El sol se ponía lentamente en el horizonte, bañando la pequeña aldea humana de Alderwick en una cálida luz dorada. Alderwick, situada cerca de los bosques oscuros al noreste de Neverwinter, se preparaba para el festival de verano, una celebración anual donde los campesinos dejaban de lado sus preocupaciones y se entregaban a la música, el baile y los banquetes. Era una noche esperada por todos, grandes y pequeños.
Los niños corrían por las calles empedradas, riendo y jugando a la sombra de los grandes robles que bordeaban la aldea. Entre ellos, Elric, un niño de apenas diez años, jugaba al escondite con su hermana mayor, Lily. Ella era ágil y rápida, y siempre lograba encontrar los mejores escondites. Elric, decidido a no dejarse vencer esta vez, la buscaba con determinación.
“¡Diez, nueve, ocho...!” Contó Elric, cerrando los ojos con fuerza mientras sus amigos y su hermana se dispersaban entre las casas y los árboles cercanos. Al llegar a uno, abrió los ojos y empezó a buscar.
Lily había desaparecido rápidamente, como un destello de luz, y Elric se adentró en el borde del bosque, un lugar que sus padres siempre les habían dicho que evitaran al anochecer. Pero el entusiasmo del juego y el deseo de vencer a su hermana lo impulsaron hacia adelante.
La luz del sol se desvanecía, y la penumbra del bosque se hacía más espesa. Elric llamaba a su hermana en voz baja, esperando escuchar su risa desde algún escondite cercano, pero solo el silencio respondía. Los árboles crujían y el viento susurraba a través de las ramas, creando sombras danzantes que parecían cobrar vida propia.
De repente, Elric escuchó un sonido extraño, un crujido y un gemido que le puso los pelos de punta. Siguió el sonido con cautela, empujando las ramas y arbustos hasta llegar a un claro. La vista que se presentó ante él fue peor de lo que jamás podría haber imaginado.
Lily estaba inmóvil, mientras una figura oscura y retorcida se inclinaba sobre ella. Su piel cadavérica brillaba a la pálida luz de la luna. Sus ojos, vacíos y oscuros como pozos sin fondo, centelleaban con un hambre insaciable. Sujetaba a Lily por el brazo para que no escapara.
Con un gruñido gutural, hundió sus garras amarillentas y huesudas en la carne de su víctima, desgarrando piel y músculo con una facilidad inhumana. Lily gritó, pero su voz se perdió en la noche silenciosa, sofocada por el terror. La criatura, insensible al sufrimiento de su víctima, arrancó un pedazo de carne y lo llevó a su boca, mostrando dientes afilados como dagas.
El sonido de los huesos rompiéndose y la carne siendo masticada resonaba horriblemente, mientras la sangre brotaba en chorros oscuros, empapando el suelo y las ropas de aquel ser. Su boca se ensangrentó, un manchón escarlata que contrastaba con su piel grisácea y marchita. Sus ojos vacíos, llenos de una malicia sobrenatural, no parpadeaban, fijos en su presa mientras devoraba con voracidad inhumana.
Lily, con sus últimas fuerzas, intentó alejarse, pero su captor la sujetó con fuerza, clavando sus uñas profundamente en su carne, manteniéndola inmóvil mientras continuaba su festín macabro. Los gritos se volvieron gemidos ahogados y, finalmente, el silencio reinó cuando la vida se extinguió en los ojos de la pequeña. El ser, ahora saciado temporalmente, dejó caer el cadáver mutilado y se levantó, buscando su próxima presa en la fría y oscura noche.
Elric sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor, sus piernas temblaron y el grito de horror quedó atrapado en su garganta. El niño retrocedió lentamente, intentando no hacer ruido, pero una rama se quebró bajo su pie. La criatura levantó la cabeza, con sangre goteando de su boca y sus ojos vacíos fijos en él. Elric giró sobre sus talones y corrió con todas sus fuerzas de vuelta hacia la aldea, el corazón martilleando en su pecho.
En la oscuridad del bosque sonaban aullidos. Eran penetrantes, oscuros como si un montón de hombres… no… criaturas anunciaran la llegada de algo. Venían en todas direcciones y enturbiaban los sentidos de Elric que intentaba correr con los ojos llenos de lágrimas. Tropezaba una y otra vez, se levantaba desesperado intentando huir, pidiéndole a los dioses que le despertaran de esta pesadilla.
Al llegar a Alderwick, el festival de verano había sido sustituido por el caos. Las antorchas iluminaban escenas de horror mientras los aldeanos eran atacados por más no-muertos que emergían del bosque. Eran rápidos. Algunos iban vestidos con armaduras o portaban armas. Gritos de terror y dolor llenaban el aire entremezclados con esos aullidos, y el dulce aroma de los banquetes había sido reemplazado por el hedor de la muerte y la descomposición.
Elric buscaba desesperadamente a sus padres entre la multitud en pánico, pero no había rastro de ellos. Un grupo de aldeanos se refugió en la casa del herrero, una estructura sólida y segura. El chico se unió a ellos, su cuerpo temblando y su mente tratando de asimilar la magnitud del horror que había presenciado.
Dentro de la casa, el ambiente era sombrío. Los vecinos se acurrucaban juntos, algunos rezaban en voz baja, otros lloraban en silencio. Elric se sentó en un rincón, abrazando sus rodillas y tratando de contener las lágrimas. El herrero, un hombre corpulento llamado Harald, intentaba mantener la calma y organizaba a los demás para defenderse en caso de un ataque.
“Debemos mantenernos juntos y fuertes,” decía Harald, su voz firme pero llena de preocupación. “No dejaremos que esas criaturas nos tomen sin luchar.”
Los minutos pasaban lentos y tensos. Afuera, los ruidos de la destrucción se intensificaban y luego se desvanecían, solo para volver con más fuerza. Elric no podía dejar de pensar en sus padres y en su hermana, sintiéndose impotente y perdido. Quería hacer algo, pero no sabía por donde comenzar.
Los aldeanos se amontonaban en la pequeña sala, susurros temblorosos llenando el aire cargado de miedo y desesperación. La única luz provenía de una vela vacilante en la esquina, proyectando sombras en las paredes de madera desgastada. El silencio era tan denso que parecía asfixiante, y cada susurro se convertía en un grito ahogado.
De repente, un aullido desgarrador rompió la quietud, seguido por otro y otro, hasta que el coro de alaridos llenó el aire, helando la sangre de los presentes. El sonido venía de todas partes, resonando en el exterior de la casa como un eco macabro. Les habían encontrado.
Se hizo un silencio abrupto, aún más desolador que antes. El corazón de los aldeanos latía con un ritmo frenético, la tensión palpable en cada rincón de la habitación. Fue entonces cuando un golpe sordo resonó contra la puerta principal, seguido por otro más fuerte. La madera crujió, amenazando con ceder bajo la fuerza brutal de los atacantes.
Elric rompió a llorar. Sus sollozos eran un recordatorio doloroso de la fragilidad y la inocencia, su voz temblorosa implorando: "Quiero irme con mi mamá..."
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez estaba cargado de una resolución sombría. Los aldeanos se prepararon, conscientes de que el destino se decidiría en los próximos instantes. Afuera, los aullidos se intensificaron, preludio de la tormenta que estaba por desatarse.
Harald se adelantó, su expresión endurecida por la determinación. Empuñaba su hacha con mano firme, sus nudillos blancos por la presión. Se giró hacia los aldeanos y les dijo en un tono que ninguno de los asistentes olvidará:
"¡Ya vienen!"