El semiorco había aprendido rápido en aquel nuevo entorno. Habría estado realmente jodido en los salones de Mechanus, en cualquier plano elemental, o en los planos conceptuales de algunas razas que ni siquiera conocía, como los Githyanki o los Ilícidos… pero un plano en guerra eterna… Esto no significaba sin embargo, que no fuese Averno. No eran unas vacaciones, ni un lugar agradable o en el que desease estar. Sencillamente, era un lugar que podía comprender. Su primera certeza constatada, era algo ya conocido, la vida duele. La guerra es omnipresente. Pero peor.
Colinas desiertas formadas por roca tan dura como el más débil de los habitantes del plano, lo cual equivalía a lo más duro que hubiese encontrado en Faerûn. Vientos ardientes que podían derretir la piel si no se ponía a cubierto. Fuego viviente campando a sus anchas. Lo que podría considerarse sin mucho miedo a equivocarse como un entorno ‘hostil’.
Dócil acechaba desde una pequeña loma. Sobre su espalda, la piel de una criatura varias veces más grande que él, cumplía un doble propósito. Le protegía del viento ardiente y le ocultaba de enemigos que pudieran estar acechándole a él. Había planeado la emboscada durante… ¿días?... el tiempo era difícil de medir allí. Había empezado a segmentarlo como cuando dirigía la horda de Ilneval, desde una comida hasta la siguiente, sin importar el tiempo real que transcurriese entre ambas. Desde que pergeñó el plan hasta apostarse en la rocosa loma, había comido cuatro veces.
La criatura cuya piel le servía de resguardo había resultado ser extremadamente útil para diversos fines. Sus vísceras, por ejemplo, le servían de cebo. A unos metros de donde se encontraba, había dispersado parte de aquellas vísceras. Había intentado formar un montoncito, sin éxito. Había intentado colocarlas atrapadas “casualmente” por un cráneo roto. Había intentado de todo, sin éxito, hasta que vio cómo sucedía de manera natural. Tras un combate especialmente sangriento y visceral, pudo observar como las aves carroñeras acudían a dar buena cuenta de los restos, poco después. Aves era una forma muy generosa de describirlas, pues la mayoría de ellas, por sí solas, podían ser consideradas amenazas mayores que los combatientes. Pero cuando terminaban su parte del festín, quedaban pequeños restos indignos de su atención, y acudían otros carroñeros menos imponentes o poderosos. Eso es lo que Dócil buscaba.
Había encontrado una presa lo suficientemente asequible como para destriparla sin excesivo riesgo y regar de sangre y hueso el entorno. Posteriormente, cuando los carroñeros mayores acudieron y se fueron, soltó al azar las vísceras que utilizaba de cebo, como si fuesen el fruto desordenado y caótico de un combate, y el posterior expolio de aquellos carroñeros mayores. No había patrón o disposición que favoreciese su posición acechante. Había descubierto que los cuervos allí eran incluso más listos, y decidió abordar la cuestión desde esa premisa. El cuervo descendió a cebarse con los restos. Dócil le dejó comer tranquilo, y sólo cuando terminó y empezó a acicalarse las plumas para emprender el vuelo de nuevo, se levantó para hacer evidente su presencia.
–Tengo más– dijo en voz baja, aunque dirigiéndose inequívocamente al ave –No quiero atacarte ni lastimarte en modo alguno.
El cuervo se limitaba a observarle de perfil, dando pequeños saltitos, siempre a distancia más que prudente, pero no alzó el vuelo al momento, por lo que Dócil continuó hablando, sintiéndose sólo un poco estúpido.
–No soy un demonio. Y ya he comido. No tengo ningún motivo para hacerte daño. ¿Me entiendes? –preguntó súbitamente alzando una ceja. ¿Entenderían el idioma orco los cuervos de Averno? Esperaba que sí.
–Imagino que tu señora no es bien recibida por aquí. Puedo entenderlo, a mí no me cae especialmente bien. Pero es astuta, eso se lo concedo. Estoy seguro de que tiene maneras de entrar y salir de aquí, mediante vosotros, los cuervos.
