninguna Mahadi ni sé de qué deuda me estás hablando —insistió con tono amenazante el demonio.
Esa agresividad era un pequeño alivio en el que refugiarse sabiendo lo que iba a venir. Renata continuó haciendo una preocupante gran representación:
— Puedes darnos las veinte monedas por las buenas, las malas o por las peores.
Frederic nos miró con desprecio, uno a uno:
—¿Vosotros? No seríais capaz de hacer daño a una mosca. ¡Piérdete! —y echó a andar.
Los monjes le barramos el paso. Renata continuó:
—Tienes una deuda y la debes saldar. No haberla pedido.
Frederic trató de escabullirse y salió corriendo.
—¡Arryn! Cógelo.
Pero el demonio ya estaba inmóvil con el cuchillo del pícaro en el cuello. Me acerqué a él, posé una mano en su hombro y suspiré resignada:
—Bueno, supongo que procedemos a la violencia...
El regreso al Éxtasis Errante fue penoso. Las monedas pesaban en nuestro poder, al igual que la culpa y la vergüenza.
—Solo es un demonio, solo es un demonio, solo es un demonio... Era necesario —me repetía a mí misma en susurros con la mirada clavada en el suelo.
—Me siento sucio... —escuchaba a Ugduk a mi espalda.
Renata es la que parecía más íntegra.
—Yo creo que ese Frederic no era buena persona, era un moroso que iba de superior y no tenía interés en pagar sus deudas. Tenía toda la pinta de esos que piden dinero y luego nunca lo devuelve y piensa que eres inferior y cuando vuelva a necesitar te volverá a llorar...
En el rostro de Arryn se reflejaba aquella oscuridad que pensábamos que había dejado atrás:
—Me habéis engañado, esto no es ser un Salvador —se filtraba una mezcla de decepción y desdén entre sus palabras—. Al final siempre eres el cuchillo de otro…
—No volveremos a hacer algo así, Arryn —le dije tanto a él como a mí.
Este era un episodio del que no nos enorgullecemos, este era un claro reflejo de la vida en el Averno, ese lugar en el que el cansancio y los horrores hacían mella en nosotros.
La posadera la mira con cierta sorpresa y poco camuflada diversión, se le aprietan los pómulos dibujando graciosas arrugas alrededor de sus ojos. Jinmei se mantiene serena:
—La vida en Averno nos afectó a todos. El cansancio y los horrores hacían mella en nosotros. —Con un gesto de mano recupera su libreta—. De Renata aprendí que la línea directa no siempre es la más adecuada para llegar a tu destino, también que no hay que lavarse la cara con el mismo jabón que las manos. No sé por qué, pero por lo visto es muy importante. De Arryn aprendí a ser crítica con todas las acciones, había que sopesar muy bien en Averno hasta dónde estábamos dispuestos a llegar para salir de ahí. Por tal de evitar condenar un alma inocente casi le vendo "un final feliz" a un demonio, al final la convencimos de que lo mejor era montar un concierto. Era una tabernera muy alegre.
—¿Ah sí? —Alza una ceja con picardía Berylla.
Una sonrisa melancólica se dibuja en el rostro de Jinmei.
—Me has recordado a Anne Tarch.
Rebusca de nuevo y cede las palabras a su amiga.
Yo nunca - Saltmarsh
La noche antes de que nos embarcáramos hacia el faro de Saltmarsh, varias mujeres terminamos bebiendo en una posada. Entre cerveza y cerveza yo escuchaba a las otras comentando sus intimidades sobre actos carnales. Como cualquiera podrá imaginar, ese era un mundo desconocido para mi que prácticamente acaba de abandonar mi monasterio.
La noche se fue animando y más personas se sumaron a la fiesta. Siguió corriendo la bebida, más intimidades y anécdotas rocambolescas de ámbito carnal fueron confesándose en un juego de "yo nunca nunca".
Del grupo inicial había una mujer de risa sonora y buen beber que llamó mi atención: Anne. Parecía estar disfrutando de ver cómo una desubicada monje como yo se iba soltando según se vaciaban las jarras de cerveza.
De forma casi inconsciente, me mantuve cerca de la pirata, como atraída por esa energía. Cruzamos algunas palabras discretas: «Tienes un pelo muy bonito» me escuché decir mientras le tomaba un mechón de cabello; «Tú estás muy fuerte» comentaba Anne posando una mano sobre mi brazo.
