Una brisa suave y constante ayudaba a Isobel a mover el cuerpo inerte de Dócil. Era una suerte, pensó, que una de sus mejores amigas se hubiera convertido en diosa. La recorrió un escalofrío. A sus espaldas, todos sus aliados y amigos se preparaban para lo inevitable: la batalla en la que se decidiría el destino del Multiverso. Algunos no regresarían. Incluso aquellos que lo hicieran nunca volverían a ser los mismos.
Jadeando, logró llegar hasta la que había sido su habitación durante aquel breve interludio tras salir de Averno. Las sábanas seguían revueltas, y la toalla con la que se había lavado la cara esa misma mañana aún estaba húmeda, abandonada junto a la jofaina. Con un gruñido de esfuerzo, empujó a Dócil sobre el maltrecho colchón. El viento se arremolinó, agitando su cabello antes de desvanecerse, como un último adiós. El semiorco yacía tranquilo, con el rostro relajado en una sonrisa serena que solo recordaba haber visto cuando dormía. Alargó la mano y acarició su mejilla, áspera por las inclemencias del tiempo y la intemperie. Él la perdonaría, al final.
―Tuve que hacerlo ―susurró, más para sí misma que para él.
Por el rabillo del ojo, vio cómo las sombras se arremolinaban en una esquina, adoptando una forma vagamente humanoide. Isobel se tensó. Debería haber sabido que ella no les dejaría marchar así como así.
―No eres bienvenida aquí. Márchate.
De las sombras emergió un sonido a medio camino entre un graznido y un cacareo. La barda tardó unos segundos en comprenderlo: se estaba riendo.
«Por qué».
«Por qué».
«Por qué».
Distintas voces repitieron aquella pregunta, formulada sin emoción alguna. Cada eco parecía implicar algo distinto: por qué debería marcharme; por qué eludes tu propósito; por qué rechazas mis dones; por qué has mentido a quien amas; por qué les has abandonado.
Ella decidió no mirar en su dirección. En su lugar, tomó las manos inertes de Dócil entre las suyas. Sentía las callosidades y cicatrices de sus palmas. Eran unas manos habituadas a empuñar una espada, a mancharse de sangre propia y ajena. Pero también eran unas manos capaces de acariciar. De cuidar y de sanar.
Eran las manos de alguien que podía elegir.
―Porque no vamos a seguir siendo tus herramientas. Ni las de nadie.
Un aleteo rompió el silencio, y un gran cráneo de ave, de pico peligrosamente puntiagudo, se inclinó sobre su hombro. Olía a polvo viejo, a habitaciones cerradas y a un frío que helaba los huesos. Casi le pareció sentir el roce de las plumas en su brazo.
Se giró para enfrentarse a ella, sin apartar el rostro, aunque el pánico atenazaba sus entrañas. De forma inconsciente, se había colocado frente a Dócil. Protegiéndole.
La Reina Cuervo ladeó la cabeza con gesto inquisitivo. Abrió el pico y lo chasqueó varias veces, como si paladeara su malestar. Parecía… curiosa. El eco volvió a resonar.
«Por qué».
«Por qué».
«Por qué».
―Porque le amo ―respondió Isobel, desafiante―. Y porque confío en él. Tú conoces el amor. Una vez desconfiaste de una de tus hermanas, y ese miedo es lo que ha provocado todo este lío. Y es tu amor por ellas lo que te ha traído aquí de nuevo. Conoces la valentía de querer estar con quien amas. Nos lo hemos ganado, y lo sabes. Nos has manipulado durante toda nuestra vida. Tus planes nos han llevado hasta aquí. Pero ni siquiera tú podías controlar que nos enamoráramos. No puedes controlar que queramos algo distinto. Esto es nuestro. Solamente nuestro.
La Reina Cuervo parecía contrita. Decepcionada, incluso.
«Planes».
«(Sobre) planes».
«(Sobre) planes».
―Sí. Tú y tus planes. Él me dijo una vez que los planes tienen la fea costumbre de salir mal cuando intentas seguirlos al pie de la letra. Quizá deberías aplicarte el cuento ―le espetó.
Seguramente, desafiar a una divinidad no figuraba entre las decisiones más inteligentes que había tomado. Pero después de presenciar cómo el Consejo de los Doce Poderes moría devorado, y a la Sombra Iluminada enfrentándose de igual a igual a un supradios, una adquiría algo de perspectiva. Dócil estaría orgulloso de ella.
