Un pequeño cometa dorado surcaba el cielo con velocidad. Faltaban pocos minutos para verla y recordarle que no la había olvidado. ¿Cómo podría, si ella era la piedra angular que había salvado todo lo que era preciado y amado? La estela rojiza se enfriaba con rapidez mientras atravesaba el firmamento.
Abajo, los árboles eran tan distintos a los de su poblado que pensó en hacer una parada a la vuelta para recoger algunas semillas. Ahora había miles en el bosque, pero todo comenzó con una sola. De todas las maravillas y prodigios que presenció, fue esa primera semilla la que más le conmovía, la que aún le hacía llorar de gratitud. Puede que hubiera olvidado quién se la dio, pero jamás olvidaría la promesa que hizo. Sabía que se lo debía, aunque no recordara a quién ni por qué.
La semilla germinó en su cálida mano, camino a su nuevo hogar: un refugio para una familia desgarrada. Muchos creen que el universo es un océano de almas, cada una como un vaso capaz de obrar maravillas y pesares. Pero el Fénix sabía que eso era solo una verdad a medias. No es el conjunto, sino cada ser vivo el que es un océano en sí mismo, y cada gota contiene un poder de creación y destrucción que supera incluso al de los dioses.
Lo que la Égida hizo a su madre al matar a su ruiseñor familiar no fue robarle la mitad del agua de su alma. Fue como si a ese mar en calma le arrebataran todo el oxígeno, dejando solo una nube de hidrógeno explosivo. Esa es la bendición de las almas entrelazadas: no se suman, sino que crean algo nuevo.
Su madre, la antigua sombra iluminada, jamás volvería a estar completa. El hambre nunca desaparecería del todo. Pero con cuidado, y una familia, podría vivir una vida tranquila haciendo lo que más amaba: sanar a todo aquel que estuviera herido, ya fuera de cuerpo, mente o corazón.
Las estrellas se desvanecían mientras esas divagaciones llenaban su mente. La oscuridad daba paso a un nuevo día, uno de los muchos que vendrían. Y sin embargo, estuvieron tan cerca de fracasar tantas veces que era poco menos que un milagro que él siguiera surcando el cielo. Más deprisa. Más.
Al principio, solo era una cabaña con espacio para dos. Pero pronto llegó el sonido distante de un ciervo. Oculto entre las ramas, alcanzó el origen del sonido y vio a un ciervo herido por una flecha. La herida era mortal. Apenas podía moverse. No estaba en contra de los cazadores —el ciclo natural exige la muerte de algunos para la vida de otros—, pero cuando el cazador entró en el claro, todo cambió. Llevaba la piel mal desollada de un cervatillo. Era un furtivo, un trampero que se enriquecía con las pieles, dejando al animal pudrirse ante los carroñeros.
El cazador tenía prisa. Temiendo que su presa aún pudiera huir unos metros más, tensó el arco. La flecha voló, pero el Fénix fue más rápido. Se interpuso en su trayectoria, desintegrando el proyectil en pleno vuelo. Como una furia encarnada, se abalanzó sobre el cazador, dejando que su apetito —ese pozo sin fondo de negrura abisal, ese odio eterno sin principio ni fin que también había heredado de su madre— se alimentara sin compasión.
Luego se acercó lentamente al ciervo. Sentía, olía, que tenía relación con la piel que llevaba el cazador. Eso apagó su furia. Sin ceremonias, arrancó la flecha. La sangre brotó por un instante, pero su fuego, destructor hacía solo unos segundos, ahora era un bálsamo de vida. Cuando la herida dejó de ser mortal, se detuvo. Una idea cruzó su mente: a veces, la curación debe venir desde dentro.
Apaciguando al ciervo, lo llevó hasta su cabaña. Su madre lo esperaba hecha un ovillo, temblando y asustada. Dos seres heridos: uno en el cuerpo, otro en el alma. Pero esto era algo que ella debía hacer si quería encontrar algo de solaz en este mundo. Los dejó solos con sus miedos.
