«Aquí hay dos bandos. Mi familia y la tuya. (…) Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío.»

Con estas palabras de Bodas de Sangre, de Federico García Lorca, se ilustra muy bien la situación de las culturas en la ciudad. 

Castellanos y leoneses contra mudéjares y sefardíes. El bando cristiano, el bando infiel. O el bando de los conquistadores contra el de los habitantes.

Castellanos contra leoneses, la vieja nobleza contra la nación pujante. Sefardíes contra mudéjares, la primera gente del libro contra la última.

La ciudad vive tiempos convulsos. Los nobles leoneses asesinan a los castellanos y se refugian en sus torres, esperando la venganza. Los castellanos devuelven el golpe en encerronas en callejones.

Falta aún para que la ciudad sea pacificada y mientras tanto el rencor entre cristianos está en su apogeo.

Y todo nace por no tener la herencia en primogenitura.

A la muerte del rey Fernando I este lega su reino, el de León, a su hijo mayor y además se inventa dos nuevos reinos: Castilla para el mediano y Galicia para el pequeño. No entraremos en detalles, pero digamos que dos contra Galicia, luego Castilla invade León, el Cid metido por ahí... un desastre.

Desde esa partición, leoneses y castellanos se han atacado constantemente; se conquistaban ciudades y fortalezas, hacían treguas, las rompían, se unían, se separaban, etc.

Solo una cosa quedó clara: Castilla iba ganando y poco a poco se hacía más y más importante, perdiendo los leoneses su influencia. Y en Cáceres esto se veía en la propia ciudad: la mitad alta, leonesa, la mitad baja, castellana. Dagas, espadas, mazas y lanzas hacían su trabajo.


No podemos olvidarnos de los mudéjares y sefardíes que vivían en la ciudad, pues ambos habían sido conquistados y perdieron derechos y privilegios. Si durante muchos años la convivencia entre las diferentes fes había sido aceptable, con el dominio cristiano los otros se vieron relegados cada vez a peores lugares, a pagar más impuestos y a ser ciudadanos de segunda. Por supuesto había mudéjares y sefardíes respetados, pero siempre tenían la lacra de no ser cristianos viejos.


Quizá lo más sangrante para ellos fuera que la antigua mezquita ahora era la iglesia de San Mateo y que la sinagoga acaba de ser reconvertida en la ermita de San Antonio.

Dos religiones sin sus lugares de culto, sin un sitio en el que reunirse en comunión, solo les quedaba juntarse en casas o al aire libre. No tenían sede religiosa, pero tenían su comunidad. Aún faltarían muchos años hasta que una nueva sinagoga se construyera fuera de los muros de la ciudad y muchos siglos hasta que hubiera una nueva mezquita.


El imán Ahmed al-Qasri y el rabino Ishaq ben Nissim son el centro de sus culturas y religiones, lo que les queda de orgullo y comunidad. De momento.