La Reina Cuervo chasqueó el pico de nuevo, peligrosamente cerca de su rostro. Pero algo pareció captar su atención en el último instante. Se desvaneció en un remolino de plumas y se rematerializó junto al único ventanuco de la habitación. Se irguió lentamente, hinchándose de deleite como si algo le provocara un placer casi físico.
«Vínculo».
«Vínculo».
«Vínculo».
Uno de los Caminantes de Averno había invocado el Vínculo. Y, al hacerlo, había borrado todo rastro de que alguna vez hubiera existido. Isobel se preguntó cuál de ellos habría sido. Intentó evocar sus rostros en su mente, uno por uno, sabiendo que faltaba algo. Era una sensación extraña, como palpar un hueco invisible y percibir una ausencia solo por la forma negativa que la rodeaba. No podía decir qué había allí antes. Pero algo hubo.
Alguien.
La Reina Cuervo parecía haberse olvidado momentáneamente de ellos dos, y la vista de Isobel recayó sobre su violín, apoyado contra la pared opuesta. Una distracción. Una posible oportunidad. Pero ¿para qué? ¿atacarla? No hacía falta ser la Señora de la Estrategia para darse cuenta de que no serviría de nada. Miró a Dócil, que seguía con los ojos cerrados y roncando con suavidad. Si actuaba, les pondría en peligro. Pero si no lo hacía… tal vez también.
La duda aún la paralizaba cuando un estridente graznido rasgó el aire, como si surgiera de todos los rincones de la habitación al mismo tiempo.
«Vínculo».
«Vínculo».
«Vínculo».
Las voces comenzaron a repetir esa palabra en una cacofonía áspera y desagradable, cargada de una inquietante satisfacción. ¿Otro Caminante más se había perdido? ¿O eran dos, esta vez? ¿Cuántos quedarían cuando todo terminara? Isobel contuvo el aliento, dejando que la culpabilidad hiciera mella en su resolución. ¿Tanto se había equivocado? ¿Tan importante era preservar sus propios lazos con las personas que amaba? ¿Merecía la pena el precio que los demás estaban pagando por sus decisiones?
La Reina Cuervo volvió a emitir aquel sonido a medio camino entre el graznido y la risa humana, y chasqueó el pico, saciada. Se miraron directamente durante un instante, e Isobel creyó distinguir el brillo líquido de un ojo de ave, sagaz y cristalino, justo antes de que la figura se deshiciera en un remolino de plumas.
El eco de las voces fue apagándose, como si se diluyera en la propia oscuridad.
«Vínculo».
«Vínculo».
«Vínculo».
«¿Paz?».
«Planes».
«Vínculo».
«Sobre planes».
«Paz».
Isobel soltó el aire que había estado conteniendo y, por fin, permitió que su cuerpo se relajara. Estaban solos. Aun así, temía soltar a Dócil. El semiorco seguía durmiendo, ajeno a lo que acababa de ocurrir. Su hechizo se disiparía pronto. Entonces él despertaría y le pediría explicaciones. Otro porqué al que tendría que dar respuesta. Él había traicionado su confianza al intentar alcanzar la divinidad. Y ella le había pagado con la misma moneda arrebatándole su puesto en la última batalla. Todo en nombre de lo que consideraban correcto. Eran tal para cual…
Tratando de contener el llanto, se acurrucó junto a él en la cama. Muy lejos de Faerûn, el combate por el Multiverso seguía su curso. Los héroes estarían peleando sin garantía de éxito, acompañados por una pléyade de nuevas divinidades y apoyados por el poder de sus Vínculos. Pero ella había escogido otro camino. Uno que quizá terminara con ellos siendo erradicados de la existencia en cualquier momento, si la Sombra Iluminada lograba triunfar.
Estremeciéndose, se pegó más al cuerpo cálido de Dócil. Cerró los ojos, acompasando su respiración a la suya. Tal vez aquel fuese su final, o tal vez no. Pero mientras aún le quedara un último aliento, tenía elección. Y ella elegía, pese a todo, permanecer a su lado.
Poco a poco, el sueño la fue venciendo. El agotamiento le pesaba. Estaba ya medio sumida en la inconsciencia cuando sintió una mano grande, áspera pero cuidadosa, acariciándole el cabello.
Él estaba despierto.
No dijo nada. Solo la estrechó contra su pecho con firmeza. Ese gesto silencioso era mucho más elocuente que las palabras.
Permanecieron así, abrazados, mientras esperaban a que esa frágil calma se rompiera de una forma u otra. Fue entonces cuando una sombra cruzó el ventanuco: un navío surcando el cielo, descendiendo desde las alturas con lentitud.
Los héroes regresaban.
Relato de: Carmen