Pasaron horas sin movimiento perceptible, hasta que finalmente el ciervo salió, sanado, fuerte y vigoroso. Dentro, su madre se miraba las manos como si las viera por primera vez.
El ciervo nunca se alejó. Se convirtió en otro miembro de la familia. Pero no fue el último. Seres de lo más diverso encontraron allí refugio y sanación, siempre que su brillo interior fuera puro. Pobre de aquel que llegara con malas intenciones, porque el hambre siempre estaba dispuesto a reclamar su tributo.
Cada noche, el Fénix acunaba a su madre y devoraba su apetito, compensando el desequilibrio en su alma y llenándola de bondad. Y cada noche, con o sin su antigua compañera brillando en los cielos, derramaba una lágrima. Una lágrima triste, melancólica por los recuerdos vividos, por lo que pudo ser y nunca será, por el agradecimiento hacia quien vio más allá de lo evidente y lo trajo de vuelta a la luz. Por quien le enseñó que el vacío no se llena con el olvido ni con la muerte. Por aquella que le mostró que la muerte nunca trae vida.
Y esa lágrima saciaba el hambre más que personas, monstruos, dioses o el universo. Porque esa lágrima era de amor. Una única lágrima extraída del océano sin fin, de insondable profundidad, que llenaba su corazón.
Tanto aprendió de los Salvadores, y tanto les debía, que jamás podría saldar la deuda. De Aeneres aprendió que el mejor camino a veces es el que dicta el corazón. De Anirissa, que las apariencias engañan y hay que luchar por la libertad. De Renata, que a veces las mentiras son necesarias para proteger. De Ugduk, que la paz a veces requiere lucha. De Arryn, que hay que pensar antes de actuar. Y de Jinmei...
Hubo otros, como su amiga Mirdim, que le enseñó que hacer lo correcto a veces duele. O de Faen que nunca era tarde para hacer lo correcto. Y recibió la visita de Zhelmyra, quien confirmó que redimir a su madre fue la decisión correcta. Le habló del refugio para drows de su esposo Wruz'roos y le prometió que, como cualquier ser perseguido en sus dominios, tendrían su lugar. Esto trajo problemas con grupos de aventureros, cuyos corazones juzgaba gracias a las bendiciones de las nuevas diosas de la luz y la curación. Dependiendo de su interior aprendieron —de mejor o peor manera— a distinguir amigos de enemigos.
Y el bosque creció, floreció, fue atacado, sufrió, se levantó y sanó. Porque la batalla nunca termina, pero una máxima se cumplió: siempre fue salvado.
Los primeros rayos del alba se alzaban en el horizonte, justo un año exacto desde la última vez que estuvo allí. Un año más desde que salvaron la realidad. Frenó hasta detenerse. Este era su regalo: la constatación de que nunca olvidaría. De que nunca la olvidaría.
Extendió las alas y ardió, pasando del frío rojo al cálido amarillo. Se incendió como el sol, pero no era suficiente. La temperatura aumentó, y con ella su tamaño aparente. Alcanzó el blanco y fue más allá. Una estrella azul que distorsionaba la luz a su alrededor. El sol ya se alzaba detrás de él cuando alcanzó el violeta. Los colores se fundían y mezclaban sin dañar la vista, como auroras boreales de calor plasmático que ondulaban la luz.
Y finalmente ardió con tanta intensidad que la vista no distinguía la llama, solo al hombre. El astro se deformó en dos grandes alas que, como fuegos artificiales, cayeron desvaneciéndose hacia la tierra mientras se enfriaban.
Y posándose suavemente en el alféizar de la única persona que siempre amaría, y cuyo amor siempre saciaría su hambre infinita, como cada año, el monasterio recibió una pluma de naranja, rojo y oro.
Relato de: Mauro