Aquella noche nuestros héroes estaban tranquilos disfrutando de unas cervezas en la taberna de Farren, en el pequeño pueblo de Imnescar al suroeste del reino. Hacia ya varias semanas que no tenían noticias del benefactor, ninguna desde el último envío de dinero. Así que habían estado vagando por los pueblos de agricultores del sur haciendo pequeñas obras buenas para sus habitantes. Desde reparar los destrozos de las riadas causadas por la lluvia a recuperar ovejas perdidas antes de que acabarán siendo pasto de los lobos.
—¿Seguimos sin noticias de nuestro benefactor?—pregunto Aneres con voz serena
—Aun no sabemos nada señor Faerdan, pero no creo que tarde mucho, tal vez llegue una nueva misión en el próximo pago—dijo Renata
La Tiefling sentada a su lado bebió un largo trago de su cerveza
—Si es que hay próximo pago rubita
—Nunca nos ha fallado Anirissa
—Sigo pensando que deberíamos haber aceptado el oro que nos ofreció el alcalde
—No todo es dinero en esta vida
—Eso es fácil decirlo cuando has tenido una vida perfecta…
—¡Mirad que cantidad tan grande de mandarinas me ha dado el señor Gurhen!—dijo Ylyndar irrumpiendo en la taberna arrastrando dos enormes fardos de fruta.
En ese momento todos se giraron a mirar confusos pero no sorprendidos
—Yo quiero—Dijo Elara cargándose los dos fardos al hombro como si no pesaran nada y sacando una de las piezas de fruta —Mmmm… que dulce
—La…la cáscara…hay que pe-.. Da igual…—Intento decir la bardo inútilmente
—Elara ¿Qué te tengo dicho?—dijo el guerrero cuidando una vez más de la educación de su joven pupila
—Que pida permiso primero… Lo siento Ylyndar toma tus mandarinas—dijo la joven tiefling soltando los dos sacos sobre el hechicero casi aplastándolo
—En realidad eran para todos coge las que quieras ¡¿No es maravilloso lo amable que es la gente de este pueblo?!—la guerrera volvió a coger los fardos liberando al humano
—Yo sigo sin fiarme, todos los humanos son iguales… —Renata frunció el ceño y miró severa a su compañera tiefling—Menos tu claro —sonrió la bárbara
—Bueno, creo que ya es hora de irnos a dormir, es tarde—dijo el guerrero
En ese momento, la puerta se abrió y un hombre entró escaneando la sala con la mirada
—¿Los salvadores de Faerûn?—La bardo se levantó rápidamente reconociendo en las manos del hombre un pergamino enrollado y lacrado con el sello de su benefactor
—Nosotros, caballero ¿Quién le envía?
—Traigo una carta para ustedes
—¿De quién?
—No te va a contestar… como los demás…—le susurro rasposa Anirissa
—No lo se señorita, yo solo soy el mensajero, me pagan por entregar cartas no por saber cosas
—Gracias—La joven extendió la mano para recibir la carta mientras la tiefling carraspeaba y miraba fiera al humano
—¿Solo te han dado la carta?—gruño la bárbara
—No, perdón, casi lo olvidaba, aquí tienen—y le entrego una pesada bolsa de monedas a la bardo
—Es usted muy amable, ya puede irse
—Si….. si… —dijo sin dejar de mirar a la tiefling que no le quitaba ojo de encima
—¡Seguro que es de nuestro benefactor! Es tan amable y generoso. Tengo tantas ganas de conocerle—saltaba de alegría Ylyndar
—¿Qué tenemos que hacer esta vez?—pregunto Aneres
—Un nigromante en…Purskul…—en ese momento la humana paró de leer y trago saliva
—¡Oh que emocionante! Nunca he estado en Purskul seguro que es precioso
—No… no creo señor Erlukmi, allí… somos minoría, allí hay muchos semiorcos… incluso dicen que también…orcos…
—¡Oh!, nuevos amigos, no tengo ningún amigo semiorco, ni tampoco orco
—Esa gente es peligrosa Ylyndar, deberíamos ir con cuidado—dijo el guerrero elfo intentando calmar la emoción del hechicero —Es un pueblo agrícola y no deberían ser más que simples trabajadores de los campos pero eso no los hace menos bestias
—Pero somos fuertes, no podrán hacernos daño ¿Verdad?—Dijo Elara preocupada
—Ay amiga, que inocente eres, menos mal que me tienes a mí para enseñarte lo que es la vida real, acostúmbrate a que todos nos quieren muertas y aún que seamos fuertes hermana, si son más, estamos jodidas. Además tenemos la labor de evitar que se coman vivos al alegre señor mágico y a la niña bonita de la capital
—Aaaah
—Y a Ikki, no te olvides de Ikki—dijo el hechicero señalando orgulloso a su pequeño Fénix
—Y a Ikki…
—Que suerte tener unas amigas tan fuertes que siempre estén ahí para ayudarnos, ¡es maravilloso!
—Creo que es buen momento para irnos a dormir mañana nos espera un largo viaje y no quiero tener que ir a despertaros puerta por puerta
—Creo que será pan comido, solo tenemos que llegar y decirle que los muertos se lo pasan super bien en el cementerio, entre flores, de colores. Que molestarlos está mal, seguro que una vez se lo digamos podemos pasar el resto del día bebiendo y comiendo en la taberna todos juntos, seguro que se siente muy solo y solo está buscando amigos
Todos miraron al hechicero confusos.
—Podemos intentarlo…
Realizado por: Laura