En algún momento, en el auge del juego alguien declaró: «Yo nunca, nunca le comería la almeja a alguien de esta mesa». Ya con los sentidos aturdidos y poco control sobre lo que estaba haciendo, bebí mirando a Anne a los ojos. La pirata lanzó una exclamación, sonriente y con ojos pícaros. Poco a poco, llegó más gente y tuve que marchar. «Si sobrevivimos, yo a ti te tengo que enseñar lo que es ir de juerga», fue la despedida de ella. Y esa promesa se cumplió en Waterdeep.
—Que romántica eres. Pero, ¿dónde está el resto de la historia?
Berylla comienza a pasar páginas hasta que Jinmei le toma la libreta de las manos.
—Anne era alguien capaz de dejarme sin palabras.
—Imposible, siempre tienes una lección para cada momento.
—Acababa de salir del monasterio, era la primera vez que alguien despertaba esa emoción en mí. Era una ignorante en muchos asuntos. Hasta entonces mi único contacto con ese tema era de los libros de Volo que Anirissa y yo leíamos por las noches en las posadas del camino.
—Qué entrañables.
Jinmei pasea el dedo índice por el borde del vaso antes de tomarlo:
—Anirissa, qué duro fue perderla en Averno.
Berylla sigue ojeando, esta vez Jinmei la contempla dando un sorbo al vino y una sardinita en la otra mano.
Malditos héroes - Saltmarsh
[…]
—¡Todo es vuestra culpa! —les grité a esos dos Hijos del Bosque— viajeros aventureros pasáis por mi monasterio tocáis vuestras canciones me engatusáis para que deje mi hogar y me vendéis la ilusión de aquí fuera todo es bonito. ¡Y no! Aquí solo hay dolor, hay confusión, todo es difícil.
—Sabes que hubieras acabado saliendo sabes que lo que tenías allí dentro no era vida —me contestó la cazadora.
—¡Pero todo es muy difícil! Todo es muy confuso ¿por qué me hacéis esto? ¿por qué me engañáis?
—Mírame y dime de verdad que te arrepientes de haber partido.
No era capaz de contestar.
—Qué soy ¿quién soy? —las lágrimas ardían en mi rostro— ¿adónde me dirijo?
[…]
—Uy, qué intenso. —Arruga la cara la tabernera—. ¿Qué te ocurría?
—No llevaba mucho tiempo viajando, fue en Saltmarsh —contesta tranquila Jinmei, ahora haciendo acopio del bocadito salado—. Había vivido siempre recluida entre cuatro paredes estudiando unos principios que no eran tan fáciles de aplicar en el mundo real. Todo era difícil, me rompí. Comencé a refugiarme en la bebida, esto fue justo antes de unirme a los Salvadores.
—No me gusta. —Pasa más páginas—. A ver, ¿Ugduk el “alcahuete”?
Con un gesto de mano, le indica que lea.
Ugduk el alcahuete
[…]
Y diez años después de salvar Faerun, los Salvadores nos reencontramos. Nuestros dioses Renata y Arryn bajaron la escalera, nos permitieron también disfrutar un día del espíritu de Aneres.
[…]
Tras dar abrazos y derramar lágrimas, quedábamos en la posada del reencuentro Ugduk, Ylindar, Mirdin, Arryn y yo. Ugduk se dirigió a la pareja que había ascendido a dioses:
—Ahora podéis estar siempre juntos, ¿no?
—Las cosas allí arriba son diferentes —contestó Mirdin con un tono triste calándose en la voz—. Tenemos muchas responsabilidades.
—Eso no puede ser —se escandaliza el monje—. ¡POSADERO! ¡Una habitación para estos dos!
Ylindar y yo reímos ante su ocurrencia.
Años atrás, el orco había sabido sobre los sentimientos del fénix en nuestro enfrentamiento contra la Sombra Iluminada. En ese combate, que finalmente le había dado el merecido descanso eterno, Aneres me había protegido con su vida. Allí, luchando contra las criaturas oscuras de la Sombra, ante la pregunta de Ugduk «¿Por qué proteges solo a Jinmei?», el guerrero le había contestado «Me lo ha pedido Ylindar». Ante su extrañeza, le aclaró: «Está enamorado de ella». Yo no me imaginaba que diez años después ese asunto aun rondara por su cabeza.
—¡POSADERO! —gritó de nuevo ante nuestra extrañeza— ¡Que sean dos habitaciones!
