Primera parte
Escuchadme bien, esta historia anidará un huevo en vuestro corazón. Cuidadlo. Bendecidlo con menta podrida y los huesos de vuestros enemigos. Necesitaréis que salga del cascarón para ir donde yo he ido.
Sólo entonces os abrazaré y diré que sois fuertes. Sólo si me acompañáis os llamaré hermanos.
***Página rota, pegada con miel negra en un almanaque encontrado en el barro***
Al comienzo de mi despertar, era un simple joven sin dirección. El interés por la naturaleza y los seres feéricos de mi tierra se infiltró en mi cabeza desde muy temprano, al igual que los avispones se infiltran en los panales de abejas para devorar sus larvas, y tras mucho tiempo merodeando por los bosques que me vieron crecer, conocí a las que se convirtieron en mis madres, mis protectoras y mis juezas no por el resto de mi ciclo de vida, si no de mi existencia entera.
Mi introducción a mi pacto fue ver a una de esas criaturas de silueta femenina partir a un cazador furtivo por la mitad, y echárselo de comer a los insectos del bosque.
Al principio, juzgué la cantidad de sangre en el aire como signos de un mal arraigado en Cormanthor. Me equivoqué.
La muerte parecía la única conversación que podría tener con ese ser, pero la mano de otra extraña detuvo mi daga, inclinándola hacia abajo. Cuando miré hacia arriba, allí estaba una anciana, que aún encorvada medía una cabeza más que yo, con un traje con largos faldones.
Me ofreció una taza de té humeante. "¿Podemos hablar en algún lugar menos... espantoso?"
Tenía mi respeto por escabullirse tan silenciosamente entre las zarzas, así que accedí. Nos dirigimos a un claro en el bosque, embellecido por unas ruinas que parecían verdaderamente antiguas, a las cuales la naturaleza había engullido hace siglos, un paisaje protagonizado por colmenas, telarañas y otros nidos habitados por todo tipo de alimañas. La anciana olía a profundidades terrenales que nunca debían tocarse, cubiertas con almizcle e incienso.
"Hay un bonito santuario oculto aquí dentro", dijo.
Había pasado decenas de veces por ese lugar, pero no recordaba haber visto nada de lo que aquella vez vi.
Miré mi té, tenía miedo de beberlo.
Entonces supe que aquel furtivo no tuvo ninguna oportunidad.
"La operación que esos cazadores están llevando a cabo se extiende a lo largo y ancho. La naturaleza es capaz de defenderse por sí sola, pero a veces precisa de refuerzos externos". Comentó ella mientras se llevaba a la boca otra taza igual a la mía.
"Y tú, aunque aún no eres consciente de ello, has venido a ofrecer garantías. Aún se te pagarán recompensas. La gente a la que represento odiaría que el equilibrio natural se perturbase".
"No me importa el dinero, me importa mantener el suelo libre de maldiciones. Vuestra presencia lo envenena con altares, con ceniza". Respondí.
"Ah sí", dijo. "Mis hermanas, que nos observan desde todos los rincones de este claro. Te ruego que hables con ellas. Muestra respeto, incluso".
"Parten a los cazadores por la mitad por diversión". Respondí.
"¿Consideraste que podrían estar dañando nuestra tierra?" hizo reptar una escolopendra sobre sus nudillos.
"¿Como el daño que provocáis vosotras al bosque con vuestra brujería?" Pregunté.
"No", dijo inhalando el vapor que ascendía de la taza de té. "Más bien como el daño que te provocó tu madre al abandonarte entre la inmensidad de un bosque plagado de peligros. Cuando decidió dejarte a tu suerte entre la flora hostil y la fauna depredadora, tendido en la blanda, blanda tierra".
Decidí aceptar, reunirme con ellas. Necesitaba averiguar cuál era ese poder que permitía a aquellas mujeres hacer cosas sobrehumanas con sus enemigos. Algo me decía que ocultaban demasiadas cosas, o que quizás yo aún no estaba preparado para entenderlas.
Tras atravesar la extensa vegetación que cubría las ruinas, cuatro mujeres me recibieron en el centro. Podía sentir como más de aquellas presencias me observaban detenidamente durante la reunión.
Las cuatro mujeres apestaban. El olor a incienso empalagoso les empañó la boca mientras jadeaban. Se dispusieron expectantes alrededor de un antiguo altar de piedra cubierto de telas de araña, con hilos entrelazados en patrones complejos a modo de un gran mantel sobre la superficie pulida del altar.
Con mi daga en la mano, las mujeres hablaron primero.
"Pon tu oído en la tierra", decían. "Escucha"
Lo hice. Oído al suelo, escuché latir muchos corazones. Latían profundo y arraigado. No necesité escuchar mucho para saber que uno de ellos era mío.
"Los regalos de las sagas no son gratis", dijo aquella que se hizo llamar Hueso de Cardo. "Cada vez que pactes con el círculo, una de nosotras te otorgará algo. Un conocimiento. Una verdad. Hemos crecido en estas tierras. Hemos muerto en ellas. Y hemos regresado con dientes y garras para comernos a todos los que han mancillado tan sagrado lugar".
Puse la mano en el altar y este chirrió.
Esto es una locura, dijo mi propia conciencia. La hice callar.
"Pronto dejarás de pertenecerte a ti mismo". Dijo una segunda mujer, esta se hacía llamar Madre Fomoré. "La sangre de tu cuerpo se ennegrecerá, y parte de tu ser nos pertenecerá. Quedarás impregnado de la esencia primordial del bosque, y este se beneficiará de ello, mantendrás este lugar a salvo de la corrupción".
Una tercera mujer dio un paso hacia el altar. Su nombre se descubrió como Matrona de alimañas. Un aura de serenidad la distinguía entre sus hermanas.
Ella tiró de uno de los hilos, que de alguna manera supe que me pertenecía, como cuando escuché mis latidos en la tierra. Su vínculo se me hizo más que evidente.
Su aura de solemnidad era inquietante. "Aún no es demasiado tarde para cambiar tu destino, pero ten cuidado…" Tiró de mi hilo, y todo el tapiz pareció vibrar. Primero suavemente, pero cada vez con más violencia. "Quienes lo hacen rara vez viven vidas pacíficas".
Una parte de mí se desquició al comprender el vasto conocimiento que me habían otorgado.
Pero también sentí que había poder ahí.
Realizado por: Pedro Pintiado