Aguas profundas, a 2 de Eleint de 1459.
A mis muy queridos y estimados dioses: de la luz y la vida, Enki Susurraviento; de la oscuridad y la noche, Kodem Shoz; y de la magia, Ylodar. Reciban mi más afectuoso saludo, de quien, aunque distante en cuanto a plano existencial se refiere, les recuerda con un profundo aprecio.
Escribo estas palabras para un servidor dado que me es imposible enviarles esta carta, pero la añoranza de tiempos pasados sigue haciendo estragos en el cansado corazón de este anciano.
Mucho me agradaría saber de sus divinas personas y del resto de compañeros de los que ambos disfrutamos en tiempos pasados, han transcurrido muchos años, pero su recuerdo aun perdura, aunque cada vez más lejano y difuso.
En cuanto a mí se refiere, mi estado de salud empeora, puede que no me quede mucho más tiempo en este mundo; no sufráis pues he tenido una buena vida rodeado de seres queridos y recibo la muerte como a una vieja amiga.
En cuanto a la casa Dundragon, no puedo estar más orgulloso de lo que he llegado a conseguir, y no podría haberlo hecho sin ustedes, ya que les debo lo que soy ahora. También he de hacer mención a la ayuda prestada por Coralee, la cual honró nuestro trato verbal y me tendió su ayuda para con mis negocios.
He decidido hacer un último viaje por la costa, recordando momentos y hazañas pasadas, hasta donde mis fuerzas aguanten, he dejado todo preparado y la casa queda en las buenas manos de mis descendientes.
También vi a Faen hace unos meses, es increíble lo poco que ha cambiado en apariencia en todos estos años, en momentos como este, siento mucha envidia de las razas longevas.
Sin más que decir y esperando noticias suyas con el mayor de los anhelos, me despido con todo el afecto que se merecen.
Con una gran admiración y nostalgia.
Malark Dundragon, de los Perros Salvajes.
Relato de: Sergio