Víspera de festivo
—Qué bien, qué bien, mañana es San Fernando. Qué bien, qué bien, y hay que celebrarlo... —canturreaba el sirviente mientras colocaba y acomodaba las últimas telas que decoraban la ermita de San Antonio.
Había sido un proyecto largo y costoso, según tenía entendido. Los sefardíes habían necesitado mucho tiempo para vaciarla y poder así empezar las obras, pero ya se habían terminado. Al menos de momento, porque su decoración era muy escasa.
—El amo Golfín diría que es austera, pero a mí me parece simplona —volvió a hablar consigo mismo.
Los últimos retoques siempre eran los más difíciles, pues cuando se abriera al público el viernes todo el mundo verá todo lo que aún falta por hacer. Además, el sábado se hará una fiesta inaugural para toda la ciudad y vendrá el Concejo de la Mesta. Si algo fallara no podría perdonárselo jamás.
Tales ideas y pensamientos rondaban por su cabeza y sus manos temblaban, pues miles de diferentes escenarios cruzaron su mente en un solo instante y en todos algo salía mal. El vino estaba picado, las velas olían a rancio, la pintura se descascarillaba mostrando los garabatos de los sefardíes que había antes, el retablo que traía como regalo el Concejo se perdía y el ábside de la nave se quedaba desnudo. Más y más horribles y vergonzosas situaciones ponían nervioso al joven.
Se acercó al fondo de la nave y volvió a tener miedo de que el retablo no llegara. ¿Qué era una iglesia sin retablo? Una cuadra bonita donde hacinar a la gente y ya está. O peor aún, una taberna donde beber vino... No, no, no, se necesitaba un lugar donde poder contemplar la obra de Dios.
La pesadumbre permeaba en él y su estado de ánimo se hacía más y más lóbrego; su cara, fiel reflejo de sus preocupaciones. Agachando la cabeza y moviéndola de lado a lado se dio por vencido y sacó las llaves del zurrón, listo para cerrar al salir de la iglesia.
Con pasos tranquilos, el muchacho se dirigió hacia la calle y una vez fuera estiró los músculos para desentumecerse después de haber estado trabajando todo el día. Tras un largo y sonoro bostezo que acompañó al crujir de sus articulaciones, abrió los ojos y vio que a su lado había un mendigo cubierto por unas telas sucias y raídas, pero que le ocultaban casi todo el cuerpo.
—No tengo nada que darte —dijo el sirviente antes de que el hombre sentado en el suelo pudiera abrir siquiera la boca.
Acto seguido empezó a caminar hacia la taberna, deseoso de tomar un trago antes de volver a sus deberes.
—La ciudad se nos está llenando de despojos. Mi amo intentando hacerla bonita y ellos ensuciando la vista... —mascullaba el sirviente, ignorante de la enorme suerte que había tenido.
El mendigo lo miraba mientras se alejaba y guardando entre los pliegues de sus telas el cuchillo que había sostenido en la mano hasta hace un momento. Cuando vio al muchacho doblar la esquina y desaparecer de su vista se puso de pie y con pulso y paso firme entró en la iglesia que el joven, con el susto, se había olvidado de cerrar.