El olor a hierro impregnaba el ambiente. Largos pasillos adornados con ríos carmesíes y los cuerpos de antiguos compañeros, amigos y familia. El eco de sus pasos resonaba en la penumbra mientras avanzaba hacia el gran pórtico. Al llegar al umbral, se detuvo un instante. Detrás de él, el caos.
—¿Vas a salir? No sabes lo que hay más allá. Aún hay tiempo de arreglar las cosas.
La escena a su espalda decía lo contrario. No quedaba nada que salvar. Todo lo que conocía, toda su vida, había sido arrastrada por una marea roja de desesperación. Inspiró hondo y dio un paso hacia la oscuridad, alejándose de los muros donde creció.
…
—No lo sabía Ethelayn… Lo siento, lo siento muchísimo.
La voz le resultaba familiar. Pertenecía a alguien de cabellos dorados, alguien cuya presencia siempre traía consigo canciones y sonrisas.
Otra voz surgió de entre las sombras. Una voz marcada por un pasado compartido, pero ahora floreciendo como un campo tras el paso del fuego.
—No es tarde para cambiar. Os abandoné porque lo que hacíamos… no era lo correcto.
Entonces, la oscuridad tomó forma. Una silueta se alzó en medio de la penumbra: Mystra, diosa del conocimiento y la magia.
—Acepto tus disculpas, pero no me decepciones.
Su voz era cálida, como el cariño de una madre que ve a su hijo levantarse tras caer y hacerse trizas las rodillas. Luego, con un dejo de solemnidad, preguntó:
—Ahora dime, hijo mío… ¿por quién vas a pelear ahora que yo ya no estoy?
Un grito lejano rasgó la tranquilidad.
—¡¡EMBOSCADA, CUIDADO!!
Su mirada descendió. A sus pies, un vacío aún más oscuro que la noche, marcado con acentos dorados. Un abismo sin fondo, hambriento, capaz de devorar hasta el mismísimo sol.
Su brazo se estiró, intentando alcanzar a su diosa. En vano.
—¿Por quién peleo…?
La pregunta se desvaneció en su garganta. Se dejó caer, rindiéndose a la profundidad. Sus ojos, pesados, comenzaron a cerrarse. Por primera vez en mucho tiempo, encontró paz. El eco de la guerra se disipó. Los gritos, el sufrimiento. Todo cesó.
Pero entonces un destello atravesó su mente.
Un rostro de orejas puntiagudas, piel escamada azul y una mirada de desdén.
La rabia le quemó el pecho como una herida abierta. Esa desdichada mancha azul que siempre permanecía en su sombra. Esa criatura que hablaba con superioridad, como si supiera lo que él había sufrido. Ese piojo con escamas que le pidió abandonar su investigación para… bailar.
…
¡Esa malnacida elfa, Coralee!
El mundo cambió en un parpadeo.
Un rojo furioso lo envolvió. El azufre le quemó la garganta y su espalda chocó contra el suelo de roca ardiente. Sobre él, parte del piso se desprendió, cerrando cualquier posibilidad de escape.
—¡VAMOS, LEVANTA, TE NECESITAMOS AHORA!
La voz de Mirdin le sacudió la cabeza. Antes de que pudiera responder, sintió un fuerte tirón que lo puso de pie de un golpe.
La situación era crítica. La emboscada había sido perfecta: los diablillos usaron la columna de lava como cortina, cegándolos con un estallido antes de iniciar un bombardeo desde el aire.
Criaturas del averno acechaban entre las sombras: diablillos de piel roja y sonrisas endemoniadas planeaban entre las columnas de humo, alados y listos para lanzar su próxima andanada. Desde las alturas, se burlaban con carcajadas estridentes.
Ethelayn se tambaleó, pero logró afirmarse. Sus ropajes azulados, decorados con plumas negras, ardían con el reflejo del fuego, iluminando con orgullo los colores de la Reina Cuervo.
Encima de ellos, el batir de alas traicioneras anunció el ataque de los diablillos. Uno de ellos descendía en picada, una bola de magma incandescente en sus garras.
Sin pensarlo, Ethelayn corrió al centro de la formación, arrastrando a su salvadora consigo. Su corazón latía con furia.
Un grito se alzó en el aire.
—¡REINA CUERVO, YO TE IMPLORO…!
Y el infierno retumbó una vez más.
Relato de: Mons