El pequeño niño de piel verdosa conocía su reducido mundo a la perfección. No es que fuese especialmente brillante o espabilado, era más bien consecuencia de lo limitado de ese mundo. Entendía que cuidaban de él, de manera realmente tosca, pero no lo achacaba a que su tono de piel fuese de un verde distinto. Era cuestión de prioridades. Había muchos niños y niñas, no era imprescindible que todos salieran adelante. Entendía que sus mayores valoraban la fuerza por encima de todo lo demás. El poderío físico era la medida de todo en aquel entorno. También entendía que en aquella realidad no tenía que ser más fuerte que aquellos considerados sus iguales. Tenía que ser más fuerte que aquellos por encima de él. Entendía que no había privilegios inmerecidos, en su limitado conocimiento del mundo.
Su madre era alguien importante, hasta donde sabía, la persona más importante de ese limitado mundo. No era como el niño que cree que sus progenitores son todopoderosos y no existe nada más importante. En su caso era palpable que su madre era la persona más importante. Era general del campamento orco que constituía todo lo que existía para él. No había un solo orco o semiorco que no le temiese. Lo sabía por las escasas ocasiones en las que le observaba desde el otro lado de la jaula en la que vivía, como quien observa a un animal que adiestra o una creación artesanal de la que está especialmente orgulloso. Esa era su relación con aquella orca. No era para menos. Aquel niño semiorco ya había matado con apenas nueve años. También había por allí una niña que se daba un aire a él. Más que un aire, a decir verdad. Eran todo lo parecidos que podían ser un niño y una niña de la misma edad. Decían que era su hermana, aunque no tenía claro que hacía de ella distinta del resto de pieles verdes con los que convivía…
A priori, Dócil no tenía más recuerdo de su hermana que aquella nebulosa imagen grabada en su cerebro. Si hacía un ejercicio de esforzada introspección, podía encajar otras imágenes inconexas y tirar del hilo para hacerse una idea. Tenía una hermana y ésta le odiaba, era un hecho. Tenía una hermana y probablemente sería tan fuerte como él, era un hecho. Tenía una hermana y probablemente tendrían que matarse entre sí… Era un hecho. ¿Así maniobraban los dioses? Dócil no había contemplado algo así, pues los dioses tenían demasiado poder para necesitar hilar tan fino. Probablemente no esperaban que Dócil viese a su hermana como algo distinto a cualquier otro ser vivo, pero seguro que tampoco habían esperado que se rebelase contra el poder divino ¿Podían aprender los dioses?
Dócil tenía bien claro que su familia era la Sombra de la Hidra. Su madre había sido devorada por las fauces del tiempo por lo que a él respectaba. Ni siquiera sabía si seguía existiendo, pues hacía mucho tiempo que su propio éxito había superado al de ella. Su hermana había sido otra niña semiorca más. Nunca conoció a su padre. Hubo un tiempo en el que pensó que la horda bajo su mando era su familia, pero terminó descubriendo que no era así. Sólo cuando se libró de su verdadero nombre, de sus logros y victorias, encontró a quienes consideraba genuinamente su familia. Y ahora sólo eran dos… tres si contaba a la pirata recién llegada. Anne. Todo parecía empujarle a centrarse en un único objetivo, su guerra inenarrable contra los dioses. Le aterraba pensar que eran los propios dioses quienes le empujaban hacia esa confrontación. ¿Cederían aquellos que habían decidido seguirle una vez más? ¿Cedería Vyrae? No, no era posible. Ella nunca le traicionaría.
Desde la posición que había elegido para su guardia nocturna, podía observar las brasas de la hoguera que habían improvisado para el campamento camino de Aguas Profundas y a sus dos compañeras, su familia. Un escalofrío recorrió su espalda en lo que esperaba que no fuese un mal augurio. Casi podía vislumbrar los invisibles lazos que se enroscaban alrededor de sus cuellos. Shir’tana seguía esforzándose por encontrar un lugar en el mundo de la superficie. Debía ser complicado renunciar a la infraoscuridad cuando estás destinada a ocupar un lugar en la cima de aquella sociedad. Anne había visto su mundo trastocado con violencia, una vez más, por influencia de los caprichos divinos. Ambas pugnaban, al igual que él, por tirar de esos invisibles lazos hasta romperlos, a riesgo de verse estranguladas por la presión.
Sacudió la cabeza para despejarse y decidió hacer una ronda alrededor del exiguo campamento. Era una guardia aburrida, sin peligros a la vista más allá de algún animal salvaje, pero Dócil desconfiaba. En el camino había percibido en un par de ocasiones que les vigilaban. Criaturas que arrastraban los pies, animadas por la nigromancia. La Sombra Iluminada probablemente les vigilaba. ¿Qué validez tendría al final aquel pacto? No era una diosa, pero terminaría por endiosarse si no lo había hecho ya. Al final siempre se reducía todo a lo mismo, matar o morir. No pudo evitar dejar escapar una risotada vulgar al pensar sobre ello. Los dioses eran la menor de sus preocupaciones en aquel momento. Sus improvisados seguidores, la Sombra Iluminada, la horda orca de Garrasangrienta y su propia hermana, la Chispa perdida… Dócil estaba cansado de matar, pero Dócil no quería morir.
Aguas Profundas prometía ser interesante. Muchos templos, muchas oportunidades.
Relato de: Curro