La noche se vislumbraba con un exótico brillo lila en el firmamento, como si una aurora boreal lo impregnara, aunque el clima no era acorde. Ugduk se encontraba meditando, a la espera de un fatídico encuentro. De repente, un imponente orco, armado con látigo y maza, apareció detrás de él junto a un séquito de guerreros.
—Llegas tarde, padre —dijo Ugduk mientras se incorporaba.
—¿Te atreves aún a llamarme así? Para mí eres y serás una vergüenza indigna de mi sangre y de los Garrasangrienta.
—Está bien, Gor´Kar. No voy a discutir nuestra relación familiar. Si estoy aquí, es porque no voy a permitir que sigas con esta abrumadora amenaza sobre los pueblos libres de Faerûn.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Darnos lecciones de tu rollo ese monástico de mierda? No eres capaz ni de derramar sangre con tus manos.
—La mejor forma de ganar una batalla es quitándole a tu enemigo su capacidad de realizarla.
—Rata condescendiente. ¡A por él!
Un grupo de orcos bien armados se abalanzó sobre Ugduk, pero él sabía que solo desarmándolos y bloqueando sus ataques demostraría su punto. Luego miró fijamente a su padre y le contestó:
—¿Ves? Esto no debe acabar con muertos.
—¿Seguro, hijo? ¿No eres como yo? Fíjate bien a tu alrededor.
En ese momento, toda la tranquilidad y templanza de Ugduk se vinieron abajo. Vio que los orcos estaban prácticamente descuartizados y sus manos manchadas de sangre.
—¿Qué ha pasado? Solo había desviado sus ataques.
En ese instante, Gor´Kar lo golpeó con un mazazo, lanzándolo varios metros. Al incorporarse, se percató de que el escenario no era el mismo de antes. El cielo nocturno estaba cubierto de destellos rojos, bolas de fuego caían del cielo y el campo estaba desolado. A su alrededor ya no estaban los orcos de antes, pero a lo lejos vislumbraba una sombra que devoraba todo el entorno poco a poco.
—¿Qué está ocurriendo? Esto no debería estar pasando.
En su interior, escuchó una voz que no paraba de repetirle:
"Unidos, podremos acabar con él."
—No hay que acabar con nadie. Esto puede arreglarse de otra forma.
Gor´Kar se abalanzó desde una bruma rojiza para intentar aplastarle la cabeza, pero por un extraño instinto, Ugduk le propinó un golpe directo que le atravesó el pecho.
—Nunca deseé hacerte esto.
—¿Hacerme el qué? —dijo Gor´Kar con una carcajada, señalando a varios metros de distancia.
Ugduk miró aterrado a su padre. ¿A quién había golpeado mortalmente? En ese momento, se percató de muchas ratas muertas sobre el suelo y, atravesada en su puño, a una de sus mejores amigas.
—¡Renata! ¿Pero qué he hecho?
—Ug... —Renata le acarició la mejilla mientras su vida se apagaba.
En ese momento, se dio cuenta de que todos los que yacían muertos eran sus propios amigos. Anirisa estaba aplastada con su propio martillo, Aneres yacía en el suelo de forma extraña, como si hubiera sido despojado de su alma, y Arryn estaba decapitado junto a una roca. Además, otros aventureros amigos de Ugduk yacían muertos a su alrededor. Una inmensa ira se apodero del orco.
—¿Ves que no sirve de nada ser un ser de paz? Podrías haber evitado esto siendo tú mismo.
Ugduk giró la cabeza, perplejo. Esa voz procedía de la bruma. En ella podía vislumbrar vagamente a una figura humana. Le costaba reconocerla, pero juraría que lo conocía. ¿Era un monje? ¿Cuál era su nombre? Era como si no pudiera recordarlo.
—Unidos podemos acabar con él —dijo la figura en la bruma.
—Yo... yo... nunca seré como mi padre. Jamás seré como él.
—No se trata de ser como él, sino de que estés completo por dentro.
En ese momento, una explosión de energía emanó de Ugduk, enviando a su padre varios metros por el aire. Sentía un ki abrumador, capaz de mover montañas. Entonces, se dio cuenta de que a su lado había alguien más.
—¿Yinmei? Espera, no debemos...
Yinmei le cogió de la mano, creando un torbellino de ki devastador que hizo desaparecer todo a su alrededor. Dicho poder era inmenso y tentador al mismo tiempo. Con él sentía deseos de luchar y acabar con su padre sin piedad. Ugduk empezó a ver a su amiga unirse poco a poco a él y, por un instante, deseó que ocurriera tal atrocidad.
—He dicho que me sueltes.
Acto seguido, la apartó, pero no había nadie.
El poder desapareció y solo quedó el silencio. Ugduk cayó, cansado y herido, después de todo lo ocurrido, pero su padre seguía intacto y dispuesto a matarlo.
—Tus elecciones solo te han traído tu muerte y la de tus seres queridos —dijo Gor´Kar mientras se disponía a rematarlo—. Debiste ser tú mismo para evitar todo esto.
—¿Qué significa todo esto de ser yo mismo? ¿Completo? ¿Ser un monstruo acaso?
Las ideas volaban en su cabeza mientras su esperanza se esfumaba poco a poco.
Ugduk estaba cansado y derrotado emocionalmente. ¿Debe ser así? ¿Debió abrazar la violencia o una senda más oscura? Entre tantas dudas fugaces, vio a lo lejos a una última figura aparecer. Era su difunto maestro Radameth, que lo miraba fijamente con seriedad.
—¿Cometimos un error al final con nuestra filosofía, maestro? He fracasado y ahora pronto me reuniré contigo.
En el momento en que Ugduk iba a recibir el golpe final, como si el tiempo se hubiese detenido, Radameth apareció de forma instantánea a su lado y le susurró al oído:
—El dolor es nuestro mejor profesor. Debes aprender bien la lección que te ha ofrecido esta pesadilla para lo que te aguarda.
En ese momento, Ugduk abrió los ojos. Todo había sido una macabra pesadilla y estaban todos bien. Se encontraba tumbado en su saco de dormir, frente a una hoguera que habían montado durante el día. Anirisa dormía plácidamente, Arryn estaba en una esquina, rendido después de haber intentado hacer horas extra de guardia, y Yinmei yacía sobre su manta, con una botella de vino en la mano. Llevaban unos días de duro camino para alcanzar a Renata, quien se había adelantado a Aguas Profundas dejando una extraña y emotiva carta.
El orco se levantó a tomar el aire bajo la luna y despejar su mente. En ese momento apareció Aneres, que también estaba despierto.
—¿Todo bien, Ugduk?
—Sí, una pesadilla, eso es todo.
No quiso preocupar a su amigo. Él ya tenía mucha carga encima. Pero la realidad era que Ugduk jamás había experimentado un terror como en aquel sueño. En ese momento, no se veía capaz de ser la persona firme y con temple que solía ser frente al resto. Se sentía como un cachorro indefenso y confundido.
Estuvieron mirando juntos la luna un rato más, mientras Ugduk seguía pensando en todo lo ocurrido:
—Tengo un mal presentimiento...
Relato de: Guille