“Se te acusa de ser una traidora hacia tus compañeros y no ayudarles en nuestras misiones. Eso conlleva la muerte.”
Salvia, atada y colgada boca abajo del palo de una de las velas, miraba a aquellos compañeros que la acusaban. Solo por seguir a un dios, tan bueno como el de la navegación. Su capitán le tiró de los pelos hacia arriba, haciendo que los ojos de la mediana se fijasen en los suyos, sin llegar a comprender por qué tal traición.
Pero porqué… Su corazón no paraba de palpitar… Salvia mueve su cuerpo a los lados con los ojos cerrados. El capitán se aleja de ella para preparar su pistola.
De repente, Salvia piensa en los Elegidos, aquellos que sí salvaron su vida y Salvia confió en ellos para salir adelante. A pesar de renegar a su dios por lo que hizo con Atraxa, seguía confiando en Kael’thor. Pensó en Jinmei; aunque no era de los Elegidos, todavía sentía simpatía por ella. Incluso en Allan y Kairon, compañeros de los Elegidos que, hasta el momento de entrar en Aguas Profundas, no había conocido. En Anne, Enki, Anirissa, Coralee… Compartiendo una cerveza antes de los últimos momentos. En Arnold, su fiel mascota. Y, en menor medida, su familia. Total, ella había estado con ellos antes de viajar a Aguas Profundas…
Se escucha un pum, directo de la pistola de su alto mando. Acierta a la cuerda, la que unía a su flota. Salvia siente la caída, como la espuma de mar salta hacia su cara, sentir el choque del agua en su cuerpo y la marea abrazando su pequeño torso para que su respiración se corte…
Y de repente, Filipo. Filipo. ¿Cómo era posible olvidarse de aquel nombre? Durante años, habían escrito cartas a distancia, desde que ella trabajó con su familia hasta que enroló en los primeros barcos. De cartas dedicadas a los negocios hasta detalles más personales de ambos. Las mariposas comenzaron a revolotear en su estómago cuando dijo su nombre por primera vez, en Aguas Profundas, para presentarse…
No… no es posible…
Salvia abre los ojos con ímpetu. No es el cielo estrellado que recuerda de cuando fue salvada. Sino piedra, con agua de fuego fundiéndose en algunas partes, dando un toque de iluminación a la zona. Y mucho, mucho calor. Salvia se quita la capa que usa de manta por el sofoco y levanta su tronco, mirando la zona. Pone una mano en su pecho, sintiendo esas pulsaciones tan fuertes. Un cuerpo lleno de cicatrices. Por sobrevivir a las altas temperaturas de ese mar de fuego. Por resistir a cualquier criatura que se impusiera en su camino. Y otra vez el mismo sueño, aquella maldita traición, piensa Salvia, una y otra vez. Pero esta vez, acompañado de esperanza. Por sus compañeros, por aquellos guerreros que también perecieron junto con ella. Aunque esté bajo la superficie donde creció, tanto en agua como en tierra, consigo lleva el amuleto de Valkur.
Apoya una mano en su amuleto y le pide, por favor, que proteja a sus compañeros en estas tierras tan áridas, tan sofocantes. Pide también, que proteja a Filipo y a Arnold para que sobrevivan en los páramos tórridos.
Relato de: Lucía