No nos dio tiempo a comprender sus intenciones cuando de pronto nos empujó de la espalda a Ylindar y a mí, el uno contra el otro. Cuerpo contra cuerpo. El fénix se ruborizó y casi echa a arder:
—Pe, pero... ella no...
Pasado el pasmo inicial, reí de nuevo y me encogí de hombros:
—Bueno, no sé, un día es un día.
Arryn, nuestro Caballero Rojo, se llevó las manos a la cabeza con los ojos abiertos de par en par:
—Esto me ha pillado totalmente por sorpresa. Tengo calculados todos los escenarios posibles y este no era uno de ellos.
Los ojos de Berylla se abrieron de par en par:
—¿El fénix? ¿Eso pasó? Pero este relato es de hace un par de años, cuando os reencontrasteis, ¿verdad? Yo creía que preferías... —se queda en silencio como no atreviéndose a continuar.
—¿Mujeres? —contesta Jinmei tranquila terminando con todas las sardinitas del plato— Solo puedes hacerte un juicio sobre aquello que realmente conoces.
La posadera se queda pasmada hasta que le entra la risa.
—Vaya, que hay que probarlo todo en esta vida.
—Es otra forma de decirlo. Él nunca me pidió nada, ni tampoco me lo ha pedido tras ese día —toma la libreta de las manos de su amiga—. Dame un momento.
Pasa las páginas hasta alcanzar el final, entre la lámina de papel y la de cuero saca una pluma roja, negra y dorada. La sopesa con cuidado.
—Cada año me deja una en el monasterio, pero no se deja ver. Ylindar cree que yo soy la que lo he ayudado a él, sin embargo, también él me ayudó a ver que puedo sanar a otros, guiarlos para que encuentren su propio Camino.
Busca Jinmei de nuevo entre las páginas y tiende la libreta a Berylla.
Calmar el hambre - Waterdeep
Todavía sonaban ecos del clamor de la batalla, de aquello que podría haber sido una masacre. En la estancia aún quedaba algún invitado rezagado tras el mobiliario desperdigado, las marcas de sangre e impactos mágicos decoraban la que había sido un bello salón de bodas, el suelo estaba cubierto de cuerpos de muertos vivientes que por fin descansaban y, entre ellos, un murciélago gigante sin vida. Vicenza, el hermano de Renata, al que acababan de absorber la vida de forma literal.
A su lado, de pie, estaba Ylindar, el perpetrador de este acto. Seguía inmóvil, encorvado hacia adelante, el cabello negro le cubría el rostro. Temblaba.
Nadie parecía percatarse de la situación.
Rápida, me acerqué a él y lo tomé por los hombros.
—Ylindar, tranquilo.
Siguió con la cabeza gacha y respiración forzada. Notaba la tensión de su cuerpo bajo la capa.
Se me hizo un nudo en la garganta. Acababa de devorar la vida de la criatura y yo sabía lo que acababa de despertar en él. ¿Quién sino comprendía lo que era tomar un sorbo y no poder parar? Yo sabía lo que era tratar de cubrir un vacío a través de un apetito insaciable, entendía lo que era dejar que la ira abriese un pequeño resquicio, que la ira se convirtiera en gula, en hambre.
Yo misma había experimentado lo que era perder el control.
—Ylindar —insistí—, estoy aquí. Vuelve.
No reaccionaba. No lograba ver sus ojos a través del cabello.
—Sabes que hay luz en ti. No te pierdas en la oscuridad.
Lo había conocido pocos días antes, allí mismo en Waterdeep. Me había encontrado a un hombre deprimido y pesimista. Desde entonces, le había hablado del equilibrio, del balance de lo bueno y lo malo, el ying y el yang. Reforcé cada atisbo de bondad que dejó entrever. Aquella misma mañana, incluso, había conseguido despertar en Ylindar una sonrisa sincera. Pero la carga que portaba era demasiado grande…
—No te pierdas, por favor.
Inclinó el rostro hacia mí, aún con respiración intensa. Dejó a la vista unos ojos oscuros, profundos, que miraban, pero no veían. Solo había en ellos un brillo de ansia. La mirada de un animal.
—Soy yo, Jinmei. Estoy contigo. Mírame a los ojos. —Su mirada estaba vacía, aunque clavada en la mía—. Tú puedes contenerlo.
Su brazo tembloroso ascendió despacio, posó la mano en mi mejilla sin retirar la mirada. Era cálida.
