Bajo un cielo plomizo que destilaba una lluvia constante, Ugduk caminaba en soledad por los campos desolados de Daggerford, un pequeño asentamiento humano al este de Waterdeep. Era un atardecer sombrío, donde el sol agonizaba tras un velo de nubes grises, y la luz moribunda bañaba la tierra en un resplandor espectral. La humedad en el aire se mezclaba con el olor de la tierra mojada, y el goteo incesante de la lluvia sobre su desgastada ropa marcaba el compás de sus pensamientos sombríos.
“Soledad”, una palabra con la que Ugduk no se sentía tan familiar desde que lo expulsaron del clan Garra Sangrienta y antes de conocer a su mentor Radameth. “No recordaba este sentimiento tan pesado”, se decía al avanzar.
Han sido unos meses de descubrimiento interior difíciles para él. Tras partir de Neverwinter, viajó por el sureste de la Costa de la Espada buscando aprender de diferentes lugares y personas; desgraciadamente, encontró racismo, odio, violencia desmesurada y engaños. No ayudó que su gente de Neverwinter tomara caminos separados (algunos de forma muy inesperada). En las últimas semanas, comenzó a sentirse solo y extranjero en su propia piel.
Mientras observaba la grisácea neblina que caía con la noche, se acercaba a las puertas de un edificio a las afueras del pueblo, rodeado por la bruma que el frío y la lluvia habían generado.
Ugduk no estaba allí solo para meditar sobre su pesar emocional. Un señor del crimen se había instalado en ese bastión abandonado de los alrededores y había comenzado a saquear a los ciudadanos. Más tarde, ese mismo criminal empezó a raptar a los niños para usarlos como esclavos, además de colocar estratégicamente a matones a sueldo para disuadir a los guardias y evitar que el pueblo pidiera ayuda.
—¡Vengo a ver a vuestro señor! Es hora de que liberéis a los prisioneros y os entreguéis a las autoridades de la región —exclamó el orco con un perfeccionado acento de la lengua común.
De repente, las puertas se abrieron y él entró sin vacilación. El patio de armas se había convertido en un cuadrilátero inmenso, cuyas cuerdas y esquineros tenían pinchos de hierro oxidado. Había sangre por toda la arena.
—Bienvenido, te estaba esperando —dijo una voz en lo alto del mirador del bastión.
—He venido a negociar la libertad de este pueblo y no me iré sin conseguirlo.
—Lo sé. He oído hablar de ti, Ugduk, “Puño Benévolo”. Me hace gracia que vengas con esa actitud pacifista de mierda para buscar nuestra rendición. ¿Te piensas que somos idiotas? —En ese momento se escucharon carcajadas de decenas de guerreros que iban apareciendo por toda la fortaleza.
—Te diré lo que vamos a hacer —comenzó a sonreír de forma perversa el líder criminal—: liberaré a un niño por cada minuto que aguantes en la arena contra todos mis hombres. Pero si violas tu propia norma de no agredir primero, desollaré a todos los prisioneros delante de ti mientras te ensartamos como a un cerdo.
Ugduk observó el cielo y recordó a aquellos dos rivales con los que forjó una amistad: un monje humano con más ira que un oso herido y un guerrero orog con una personalidad difícil y violenta.
“Pudisteis ser incluso figuras inspiradoras en Neverwinter siendo fieles a vosotros mismos; no puedo ser menos”. En ese momento empezó a percibir que la lluvia disminuía poco a poco. “Puede que tenga el tiempo justo”.
—Acepto el desafío —dijo el orco mientras se desprendía de su capa.
Saltó al interior de la arena. Puede que ahora estuviera solo, que incluso hubiese dudado de sí mismo y se sintiera un extraño en su propia piel como antaño. Pero que lo maldigan los dioses si rompiera ahora la promesa a su difunto maestro o la que le hizo a Lem de demostrar qué filosofía marcial se impondría.
