Renata estaba sentada en la cama de su habitación en la posada en la que se estaban hospedando los Salvadores de Faerûn aquella noche. A ojos de cualquiera que la estuviera viendo la bardo solo estaba concentrada componiendo una canción sobre sus últimas aventuras en Neverwinter. Pero aquellos que de verdad conocían su secreto verían que en realidad estaba haciendo mucho más.
Cuando empezó su aventura como arpista Renata había desarrollado un sistema de encriptado para poder tomar notas y enviar cartas a sus compañeros a lo largo y ancho de Faerûn. La joven cifraba mensajes en las letras de sus canciones y solo aquellos que supieran la clave leerían el mensaje que se ocultaba entre las notas de la partitura.
Así es como se había puesto en contacto con Ámber, aquella enana de Neverwinter, quien iba a ser su contacto a la llegada a la ciudad. Después de escribirle un par de cartas comprendió la clave y juntas prepararon un mensaje que revelaría el santo y seña para que todos los arpistas que habían acudido al rescate de Neverwinter pudieran reunirse. Y todo salió bien, nadie sospecho que aquella inocente canción sobre una vendedora de lechugas había sido en realidad un mensaje oculto a simple vista.
Pero ahora se encontraba allí sola de nuevo, con la cabeza embotada y los pensamientos dispersos.
Se sentía abrumada, colapsada y muy sola, no tenía a nadie con quien hablar de cómo se sentía ahora mismo y de todo lo que había averiguado, información que ahora intentaba ordenar en su cabeza. La noche en que evitaron el genocidio en el barrio noble se sintió traicionada, sola y desamparada. Ver a su compañero suplicar voluntarios y ser ignorado fue un golpe duro. Pero cuando fueron a rogar a sus otros compañeros arpistas ayuda para evitar la masacre y que aquel tirano se hiciera con el poder de la ciudad… Que sus otros compañeros se rieran de ella y le dijeran que las vidas de los nobles no merecían ser salvadas y que estaban de acuerdo con que aquel asesino se hiciera con el poder. La hizo sentir abandonada, traicionada, defraudada y sola. Las personas que creía sus aliados, sus iguales, se habían burlado de ella, por querer salvar vidas inocentes, por querer evitar que aquel hombre despreciable aprovechará la situación de la plaga para hacerse con la ciudad, por defender sus ideales, aquellos que se suponía que compartían todos ellos, su juramento…
“Los arpistas trabajan contra la villanía y la maldad dondequiera que las encuentren, pero trabajan siempre teniendo en cuenta las consecuencias de lo que hacen”
Ahora no sabía qué hacer, Jaheira, su maestra, estaba muerta. Sus “compañeros” le había dicho que lo que había averiguado no era importante y se habían preocupado más por dar el concierto perfecto o yacer con diosas que por desentrañar lo que estaba pasando. Dándole largas cuando intentaba sacar el tema.
Y no podía decirles nada a los Salvadores… ¿Revelar que todo este tiempo solo había viajado con ellos para espiarles? ¿Para saber quién estaba detrás de toda está iniciativa y el porqué de esta? No volverían a dirigirle la palabra. El señor Volothamp la despediría y nunca podría completar la misión. Y no solo eso, Ylyndar no podría soportarlo, su mente era frágil. Le habían hecho mucho daño. Contarle todo lo que sabía… Que su familia estaba implicada en lo que le había pasado a la suya… Solo le rompería por dentro. Y tal vez acabara convirtiéndose en una amenaza igual que lo era su madre. Y nada la destrozaría más que llegar al punto en que tuviera que acabar con la vida de uno de sus amigos… Aunque tal vez ese había sido el problema inicial. Tal vez nunca tendría que haberse encariñado de ellos. Nunca tendría que haberlos considerado sus amigos…
No hacía más que cometer errores, igual que haberle contado lo de su familia a aquel Perro salvaje, pero ese estúpido semielfo siempre se las había apañado para aparecer cuando tenía las defensas más bajas. Incluso había acudido con ella a la batalla contra Jiba aunque parecía perdida desde el primer momento… Para ser un simple mercenario había demostrado ser algo más que el golfo, idiota e impertinente que aparentaba ser. Había algo bueno en su interior, algo capaz de hacer cosas buenas por los demás.
“Sin un pasado, ningún ser puede apreciar lo que tiene y hacia dónde puede dirigirse”
Renata se sorprendió a sí misma haciendo un pequeño garabato del perro en su libreta cuando llamaron a la puerta.
—¿Quién es?
—¿Estás visible?—Era la voz de Aneres
—Sí, pasa—dijo cerrando la libreta
—Llevas mucho tiempo aquí encerrada, ¿estás bien? No habrás vuelto a llorar ¿verdad?
—Solo un poquito, pero estoy bien—Aneres dudo un instante, pero luego volvió a mostrar su habitual actitud de seguridad
—Me alegro Renata, ya sabes que cualquier cosa nos tienes aquí para ayudarte, no hay nada que los salvadores no podamos resolver juntos
—Claro, para eso somos los mejores—dijo fingiendo una sonrisa
—¿Vas a bajar a cenar o te subimos la cena?
—Ahora bajaré en un rato, cuando termine esta partitura
—Pues ahora nos vemos compañera—dijo antes de salir de nuevo de la habitación
Renata se dejó caer boca abajo en la cama
—Soy un ser humano despreciable, no merezco que me traten como una amiga cuando solo soy una mentirosa
Renata intentó no llorar, pero era de llanto fácil y no lo consiguió. Solo quería hacer lo correcto, ayudar a los demás, hacer del mundo un lugar más libre y justo, y salvar Faerûn. Realmente le importaban sus compañeros, pero sabía que les estaba mintiendo, utilizando incluso. Y ahora no solo para averiguar cosas del benefactor, sino también para averiguar la verdad detrás de la madre de Ylyndar y la conspiración que la había creado…
Y lo peor de todo era, que cuando todo terminará tendría que abandonarlos y continuar con su próxima misión. Quizás estaba destinada a estar sola, a vivir vidas falsas, amistades con fecha de caducidad y aventuras fugaces. O tal vez podría simplemente volver a casa, fingir que no sabía nada y asumir que la mejor forma de ayudar y no hacer daño a nadie era ser una mujer florero en el entramado nobiliario de la costa de la espada. Manipulando las decisiones de algún estúpido niño rico para que el mundo fuera un poco más justo…
“Los arpistas puede permitirse menos libertad que la que deben tener aquellos a quienes trabajan para proteger, pero incluso un arpista debe ser libre”
Relato realizado por: Laura.