Parpadeó una vez, dejó de temblar.
Le sonreí y asentí.
Ylindar parpadeó de nuevo y su mirada se enfocó. Ya no estaba ahí la bestia.
—¿Estás bien?
No me contestó. No importaba, Ylindar había regresado. Sin embargo, algo en sus ojos me decía que no era el mismo, que algo había cambiado en él.
Tarda esta vez un poco más Berylla en alzar el rostro hacia su amiga.
—Fue un momento intenso —comenta Jinmei ante la falta de comentarios.
—Entonces, ¿cómo fue?
—¿El qué?
—Ya sabes... —alza las cejas sugerentemente un par de veces, sus ojos verdes chispeantes.
—¿Ese caso le haces al relato? —se indigna la monje—. Que fue un momento muy importante.
—A mí me gusta el salseo, no los dramas.
El comentario despierta una carcajada en Jinmei.
—A mí me gusta tu honestidad. —Toma de nuevo el objeto de las manos de Berylla y guarda con cariño la pluma en su lugar—. Igualmente, hay muchas cosas que contar, muchas cosas que hicimos juntos los héroes. Los tres monjes, por ejemplo, Lem y Ugduk me ayudaron a conectar de nuevo con el ki, con el poder de la Chispa ¡volamos!, literalmente, lanzamos canalizaciones de ki… Todo antes de querer matarnos los unos a los otros... Asaltamos convoyes de demonios, protegimos a toda una ciudad de un ataque orco, a los invitados de una boda… En esos combates mi prioridad siempre era proteger a los demás… molestar, desviar ataques, estar en todas partes a la vez para que los otros héroes atacasen sin peligro. Eso es lo que hacíamos los Salvadores, proteger a la gente. Te leeré qué son los Salvadores.
La Esperanza
[…]
—Los Salvadores somos la Esperanza —anunció con decisión Aneres al resto de integrantes, a los Salvadores de Faerun—. Somos aquellos que traen la luz a los desamparados. Cuando llegamos a un lugar, la gente sabe que todo irá bien, se iluminan los rostros; hombres, mujeres, incluso los más pequeños, saben que alguien luchará por ellos. Dejan de pensar en los males y, por una vez, reina la esperanza. Los niños se alegran, por un día se hinchen de orgullo y se plantean ser héroes.
Como esos niños a los que mencionaba nuestro líder, nosotros nos manteníamos más erguidos, más convencidos de movernos por aquello que era lo más importante: un bien mayor, salvar vidas.
—Aunque… no solo somos la Esperanza para los demás —añadí—, la esperanza vive en nosotros. A pesar de que el camino sea oscuro, sea arduo, sabemos que siempre hay una manera, siempre hay una senda que nos llevará a la luz, siempre habrá una forma honesta de solucionar los problemas por difícil que sea se encontrar
[…]
Se le quiebra la voz a Jinmei y se queda pensativa, atrapada en esas palabras plasmadas en papel amarillento. Posa la mano en su broche. Queda sumergida en sus recuerdos carios minutos pasando el índice de la otra mano por el borde del vaso vacío, ante una sonrisa cálida de Berylla.
—¿Querrás más vino?
—No, solo un vaso, ya lo sabes.
La monje se levanta.
—¿Te vas ya? —posa Berylla su mano sobre la de ella.
—Sí, hoy he bajado con varios acólitos, ya habrán repartido los encargos. Tenemos que ayudar al curtidor con el traslado del taller. —Se separa Jinmei con delicadeza dejando una fugaz caricia en esa mano. Se separa de la barra y camina hacia la salida—. El mes que viene te traeremos calabazas. —Para un segundo y mira a la tabernera—. ¡Ah!, añade a nuestro próximo pedido algo de carne de caza, llegarán alumnos de Ugduk.
Sigue su camino y cuando alcanza la puerta, la voz a su espalda la reclama de nuevo.
—¡Jinmei!
Se vuelve hacia su amiga con un «¿Sí?».
—¿Qué significa tu nombre?
Alza las cejas, sorprendida, nadie se lo ha preguntado jamás.
—La fuerza del árbol que florece en invierno. —Se contemplan unos instantes en silencio hasta que la monje se vuelve de nuevo hacia el exterior—. Adiós Berylla, hasta el mes que viene.
—Adiós, arbolito rebelde. Aquí te espero.
FIN
Relato de: Laura Yipita