Preferimos permanecer unidos. Por qué ese espíritu alado nos había elegido para librar Bosque Alto de su corrupción, no lo sabíamos, pero no nos disgustaba su mano incierta. Queríamos respuestas, y exigimos castigo para sus agresores.
***Página rota, pegada con miel negra en un almanaque encontrado en el barro***
Habían pasado meses desde que abandoné Cormanthor, desde que los cazadores de mi propia aldea pusieran una diana en mi cabeza tras haberme marchado. Apenas había dormido durante un mes y mis fuerzas estaban menguando. El sabor del saúco mustio y de las bellotas amargas que guardaba en mi bolsa no era ningún consuelo. Me dije a mí mismo que mi sueño estaba siendo perturbado por un mal que afectaba al bosque en el que ahora me hospedaba.
Estoy con otras cuatro personas. La elfa Lirielithel Sombraluna, esa humana que se hacía llamar Quercus, y por último Aelar Tejehechizos y Thalivar Hojaseca, ambos también humanos, pero coincidían con el resto respecto a su conexión con la naturaleza.
La primera en aparecer fue Lirielithel, coincidimos en una senda que profundizaba hacia un antiguo santuario en las profundidades del bosque. Algo iba mal y ambos lo sabíamos.
Después de varias amenazas y ataques que quedaron en nada, nos dimos cuenta de que ambos estábamos aquí por el mismo motivo, al escuchar a lo lejos los gritos de auxilio que un tercero proyectaba entre los árboles.
Quercus, una jóven encerrada en una jaula fabricada con caña y protegida con una especie de encantamiento. Entre la elfa y yo conseguimos librar a la druida de su cautiverio, y como recompensa nos advirtió de sus captores.
Druidas oscuros se habían hecho con una fracción de la foresta y pretendían realizar un ritual para aislarlo del resto, corrompiendo todo a su alrededor. No dudó en ofrecer su ayuda y unirse a nosotros.
Tras un rato caminando. vimos una ráfaga de magia arrojar a uno de esos invasores por los aires, y supe que había más gente luchando contra ellos. Thalivar y Aelar habían sido los primeros en localizar el nido de los druidas oscuros.
Todos supimos lo debíamos hacer desde ese momento.
Fuimos testigos de cada una de las muertes de aquellos invasores. Una mancha apestaba en nuestra sintonía con la naturaleza.
Nos reunimos en círculo alrededor del último miembro de la secta.
Quercus pateó al humano como si fuera un bulto inerte. Dejando escapar toda la rabia que yo podría haber acumulado durante lo que llevaba de vida.
Recordé la manera en la que las sagas juzgaban a los intrusos.
Conducí al invasor hacia el centro del círculo ritual que habían diseñado. Hasta un gran trozo de tierra donde la hierba hacía tiempo que había muerto a causa de sus artes oscuras.
Con cuidado, tomé mi bastón y comencé a dibujar patrones en la tierra, símbolos en un antiguo dialecto que mis matronas me habían enseñado. Cuando los símbolos formaron un círculo, sacudí la tierra de mi bastón e hice un gesto con la cabeza a mis compañeros.
"¿Serían tan amables de hacer los honores?"
Asintiendo, Thalivar y Aelar encendieron las velas que había pedido a Lirielithel que recolocara.
Quercus no dejaba de observarme.
Decenas de lágrimas brotaron de los ojos del druida oscuro, como si estas le otorgaran la salvación.
Allí no habría salvación.
Una por una, fueron encendiendo las velas encima de los símbolos. Cada vez que la luz de la llama parpadeaba, tenían que volver a mirar para asegurarse de que el arañar y retorcer de las sombras que surgían bajo las velas era solo un truco de luz. La tierra estaba maldita, nosotros íbamos a purgarla.
"¿Que sigue?" Preguntó la exploradora.
"La siguiente parte es sencilla" Sostuve mi daga y me coloqué en el centro, delante del arrodillado.
Las enseñanzas de las sagas lamieron mi mente. Las velas chisporrotearon en fuego verde durante un momento mientras recitaba una oración al bosque. Aún no había aprendido a manejar las hordas de alimañas como mis matronas. Debía improvisar.
Unté mi daga con lo que me quedaba de la miel de carne que guardé antes de mi viaje. Con el arma impregnada, pegué un tajo en la espalda del agresor, y en poco tiempo las alimañas que moraban cerca se apresuraron para reclamar su alimento.
Quercus estaba demasiado cerca del hombre cuando sucedió. Dió un paso atrás.
Los gritos espantaron a los animales que quedaban allí, y la sangre, endulzada por la miel se filtró en la tierra, eso hizo que más insectos acudieran a la llamada.
"Hemos adorado al bosque con este sacrificio". Dije a mis compañeros. "Si le quitas algo, debes ofrecer una ofrenda. Y si intentan matarlo con sus ritos oscuros, esa ofrenda será su propia vida. No hay segundas oportunidades".
La carne se había vuelto líquida y goteaba de huesos y tendones que apenas mantenían estructura. Quercus me miraba con una mezcla entre miedo y respeto, pero no pudo evitar estremecerse cuando el hombre tomó dolorosamente la daga que yo le había dejado delante con una mano huesuda y la introdujo en su garganta. Un glorioso chorro de sangre brotó del humano antes de que éste cayera al suelo, introduciéndose en la tierra. La tierra, como una serpiente, saboreó su comida.
Después de un minuto, fue como si nunca hubiera estado ahí.
Realizado por: Pedro Pintiado