Las ramas de los árboles se estremecían con el viento que soplaba junto a un grisáceo amanecer. Ugduk avanzaba por los senderos oscuros y sombríos del bosque, con el corazón cargado de pena y la mente invadida por recuerdos. Las primeras semanas tras lo ocurrido habían sido un torbellino de emociones y desafíos. Cada día, cada noche, cada momento era una lucha constante por mantener el equilibrio entre su instinto aguerrido de orco sobreviviendo y las enseñanzas de paz y compasión que había aprendido durante los últimos meses.
En ese momento, se alertó por un ruido en la maleza. Instintivamente se puso en guardia, los músculos tensos, listo para enfrentar cualquier amenaza. De entre los árboles emergió un ciervo, que lo observó con ojos curiosos antes de alejarse tranquilamente. Entonces una voz emergió en su cabeza:
-"No todos los movimientos en la oscuridad son peligrosos. Aprende a distinguir la amenaza del inocente"-. Este pequeño incidente lo hizo reflexionar sobre los numerosos momentos en su vida donde había reaccionado con violencia, sin detenerse a considerar la verdadera naturaleza del peligro.
Ese mismo día, mientras recorría el bosque en busca de alimento, el orco tropezó con un grupo de cazadores humanos. Los hombres, al verlo, retrocedieron aterrorizados, empuñando sus armas. Los recuerdos de su infancia volvieron con fuerza: las incursiones sangrientas, matar sin piedad y familias suplicando de rodillas. Sintió un nudo en el estómago y levantó las manos en señal de paz.
-No quiero pelea -dijo, con voz grave pero calmada-. Solo busco comida en la zona y proseguir con mi camino.
Los cazadores, todavía recelosos, bajaron lentamente sus armas y lo dejaron continuar. Ugduk siguió su camino, agradecido por haber evitado una confrontación y recordando una vez más aquella voz en su recuerdo:
-"La verdadera fuerza reside en el control, no en la violencia"-.
Estos encuentros recurrentes con humanos y otros seres vivos comenzaron a demostrar que la nueva percepción del orco sobre el mundo exterior no era errónea. Ya no veía a los demás como enemigos potenciales, sino como individuos con sus propios miedos y esperanzas.
La segunda semana de viaje fue especialmente dura para él. Se topó con una granja abandonada y, movido por el hambre, entró en busca de algo comestible. Al registrar el lugar, encontró una despensa medio llena y un diario polvoriento. Al abrirlo, leyó sobre la familia que había vivido allí, sobre su lucha por sobrevivir a las invasiones y la eventual caída ante seres de difícil descripción.
En ese momento sintió una conexión con aquella familia, desconocida pero cercana en su sufrimiento. Recordó cómo él mismo había sido parte de esa maquinaria de muerte y caos. Cerró el diario y decidió enterrar los restos que encontró en la casa, en un intento de darles la paz que no había podido brindar a otros en su pasado.
-"Honrar la vida, incluso en la muerte, es un acto de redención”-, resonaron aquellas palabras en su mente. La tarea de enterrar a los desconocidos le proporcionó un extraño consuelo y un sentido de propósito, como si al honrar a estos muertos anónimos, comenzara a expiar sus propias culpas.
Mientras seguía su camino más tarde, se encontró con un pequeño asentamiento arrasado por una horda de monstruos. Los pocos sobrevivientes se habían refugiado en un templo en ruinas. Sin dudarlo, se acercó y ofreció su ayuda. Los aldeanos, desesperados, aceptaron su protección. En sus rostros se veía reflejada la misma desesperación y miedo que él había visto en aquellos que huían de las incursiones orcas, pero esta vez el resultado sería distinto.
La noche cayó y una nueva oleada de monstruos apareció en la aldea. Ugduk se posicionó frente al templo con firmeza a la espera de la horda. No mataría por placer, sino para proteger a los inocentes. Entonces recordó otra vez aquella voz diciéndole:
- "La verdadera batalla no es contra los enemigos externos, sino contra los demonios internos"-. Esta batalla, aunque física, también era una lucha contra su propia naturaleza, una reafirmación de su nueva identidad.
Y con esas palabras en su cabeza, el orco comenzó a destrozas a sus enemigos con increíbles movimientos de combate cuerpo a cuerpo. No utilizaba armas, no las necesitaba. Su cuerpo y mente era todo cuanto necesitaba. Por primera vez en su vida estaba sintiendo la calma emocional que nunca tuvo durante una batalla. No había malestar, ni remordimientos por sus actos, solo la férrea voluntad de proteger a aquellos que lo necesitaban.
La lucha se prolongó hasta el final de la noche. Fue entonces cuando, en el momento del contacto contra las últimas hordas enemigas, el imponente orco desato toda la energía de su ser, concentrada en su puño, a tal punto que destrozó a todos sus rivales con un único golpe. El impacto resonó por toda el área de la aldea como si de un trueno en mitad de la tormenta se tratara. Los monstruos rezagados huyeron despavoridos ante el poder de su adversario.
Al amanecer, tras haber repelido el ataque, los aldeanos agradecieron a Ugduk y le ofrecieron provisiones para su viaje. Él lo aceptó con humildad, sintiendo un profundo respeto por la vida que había defendido. Sabía que su viaje aún no había terminado, pero cada acto de compasión lo acercaba más a la senda que buscaba. La mirada de gratitud en los ojos de los aldeanos le recordó por qué había elegido este camino, y le dio fuerzas para continuar.
Finalmente, tras semanas de travesía, por fin divisó las murallas de Neverwinter. La ciudad se erguía majestuosa ante él, símbolo de un nuevo comienzo. Al cruzar sus puertas, sintió una mezcla de esperanza y temor. Aquí, en este lugar desconocido, tendría la oportunidad de vivir según su nuevo dogma y encontrar su lugar en el mundo.
Realizado por: Guille