̶ Y por todo lo expuesto anteriormente, mi idea para que algo así no vuelva a ocurrir es… .̶ El silbido del hacha de Tyr arranca las palabras de la boca de Faen.
La fuerza del impacto la lanza varios metros hacia atrás y un pensamiento fugaz pasa por su cabeza: “Podría haberme dejado acabar el discurso, con lo bien que me había quedado” antes de terminar aovillada en el suelo, agarrando sus intestinos sintiendo que eran como serpientes rojas y húmedas tratando de escapar.
El dolor la hace perder la conexión con lo que berrea Tyr, parece que le echa algo en cara a Shri'Tana, ¿Bhaal? ¿De qué le sirve un dios ausente a una moribunda? No, ella a quien recuerda es a Dagon siendo invocado por su bruja; a la que dejaron sin almas. La risa de Kraven tornándose siniestra o Voldack evitando mirarla a los ojos mientras en su cabeza no dejaba de repetirse: “Es el mal menor, es el mal menor, es el mal menor” una y otra vez, pero ni aun así no lograba acallar las voces del pasado, ni los gritos del presente: hombres, mujeres, niños y ancianos, miles de almas que ya no alimentarían a un demonio, pero sí el ego de una civilización que no había elegido la piedad en los tiempos donde más falta hacía, ¿O no quería mostrar debilidad en una época oscura? A ella que le importaba ya.
El dios sigue gritando. La culpa la come por dentro, casi tanto como cuando Malark le grito: “¿Por qué lo has hecho? pensaba que eras mejor que eso” cada palabra dolía más que una puñalada. Quercus ya no podía ser su amiga, resultaba casi irónico que ella sufriese porque los sentimientos de la infantil druida cambiasen, su desilusión amarga la deshacía como ácido, como la mancha roja que se expandía por su cuerpo a pesar de ella apretaba con las manos tan fuerte como podía mientras el frío se adueñaba de sus manos, empezando por la punta de los dedos; a pesar de que Ylyndar la estaba asistiendo, ¿Por qué? Si ella era una de las causantes de su desgracia, ¿Había logrado que le perdonase? ¿O es que era simplemente bueno? Faen llora, llora porque sabe que no ha logrado enmendar sus fallos y aun así hay quien parece que le perdona.
Nunca esperó que Dócil tuviera éxito con su plan suicida, es más, él le confesó que esperaba morir, pero quien moría era Chauntea, la amable, la que proporciona alimento y sosiego, la que creía en ellos. Su cadáver se marchitaba conforme cae al suelo y su paladín aullaba ciego por el dolor y la pérdida, pero el héroe ya poco podía hacer aparte de llorar a su musa.
El vacío insondable se alimenta de la vida es quien lleva su máxima invención dentro. No pueden matarla, como mucho arañar la superficie, una risita se le escapa entre sus dientes rojizos. No puede evitarlo; sus creaciones siempre son de excelente calidad, aunque eso vaya a matarlos a todos. No viene sola, Faen es capaz de ver detrás de la Sombra Iluminada una multitud, ojos obscenamente abiertos para mirar, brazos a los costados armados con uñas, bocas que dejan entrever los diente como un anticipo a aquel sueño; un conjunto de cuerpos silenciosos que admiran en silencio solemne como la justicia la alcanza al fin y ella cierra los ojos, los cierra esperando el frío vacío y el alivio de quien ya no puede hacer nada.
Pero no, es el fuego, el calor, la luz lo que la envuelve y Matadioses está en su mano.
Nota el viento sobre ella, huele a mar. Escucha voces a los lejos y cuando logra abrir los ojos está en el salón de la mansión Dundragon. Ha vuelto al mundo de los mortales para mantener viva una promesa.
Faen permanece erguida mirando al horizonte, su mano recorre distraída las vendas que aprietan su torso, la herida va a tardar un tiempo en cerrar. Todo lo que había investigado para reproducir el proyecto omega se precipita a las aguas de Aguas profundas. Que la naturaleza se encargue de ello, piensa, dándose la vuelta y encaminándose a la ciudad. Debe encontrar la forja enana más cercana. Todavía tiene asuntos pendientes.
Un tiempo después, ellos la encuentran. No sabe si un hilo de la Matrona les ha indicado el camino, pero es Mirdin quien la encuentra con su actitud inquisitiva. Podría preguntarle a ella como la han localizado, pero sabe que quien mejores respuestas puede darle es la siniestra paladina que permanece un par de pasos por detrás de la agente de la ley.
Pero son las tres druidas que forman el Nido las que llevan la voz cantante al hablarle acerca de la misión de tan pintoresco grupo. Mientras hablan acerca de como van a internarse en el inhóspito reino de los infernales, la enana toquetea nerviosa la daga que lleva al cinto, ha pensado mucho en como usarla para poner fin a todo esto. Asiente secamente cuando terminan de hablar y coge sus escasas pertenencias, destaca una pesada pistola que se ajusta al cinto. La habitación queda en silencio cuando salen.
La artificiera camina junto a sus nuevos compañeros, consciente de que no comparte el lazo que los une, pero que todos tienen el mismo objetivo: sacar a sus amigos del infierno, destruir a la Sombra Iluminada y salvar Faerûn. Salir con vida es opcional, al menos para ella, piensa mientras mira al cielo azul por última vez con una leve sonrisa en su rostro.
Relato de: Anny, la Gestora