La humedad de los túneles calaba tanto en los huesos como en las fosas nasales, pero mientras los drow se internaban en ellos, solo se escuchaba el ocasional repiquetear de las cadenas que traían, listas para recibir la mercancía.
—¿Vosotros creéis que vendrá?
—Es un puto cuento para asustarnos, por Lolth, no seas cobarde.
—No es ser cobarde, es ser precavido, idiota —el drow sacó una daga de su cinto infundida en un extraño fulgor verde—. Si consigo cazarlo, seguro que me gano un ascenso entre los nuestros.
—Cada uno se suicida como quiere…
—Mantened el silencio o no volveréis a hablar en toda la eternidad.
La esbelta figura de Chenzira recortada entre las sombras fue suficiente para que sus acompañantes cerraran el pico el resto del camino. Las luces de Menzoberranzan apenas se vislumbraban en la lejanía cuando llegaron a una encrucijada. La sacerdotisa hizo un gesto y el grupo se dispersó para preparar las barricadas y repartir los vigías entre las cornisas de granito y basalto; así esperaron más de una hora en pleno silencio.
—Mi señora, no parece que vaya a venir. Sabemos bien que los orcos no son de fiar, son impuntuales, salvajes, estúpidos y…
—No estamos esperando a un orco. —La sacerdotisa cogió a su esbirro del cuello y le atravesó el alma con la mirada—. Esperamos a un orog. Esperamos al Gruñidor.
Al pronunciar esas palabras, un vigía hizo la seña acordada y todos se prepararon para la llegada de la mercancía. Poco a poco, el ruido de las cadenas, los sollozos y las ruedas de carro se fue acercando, pero lo que hizo temblar de miedo a los esclavistas, fueron los gruñidos de rabia que resonaban como un eco furioso. A los pocos minutos, atisbaron la caravana, los esclavos y al enorme orog de piel negra que avanzaba al frente de todos ellos, cargado de calaveras, armas y aún oliendo a sangre fresca.
—¡Me alegro de verte de nuevo, mala pécora!
—No es mutuo, mal bicho.
Ambos sonrieron y los acompañantes de las dos comitivas temblaron; uno mostraba unos colmillos enormes, grabados con runas y astillados de tanto uso, mientras que la otra esgrimía una sonrisa afilada, calculadora y asesina. Drows y orcos sabían que miraban a la cara de dos facetas distintas de la muerte; un final brutal y sangriento contra otra larga y dolorosa.
—¿Te ha tratado bien el camino, Durug? —Chenzira hizo una reverencia con claro sarcasmo y golpeó al suelo con el bastón para que adelantaran los carromatos vacíos—. ¿Has matado a algún pobre conejillo por el camino?
—No por ahora, pero no pierdo la esperanza de que algún elfo de mina cometa alguna estupidez; en cualquier caso, te traigo tu cargamento. —El orog dio un tirón a las cadenas que cargaba y una hilera de doce esclavos avanzó un paso adelante; enanos, drows y otros orcos mantenían la mirada cabizbaja y se tambaleaban por la sed, el hambre y el dolor.
—Esperaba algo más de ti…
—El resto van subidos a los carromatos.
Sin esperar órdenes, los orcos bajaron al resto de esclavos de las carretas y los ofrecieron a sus contrapartes drow, que fueron realizando el intercambio mientras ambos líderes hablaban.
—Aquí tienes tu pago en oro y armas. —Dos esclavos depositaron sendos sacos a los pies de Durug—. Espero que las encuentres a tu gusto, además, puedo asegurarte que en los túneles septentrionales hay diversas avanzadillas y pequeños poblados que serán ideales para que tu y los tuyos consigáis nuevas mercancías de todo tipo.
—Espero que el mapa se encuentre en los sacos, así será más fácil para todos…
Todo sucedió en el tiempo de un parpadeo; un asesino esgrimiendo una daga cayó desde el techo sobre el orog. El Gruñidor se giró con un gesto natural y agarró el brazo del drow con una mano y su cuello con la otra.
—Doy por supuesto que esta orden no la has dado tú, ¿verdad, arañita? —Los ojos de Durug estaban inyectados en sangre y sonreía con ansía asesina, mientras un gruñido bajo empezaba a resonar por todas las cavernas. Los orcos desenfundaron hachas y mazas, mientras que los drow esgrimieron sus espadas.
—¡Bajad armas, estúpidos! —Al instante, los elfos oscuros envainaron las armas—. Le he oído antes comentar como pretendía intentarlo, pero no creí que fuera capaz de hacer semejante estupidez.
—Tienes suerte de que te crea.
Con un gesto rápido, el brazo del asesino se quebró y sus chillidos reverberaron por las grutas durante unos instantes, hasta que Durug apretó la mano que entornaba el cuello de su víctima hasta que se escuchó un chasquido y los gritos cesaron de golpe.
—Mejor nos vamos, no sea que haya otros imbéciles capaces de intentar algo y yo ya no quiera contenerme.
Sin despedirse, el Gruñidor cogió el pago y se retiró de la zona, dejando el cadáver en el suelo y solo el sonido de los sollozos y las carretas atrás. Se internó en la oscuridad del subsuelo y caminó durante más de una hora antes de percatarse de que alguien le seguía.
—Adelantaos, he de comprobar algo.
El resto de orcos asintieron y prosiguieron sin cuestionar a su jefe. Al poco, Durug se encontró escuchando con atención cada sonido y silencio de la infraoscuridad; de repente, esgrimió la cadena con gancho directa hacia una pared y atrapó una pequeña presa que gritaba y se removía.
—¡Suéltame, monstruo! —chilló la drow mientras el orog la arrastraba hacia él; le había clavado la cuchilla a la altura del hombro derecho, ninguna herida mortal.
—Si crees que dejaré pasar esto dos veces, te equivocas. Pienso destriparte y… —El salvaje guerrero no acababa de asimilar lo que veía—. ¿Eres una puta cría?
—¡Soy Shri’Tana, hija de la sacerdotisa Chenzira Oussar! ¡Si no me sueltas, te destriparé y rajaré hasta que…!
La risotada del Gruñidor retumbó a través de las cuevas y amedrentó la bravuconería de la niña drow.
—No llegas ni a cachorro, niñata, ¿por qué has intentado matarme después de lo que has visto que le he hecho a uno de los tuyos?
—Si mataba al Gruñidor, sería una heroína entre los nuestros… Tienes a las matronas preocupadas y yo…
—Creías que seguirías viva al final del día, claro. —Durug siguió riendo mientras sustrajo con sorprendente limpieza el gancho del cuerpo de la muchacha. Esta se alejó de un salto esgrimiendo una daga y una espada, pero el orog ni se inmutó—. Tienes mucha suerte de que me hayas caído en gracia, Shri’Tana Oussar; yo también tengo cachorros.
Durug se llevó la mano a la boca y ante la extrañada joven, se arrancó uno de los colmillos y lo arrojó en su dirección.
—Cuenta la historia que quieras, chica. —El Gruñidor envainó el arma y volvió a internarse en las profundidades de la tierra—. Un día aprenderás cómo ganarte la auténtica gloria; por ahora, confórmate con un recuerdo de lo más cerca que has estado de una muerte estúpida.
Realizado por: Eloi