Un mago oteaba el horizonte, prestando atención a cada detalle, a cada cosa que no debiera estar ahí, a cada posible lugar del que pudiera surgir una amenaza. Ylodar se había acostumbrado a no poder permitirse el lujo de descansar, a estar siempre alerta puesto que sabía que cada día podría ser el último, que en cualquier momento podría llegar una amenaza que no podría ser repelida con una simple bola de fuego o una descarga letal de energía psíquica. Quizá por ello, Ylodar sentía el siniestro consuelo de no ser el único que no puede bajar la guardia ni un segundo en este maldito lugar.
El Averno era este horrible lugar en el que absolutamente todo lucía hostil, el cual parecía diseñado exclusivamente para atormentar a las pobres almas que acaben en su seno. Aquellos que, como él, no tuvieron la suerte de caer en gracia a una deidad y disfrutar una vida después de la muerte en un sitio mejor. Pero a pesar de hallarse en este sitio, posiblemente el peor en el que podría haber acabado, Ylodar siente una extraña satisfacción tras su… ¿muerte? Puesto que de alguna manera, ya ha tocado fondo. Ya no tiene que sufrir las consecuencias más mundanas de unos actos que no paraban de atormentarle. Ante él, un inicio nuevo, en el que solo puede ascender, o permanecer en el fango, por horrible que sea.
Respecto a la muerte, nunca la habría imaginado así. Él siempre pensó que el final de su vida estaba cerca, pero que acabaría a manos de Xanathar, o de EGIDA, o de las siniestras maquinaciones de Lemnek, ese hombre indigno del título de padre. Pero el final de sus días lo trajo esa mujer. Solo con mirar esa máscara, Ylodar era capaz de vislumbrar una fuerza de la naturaleza o algo peor, y por ello no entendía cómo los héroes de Faerun intentaron enfrentarla. ¿Acaso uno se enfrenta a un terremoto, o a un volcán en erupción? No, solo intentas escapar y si es demasiado tarde para ello esperas a que te alcance. Y eso es lo que Ylodar hizo.
Y ahora solo podía resurgir de sus cenizas y volar alto, o hundirse en la irrelevancia más absoluta. La lógica y la objetividad no daban muy buenas expectativas… Al fin y al cabo estaba literalmente en el lugar más horrible del multiverso, y rodeado de solo unos pocos apoyos, que como él, estaban de alguna manera perdiendo su esencia. Pero de alguna manera confiaba. Confiaba en Malark, alguien que aún sin pretenderlo había sido mejor líder de este grupo que todos los líderes de todas las organizaciones en las que había estado Ylodar. Confiaba en Kodem, en quien pudo encontrar un hermano incluso antes de que supiera que efectivamente compartían sangre. Confiaba en Enki, a quien de alguna manera había empezado a considerar su mejor amiga, su confidente, y la más fiable guía del camino con quien pudo soñar. También, sin saber por qué, confiaba en esos compañeros que apenas recordaba, y en Isobel, aquella tabernera que le refugió y le consoló en un momento muy difícil, y que de alguna manera sabía que vendría a por ellos.
Pero sobre todo, confiaba en sí mismo. Si alguien había superado cientos de dificultades, desarrollado una resiliencia, y aprendido cada solución de problema que le prepararía para este momento era él. Si alguien era capaz, incluso en sus horas bajas pero bien acompañado, de salir de esta, era él.
Sus ojos se iluminaron en una siniestra luz morada, mientras el mago revisaba cada palmo del paisaje. Nada osaría atacar al grupo en su guardia sin sufrir la muerte más horrible imaginable incluso en Averno. Ylodar sonrió y dijo una corta frase.
“Es hora de ascender”
Relato de: Rodrigo Botas