Almanaque del enjambre
Tercera parte
La primera vez que me picaron, lloré de alegría. La propagación del veneno en la sangre hace aberturas en tu alma. De allí surgen los pensamientos de nuestras señoras. Pero hay algunos pensamientos de los que debes tener cuidado.
Algunos pensamientos deben ser asesinados antes de que te maten a tí.
Aquella noche, vislumbré la colmena donde convergen todos los secretos que guardaban aquellas que me dieron poder. Alta como el cielo y repleta de mentiras y engaños. Las sagas bailaban y reían ante nosotros al revelarnos la verdad. Ahí estaba de nuevo, entre el aroma a incienso y almizcle que siempre bañaba nuestro campamento, otro olor, pis de zorro y fogata, ícor y ponzoña.
Mis ojos lloraban con todo el amor que desperdiciaba, y allí, bajo una tenue lluvia de hojas secas, probé todo lo que había desperdiciado en ellas.
Cuando recuerdo su sabor y su picante, casi recuerdo cómo perdonarlas por traicionarme.
***Página rota, pegada con miel negra en un almanaque encontrado en el barro***
La marabunta de carne andante que asedió Neverwinter escupió tanto polvo y podredumbre como para tapar un amanecer mientras se alejaba. Los hombres y mujeres que defendieron la ciudad acabaron agotados, todas las facciones estaban allí, salvo una. Pero incluso la hidra puso de su parte aunque parecía importarle poco.
"No puede haber acabado tan fácil". Pensé. "De ninguna manera".
Entre los muertos, busqué la guía de mis señoras. Aún después de todo, necesitaba su consejo. Su olor se filtraba entre los arbustos, y en el interior de los campamentos destruidos que se apostaban fuera de la muralla. Un olor tan intenso que lograba distinguirlo del resto de la putrefacción que bañaba el campo. Para mí era fácil seguirlo.
Sus vientos siempre han soplado desde el bosque, y los Hijos del bosque captaban fácilmente su guía en ese viento. Inconscientemente hacían lo que ellas ordenaban a través de una ilusión que manipulaba sus acciones. Eso era el pegaso que nos guiaba, una infame ilusión.
Pero cuando la desolación llegó a la ciudad, los Hijos del bosque se quedaron quietos, congelados e inseguros tras conocer su oscuro secreto. Así que caminé sobre cenizas que se alzaban, y nieblas que se desprendían y se pudrían, intentando hallar un poco de lucidez en la soledad que otorgaba un campo de batalla regado con sangre, carne y huesos podridos.
El instinto hizo que sacara mi daga mientras me habría paso entre los efluvios emanados en el terreno tras aquella batalla. Un silbido de viento barrió el aire, y dejó al descubierto a uno de esos aulladores que se dirigía hacia mí, arrastrándose sobre pedazos de cuerpos y dejando un rastro de tripas tras de sí. Después de que cientos de dudas surgieran en mi cabeza durante la batalla, lo que más me extrañaba era haber sobrevivido a aquello. Tuve que hacer uso del control que me quedaba para mantener la mano firme.
Le pregunté su nombre en lugar de apuñalarlo en la cabeza, pero no dijo nada.
"Supongo que debería haber temido por mi vida cuando estuve defendiendo la muralla". Le dije.
"Pero no. Ni siquiera esta sensación es comparada al terror que ellas inspiran".
Busqué señales entre la desolación durante horas, luchando contra los mareos y náuseas que me provocaba aquel paisaje. Fue más una visión que una lucha. Y cuando regresé sobre mis pasos, rendido, fueron las sagas quienes me encontraron primero.
"Reunirás a tus hermanos y emprenderéis la marcha. Ya no tenéis nada que hacer aquí". Ellas habían visto el nombre de un lugar escrito en su telar. Donde el enemigo buscaba algo. "El resto de facciones pueden haberse enterado también".
"Recordaré cada rostro de esta ciudad. Si se entrometen en vuestros deseos, les perseguiremos como perros de caza y pisotearemos sus caras en el barro". Les dije. "Pronto olvidaréis esta persecución y volveréis a cazar furtivos en vuestros bosques".
"Pero recuerda, Escolopendra, que ahora más que nunca tendremos los ojos puestos en tí, y que debes recordar las tradiciones que te enseñamos, es nuestra ley". Dijo una de ellas, Madre Fomoré, mientras sonreía detrás de mí.
"Aquí no hay ley" Vertí un poco de miel sobre varios escarabajos que habían sido atraídos por el olor. "Sólo naturaleza, sólo deseos de venganza por parte de mis hermanos, y sólo hambre. Ahora vemos el mundo de otra manera. Puedo sentir cómo vuestra corrupción se extiende más allá del bosque".
Los escarabajos avanzaban arrastrándose, prefiriendo mi miel a aquellos cadáveres en descomposición. Con un corte, dejé caer varias gotas de sangre desde mi mano hasta el charco de miel, salpicando los cuerpos cercanos. Entonces los enjambres de alimañas que habían llegado con las brujas comenzaron a devorarlos. Una vez más, la naturaleza lograba descomponer lo que sobraba y sacar provecho del resto.
"Veamos qué hambre tienes, Escolopendra". Dijo la Matrona de alimañas. "Veamos hasta dónde eres capaz de llegar para comer".
Ella colocó su huesuda mano sobre mi cabeza, y el tatuaje de escolopendra que me hice cuando les juré lealtad comenzó a calentarse, hasta el punto de abrasarme la piel y dejar una cicatriz para recordarme la osadía que mostré al desafiarlas y exigirles la verdad.
Un castigo, el primero. El último.
"Siempre te hemos dicho que no debemos dar segundas oportunidades, chico. Pero esto nos beneficiará a todos". Habló Hueso de cardo, la más jóven entre ellas. "Te hacemos esto porque no eres una amenaza, eres un cebo". Dejó caer un trozo de carbón entre los insectos que se alimentaban de la miel, y este brilló, incinerando a los escarabajos y ciempiés y prendiendo fuego a parte de los cadáveres cercanos.
"Un cebo puede ser una advertencia y enseñar lecciones a sus parientes, si sobrevive a la mordedura".
Relato realizado por: Pedro.