En un abrir y cerrar de ojos, una horda de hombres armados con picas, espadas, hachas, cuchillos de carnicero y antorchas se abalanzó sobre él. Ugduk se limitó a esquivar las armas y desviar con movimientos defensivos una y otra vez, evitando realizar ataques o simplemente desarmando a los oponentes. Pasó un minuto, dos minutos... y así hasta casi cinco. La lluvia se dispersó del todo y solo quedaba una leve neblina sobre el suelo. La mayoría de los guerreros estaban cansados o incluso heridos de haberse golpeado accidentalmente entre ellos.
—¡Mírate! Estás hecho trizas, y todo por no querer librar una pelea.
La verdad es que Ugduk estaba cansado, herido, jadeaba, sangraba y su ropa estaba prácticamente hecha trizas. Miró a su alrededor y se percató de que habían movilizado a todos los esclavos hacia un patio de ejecución. Los bandidos no iban a cumplir su promesa, pero él contaba con ello.
—Hay batallas y batallas. Claro que podría haber derribado o destrozado en defensa propia a tus hombres, pero entonces no estarían cansados para poder huir —dijo Ugduk con una sonrisa que perturbó a su lider—. No deseaba pelear, solo ganar tiempo al son del ruido de la lluvia.
—¡Cogedlos a todos, que no escapen!
En ese momento, un ejército de guardias de la región apareció de la nada y comenzaron a apuntar con arcos y flechas a todos los bandidos, incapaces de huir. Un par de días antes, Ugduk había logrado filtrar la situación a un guardia que viajaba cerca de los alrededores y planearon una emboscada usándolo a él de cebo. La lluvia, el anochecer y dejarse retar en una pelea en desventaja fueron cruciales para distraer a los bandidos. Mientras la redada se realizaba con éxito, el orco cayó hecho trizas e inconsciente.
Pasaron unos días y Ugduk despertó en unos aposentos del pueblo. Había estado durmiendo desde entonces. Al incorporarse, se percató de que su ropa estaba completamente destruida; solo había sobrevivido un faldar de cuero que elaboró semanas antes. En ese momento, entró en la habitación un niño.
—Buenos días, señor... verde —dijo el niño con una voz inocente—. Mi familia se ofreció a atenderle después de que nos liberaras a mí y a mis amigos. Ellos son los médicos del pueblo.
—No tienes por qué dármelas. No podía permitir que sufrierais ese destino. —Ugduk le puso la mano al chaval sobre la cabeza y esbozó una sonrisa. Su mano era dos veces el tamaño de la cabeza del pequeñajo. La verdad es que este gesto de agradecimiento le recordó lo mucho que disfrutaba contándole cuentos a los niños y verlos reír.
—Por cierto, casi se me olvida: su amiga le ha dejado este paquete y dice que te espera en la taberna para hablar de su jefe, que está interesado en ti.
—¿Mi amiga?
—Sí. Es una mujer rubia y encantadora que nos ha estado deleitando con la música de su flauta. Ha estado repartiendo monedas a la gente y diciendo que su familia y su jefe podían ayudar a compensar las pérdidas por los saqueos.
Cuando el niño se marchó, Ugduk comenzó a abrir el paquete e hizo memoria de todos los lazos que creó durante la defensa de Neverwinter. Él no estaba tan solo como se había estado sintiendo en realidad. Se centró tanto en la desolada situación a su alrededor, en la desconfianza y en las desgracias, que había estado olvidando todo lo que podía aportar tener amigos en su vida y el bien que siempre puede hacer para los demás.
“Puede que sea hora de recordar lo que era tender mi mano a gente en quien confiar y hacer un mundo mejor”.
En el paquete había un nuevo atuendo de color negro con patrones monásticos, más lujoso que cualquier prenda que hubiera llevado antes. También había un increíble medallón dorado con forma de león y una nota firmada que decía:
“Espero grandes cosas de ti”.
Firmado: V
Relato de: Guille