En el corazón del barrio más distinguido de Neverwinter, una mansión de piedra y madera se alzaba imponente y majestuosa. Sus ventanas góticas y sus torretas puntiagudas daban la impresión de que la casa había sido arrancada de un cuento de hadas oscuro. Esta era la residencia de Sir Aydan, un caballero renombrado por su valentía y nobleza, pero que ahora se encontraba postrado en su cama, abatido por una enfermedad inexplicable.
La noticia de la extraña fiebre que consumía a Sir Aydan se había extendido rápidamente. Los síntomas eran aterradores: alta fiebre, escalofríos incesantes, una piel pálida como el mármol y una debilidad extrema que le impedía comer o dormir adecuadamente. Ante la gravedad de su situación, el templo de Lathander había enviado a sus mejores clérigos para investigar y, con suerte, curar al afligido caballero. Lady Medlië al parecer había sido liberada de prisión, aunque se encuentra bajo investigación y sin poder abandonar la ciudad. Ella ha organizado esta incursión en contra de la voluntad de Lady Aribeth.
El grupo de clérigos, liderado por el venerable padre Lerethon, llegó a la mansión al anochecer. Junto a él estaban la joven hermana Rebecca, una talentosa sanadora, aunque aún muy joven, y el experimentado hermano Matheo, conocido por sus vastos conocimientos de enfermedades y maleficios. La mansión, aunque grandiosa, parecía envuelta en una extraña y opresiva quietud.
Al cruzar la puerta principal, fueron recibidos por una criada de rostro pálido y ojos temerosos. Sin decir palabra, los condujo por pasillos oscuros y fríos hasta la habitación de Sir Aydan. El caballero yacía en su cama, su piel perlada de sudor y su respiración entrecortada. Parecía un cadáver, un hombre ya a mitad del camino hacia el otro mundo.
El Padre Lerethon se acercó primero, murmurando oraciones en voz baja mientras colocaba una mano en la frente ardiente de Aydan. Sentía una maldad palpable, una presencia que hacía que el aire se sintiera denso y pesado.
- Esto no es una enfermedad natural. - Dijo Lerethon, susurrando apenas. - Hay algo oscuro en esta casa.
Los clérigos se prepararon para pasar la noche en la mansión, decididos a descubrir la causa de la aflicción de Sir Aydan. Mientras tanto, la criada los condujo a una sala adyacente para que pudieran descansar brevemente y formular un plan. Sin embargo, sus esperanzas de una noche tranquila se desvanecieron rápidamente cuando escucharon un sonido inusual: el crujido de la madera y un leve susurro que parecía emanar de las paredes mismas.
El Hermano Matheo fue el primero en notarlo.
- Hay algo en esta casa. - Dijo, su voz temblando ligeramente. - Esa presencia oscura no proviene de él. - Los otros dos asintieron, y juntos decidieron investigar. Con sus amuletos sagrados en mano y sus corazones llenos de fe, los clérigos se aventuraron por los oscuros pasillos de la mansión.
El aire se hacía más frío a medida que avanzaban, y un hedor putrefacto comenzó a llenar sus narices. Cuando llegaron a una habitación en el ala oeste de la casa, encontraron la puerta entreabierta. La empujaron lentamente y lo que vieron les hizo retroceder de horror. La habitación estaba cubierta de telas de araña gruesas y pegajosas, como si una araña gigante hubiera hecho su hogar allí.
Y en medio de la maraña de telas de araña, encontraron los cuerpos desmembrados de la familia de Sir Aydan. La escena era grotesca: partes del cuerpo esparcidas por todas partes, vísceras colgando como grotescas decoraciones y los rostros de sus víctimas congelados en expresiones de terror eterno. El Padre Lerethon cayó de rodillas, orando desesperadamente por las almas de los inocentes.
En ese momento, la oscuridad pareció cobrar vida. Un susurro helado recorrió la habitación, y la temperatura descendió aún más. La Novicia Rebecca gritó cuando una sombra se movió rápidamente a través de la habitación, casi demasiado rápida para ser vista. Algo maligno estaba con ellos, algo que se movía en la penumbra, invisible pero omnipresente.
El Hermano Matheo fue el primero en caer. Un aguijón oscuro y gélido se clavó en su cuello, asfixiándolo en su propia sangre antes de arrastrarlo hacia la oscuridad. Sus gritos fueron breves y angustiantes, dejando a Lerethon y Rebecca paralizados de miedo. Intentaron retroceder, pero la sombra se movió de nuevo, y en un parpadeo, la Novicia Rebecca fue arrancada del suelo y lanzada contra la pared, mientras su cráneo sonaba rompiéndose con un sonido nauseabundo.
El Padre Lerethon, con el corazón latiendo frenéticamente, recitó sus últimas oraciones, rogando por protección. Pero la sombra se abalanzó sobre él, y sintió un frío insoportable mientras la vida se le escapaba. Antes de perder el conocimiento, escuchó una voz susurrante femenina que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez.
“Mi tarea aún no ha terminado. Sir Aydan debe cumplir su destino cuando muera. Es mandato de mi ama Valiente”
Cuando el amanecer llegó, los cuerpos de los clérigos fueron encontrados por la guardia, a la par de una esperpéntica escena de telas de araña conectadas a sirvientes muertos, como si de títeres se trataran. La noticia de la tragedia se esparció rápidamente, pero ni había rastro de Sir Aydan.
Sin embargo, seguía vivo. Postrado en su cama, su fiebre no cedía, y dentro de poco lo llevaría a la muerte. La pregunta es: ¿Dónde está?