Si el pájaro daba muestras de entenderle o comunicarse, Dócil no podía saberlo… pero no se marchaba. Tan sólo graznó algo que podía sonar como “Averno”.
–Entiendo. No te fías de mí. Yo tampoco lo haría, cuervo. Necesito algo de ti, pero no tienes que acercarte siquiera a mí. Necesito que lleves un mensaje fuera de aquí. A Faerûn. A una amiga de los cuervos. Le llaman la Tejedora…
* * * * *
La sangre de su involuntario proveedor de materiales, como piel y vísceras, le había servido como tinta improvisada. Entre la tercera y cuarta comida, Dócil había escrito, con una letra apretada y farragosa, utilizando una retorcida garra de la misma criatura que le estaba resultando tan útil:
Querida y añorada Isobel,
Desconozco si habrá alguna manera de hacerte llegar estas palabras desde aquí. Creo que se trata de Averno, pero tampoco lo tengo muy claro. No osaría decir que estoy “bien”, pero sobrevivo al menos… o quizás no, es complicado. No sé si estamos vivos o muertos. Todo aquí parece querer matarnos, eso es cierto sin duda. Pero hasta el momento, no lo consiguen.
Soy consciente de que prometí encontrar la manera de sobrevivir al juicio de los dioses. Soy consciente de que prometí volver a ti, pese a dioses, sombras iluminadas y consecuencias varias de mis actos. No he renegado de esa promesa, por supuesto, pero quizás sobreestimé mi capacidad para cumplirla rápidamente. Nunca he roto mi palabra.
Todo Averno parece querer acabar con nuestra vida, o nuestra alma, o lo que sea. Nubes de gritos, sudor y sangre recorren esta tierra. Pese a lo esperado, puede ser fría, como un helado manantial. Un ser distante sin comunicación. Puede ser fuego que brota de un volcán. Somos carnaza para demonios aquí, pero seguimos teniendo voluntad.
Por mi parte, pienso en ti y en tus adorados violines. Madera curada por el sol con formas de mujer, una tormenta de truenos sin luz. Un símbolo de libertad. Anhelo sentarme simplemente en tu taberna, a escucharte tocar el violín.
Se agotan mis existencias de tinta, y no es algo fácil de conseguir aquí. Espero que mi plan funcione, aparezca un cuervo, y consienta en llevar mi mensaje… Al fin y al cabo, no puede ser más difícil que matar a un dios, ¿verdad?
* * * * *
Dócil arrojó el trozo de piel enrollada, atada con un trozo de tendón, cerca del lugar en el que el cuervo disponía de la carroña. Contra todo pronóstico, el ave dio un par de saltitos alrededor, lo picoteó un poco, y lo apresó con el pico tras graznar estridentemente. Antes de que Dócil emprendiera el camino hacia el exiguo campamento, su aleteo se había perdido en el horizonte ardiente de Averno.
El campamento consistía en una oquedad en la roca, con aspecto de haber sido horadada por alguna criatura gigantesca. En su interior habían conseguido resguardarse de las tormentas de arena que surcaban el entorno sin previo aviso. Shri’Tana y Anne no estaban allí, pero en el suelo estaba dibujada la marca de la Sombra de la Hidra, por lo que Dócil suponía que todo iba bien y volverían pronto, como él mismo. Shri’Tana debía estar pasándolo especialmente mal en aquel infierno brillante en el que incluso las sombras parecían luminosas. Ja… Sombras luminosas, iluminadas… Destino era una zorra cínica y sarcástica.
Aprovechando el momento de soledad, Dócil extrajo de debajo de una pequeña piedra lo que había podido reunir en el tiempo que llevaban en Averno. La criatura asesinada por el semiorco había sido exprimida por completo, desde luego. Restos de hueso y tendones estaban cubiertos por otro trozo de piel. Dócil se sentó con las piernas cruzadas, de cara a la entrada de aquella extraña cueva, siempre vigilante, pero sin poder evitar sentirse relajado por unos instantes. Sería extraño para quien quiera que pudiese espiarle en ese momento, manipulando huesos, piel y tendones con una delicadeza nada propia de un señor de la guerra brutal y despiadado, mortífero y ominoso… Dócil estaba fabricando un rudimentario violín.
Relato de: Curro