Fuego, gritos, sangre. Siluetas iluminadas por las llamas atacaban sin cesar a personas cuyas sombras se transformaban en una amalgama de dolor. Esos seres no tienen rostro, sólo armas. Esas personas no tienen esperanza, sólo miedo.
Un soplo de viento abrió la ventana de golpe, Enki despertó exaltada. De nuevo esa pesadilla. Ese recuerdo.
“Gracias mi señora” pensó.
Se cubrió el rostro con ambas manos soltando un leve alarido. El viento aún seguía golpeando la ventana. Cuando se acercó a esta, cesó. Miró hacia el cielo, la noche estrellada aún lo bañaba con su oscuro manto. Quedaba demasiado para el amanecer. Al girar sobre si misma distinguió la silueta de sus compañeros, iluminados con el brillo de la luna.
Alcohol tirado por el suelo, algún cristal roto, platos de comida amontonados y sucios…Parecía el lamentable pero pintoresco escenario tras una fiesta. Sólo que aquello no había sido una fiesta.
Pues no había nada que celebrar.
En el rostro de sus compañeros lo notaba. Ella mismo lo notaba. Estaban desapareciendo, aunque aún no tenía demasiado claro cómo.
¿Desaparecerían sus nombres con el paso del tiempo? ¿Desaparecería aquel grupo por una futura batalla interna? ¿Desaparecerían físicamente?
Se abrazó así misma con inquietud. Hacía mucho que había olvidado lo que era tener una familia y la fe en Akadi había sido su único hogar. Pero ahora que al fin había descubierto una nueva familia, que al fin se acabó viajar en soledad.
Analizó la situación contabilizando a sus compañeros.
Malark estaba sobre su lecho en posición fetal, cubierto hasta los hombros. Durug se había dejado caer sobre una pared, sujetando con tanta fuerza una botella que se había estallado entre sus grandes manos. Gorshnack dormía boca abajo con los brazos en cruz sobre el lecho, dejando la manta caída hacia un lado. Kodem estaba de cara a la pared, tumbado sobre su lecho, estaba casi cubierto por completo. Lem mantenía ambas manos unidas y el rostro apoyado en ellas. Su expresión era más aniñada cuando dormía. Solomon se había dejado caer sobre el lecho sin apartar la manta, con los brazos totalmente estirados y con gesto despreocupado.
Seis.
Ylodar no estaba.
Caminó de puntillas entre sus compañeros para no despertarles, pero Malark se volvió hacia ella haciendo un gesto interrogatorio con la cabeza. Enki le dedicó una sonrisa y alzó el pulgar. Malark asintió y volvió a girarse.
Nada más salir la luz de una vela delató la posición de su compañero. Ylodar se encontraba sentado de espaldas a ella, enfrascado en la lectura de su grimorio. Se acercó a él.
— ¿Tampoco puedes dormir?
—Algo así. —Al fin Ylodar apartó la vista del grimorio.
—Los demás duermen como bebés. Cuando están así resultan enternecedores.
El mago hizo un amago de risa. —Creo que tenemos conceptos de la ternura muy diferentes. Yo no los catalogaría como tal.
— ¿Y cómo los catalogarías? —La semiorca se llevó las manos a la barbilla estudiando la expresión de su compañero.
—Como una panda de descerebrados.
Enki dio un golpecito en el hombro a Ylodar soltando una pequeña risa. —No seas tan duro con ellos. Se han portado muy bien con nosotros. Sé sincero.
—Está bien. Si te soy sincero, no sé muy bien por qué estoy aquí, no sé qué me espera, pero por alguna razón que soy incapaz de comprender esta panda de descerebraos se sienten como familia.
—Eso significa que no sólo les catalogas como descerebrados, sino también como familia.
Ylodar asintió. El amanecer asomaba con timidez desde el horizonte. Ambos miraban la suerte de rosados colores que daban paso al azul y dejaba atrás la oscura noche.
—Muy pronto llegaremos a Aguasprofundas. Seguro que te piden que los lleves a las mejores tabernas.
La expresión de Ylodar tornó seria. Un brillo de preocupación relucía en su mirada. Enki tomó la mano del mago.
—Tranquilo. Esta vez viajas con tus descerebrados favoritos. —Ylodar no dijo nada. Simplemente asintió. —Estando los cinco juntos no nos pasará nada.
El mago miró extrañado a Enki. —Somos ocho.
La semiorca parpadeó algo confusa. Ella había dicho ocho. ¿No? ¿O qué número había dicho? Por un momento sintió como si algo desapareciera de su mente, pero no era capaz de asimilar de qué se trataba.
—Sí. Cierto. Ocho. — Sonrió forzadamente. Ylodar miraba a su compañera con el ceño fruncido, estaba visiblemente preocupado.
El viento dejó de soplar.
Relato de: Maria CALAMIDAD