Jinmei Lang no tenía muy claro cómo sentirse. Los eventos de Saltmarsh habían dejado en ella una mezcla de sentimientos que no terminaba de desenmarañar.
Había salido a ver mundo, a disfrutar de aquello que pudiera ofrecerle y había acabado en un pueblo triste, sin comida, bebida ni música. No era culpa de las pobres gentes, estaban sometidos a la tiranía de seres poderosos y ambiciosos que, por suerte, habían derrotado.
Ahora estaba sola. Bebiendo en una taberna en una posada del puerto de Saltmarsh. Ya no había ira en su interior, aunque seguía sin estar de acuerdo con su disciplina ahora comprendía el trato que había recibido en el monasterio, los maestros en el fondo la temían. Jinmei había dejado el que era su hogar como consecuencia del enfado, había salido a vivir, a sentir y lo que sentía ahora era un cierto... vacío. Estaba sola, sin embargo, había experimentado el estar acompañada.
La condensación de la humedad perpetua de la ciudad costera creaba gotas en su jarra. Tomó una con el índice y dibujó sobre la superficie de madera un escudo.
Pensó con culpabilidad en Kael´thor y Salvia. Cómo la habían acogido, cómo habían visto sus problemas y la habían instado a pedir ayuda. Recordó el momento en el que les dijo que partía y cómo el dracónido con una sonrisa triste le dijo que sabía que eso sucedería. Tan comprensivo, tan benévolo, casi como un padre al que no había conocido. Sin embargo, el Camino no se encontraba en la senda de los dioses. Dioses, seres peligrosos, con demasiado poder. Eran como grandes rocas en el Camino, tratando de influir en el cauce de las aguas que deberían correr libres. Manipulaban a los pobres mortales a su antojo. Buenas personas, ¿e incluso ella? eran víctimas de castigos desproporcionados. No eran líderes, eran tiranos.
«Sigue buscando».
Borró la imagen y en la fina pátina de agua dibujó un yin yang. Ugduk y Lem. Unos maestros a los que valía la pena escuchar, que seguir. No dudaron en prestarle su ayuda cuando se la pidió. Compañeros de combate y filosofía, maestros y hermanos. Ahora una presión en el pecho la transportó a su despedida. Sabían que sus caminos se cruzarían, aunque tenían claro que no podían viajar juntos. Era demasiado peligroso. Aún no comprendían el misterio de su propia naturaleza, pero esas explosiones de poder, ese momento en el que casi se fusiona con Lem… no podían arriesgarse a que volviera a suceder. «Un gran poder crece en ti», le había advertido Kael´thor.
Le pesaba el corazón, ellos eran parte de ella, ella parte de ellos. Pero debía ser así. Era lo correcto.
Borró el símbolo, dio un largo trago y vació su jarra. Dibujó un perro y un león.
Si un grupo fluía más en el Camino y no se dejaba llevar por restricciones era el de los Perros. Le había caído bien Durug, con su honestidad sin tapujos, había sido divertido coincidir con Kodem. Se habían portado bien con ella. Pero no podía acompañarlos, Lem viajaba con ellos.
A pesar de ser objeto de burlas, los Salvadores eran sin duda con los que más a gusto se había sentido. Nunca pusieron a los dioses como pretexto para guiar sus acciones y, a pesar de sus dudas y conflictos, sus intenciones parecían sinceras. Comprendía en parte el gran padecimiento de su… ¿primer líder? De forma directa la habían invitado a unirse a su grupo, pero Ugduk se encontraba entre sus integrantes, por lo que los dejó partir.
«Si te das cuenta de que todas las cosas cambian, no habrá nada a lo que intentarás aferrarte».
Con un suspiro borró ambas imágenes, dibujó una hoja. Pidió que le rellenaran la jarra.
Había sido injusta con los Hijos del Bosque. Sí, había sido bajo los efectos de algún tipo de control mental, pero les había dicho cosas horribles. No les había pedido perdón. Una de las frases que les dijo llorando de rabia pesaba como una bola de plomo en su estómago: «¿Quién soy?». Esa pregunta se había formado en el momento en el que casi se fusiona con Lem y se había instaurado en su cabeza como una semilla que brotaba.
Aterrizó la nueva jarra de cerveza en la mesa, se bebió media de una sentada. «Deja de pensar y soluciona tus problemas». Se la quiso llevar de nuevo a los labios cuando una mano aterrizó sobre ella y la sostuvo.
—¡Eh! Tú eres del grupo que soltó a ese cachalote —sonó amenazante la voz de un hombre a su lado.
Lo ignoró. Tiró de la jarra para liberarla.
—No me ignores, canija.
Con un rápido movimiento Jinmei esquivó el puñetazo que pasó casi rozando su cara. Se puso de pie de un salto y sostuvo el mareo que la golpeó como una ola. Reconoció a uno de los cazadores furtivos que los asaltaron en la bahía.
El hombre quiso golpearla de nuevo y lo esquivó, aunque menos grácil de lo que hubiera querido. Jinmei saltó sobre la mesa tirando todas las jarras, lo señaló acusadora:
—El sabio dice: “trata con bondad a aquellos que son buenos, y también trata con bondad a aquellos que no lo son” —habló con voz pastosa la joven—. Pero contigo voy a hacer una excepción, zopenco.
Pateó al hombre en el pecho, este cayó hacia atrás y derribó otra mesa.
Se desató una pelea.
A diferencia de otras ocasiones, el combate no trajo consigo la ebullición de una rabia interior, no había fuego, ira, no se descontroló. En cambio, no estaba serena, en calma ni bajo un control absoluto, la ira simplemente había sido sustituida por otro sentimiento: la emoción. La monje estaba disfrutando.
«Deja de pensar».
Seguía siendo la más rápida, la más ágil, aunque ahora sus movimientos parecían más torpes, como los de un borracho, más erráticos, más impredecibles. La ira había dejado paso a la gula, una gula de comida, de bebida, de música, de emociones. Ya no tenía solo curiosidad, sino ansia. El corazón pesaba menos si no pensaba, no escuchaba el eco de esa pregunta.
«Deja de pensar».
Saltaba sobre el respaldo de una silla cuando por el rabillo del ojo se le hizo ver la imagen fugaz de una melena castaña y azul, no pudo evitar el impulso de mirar si era ella. Fue un despiste fatal; patearon el mueble y cayó al suelo.
Todo daba vueltas. Un cuchillo descendía hacia su pecho como el ataque de un halcón.
Una mano lo detuvo y de un grácil movimiento el ataque fue desviado lanzando al hombre a varios pasos de distancia. Un orco con vestiduras sencillas se plantó entre ella y los atacantes.
—Ugduk… ¿qué haces aquí?
Preguntó ella desde el suelo mientras todo le daba vueltas. Los indeseables, en un brillo de sensatez, se dispersaron. Ugduk tendió la mano a Jinmei.
—He vuelto a buscarte—dijo el monje orco—, ven con nosotros, nos la jugaremos con eso de la fusión.
Relato de: *Laura Castañeda*