—¡Avanzad! ¡Son nuestros!
Una flecha se clavó profundamente en el hombro del anciano guerrero, pero este ni siquiera se percató de ello; corrió hacia adelante, embistió a un pobre soldado con su hombrera de pinchos matándolo al instante y volvió a la primera fila esgrimiendo el hacha.
—¡Se están reorganizando, padre! —gritó Gortag mientras retiraba su espada del cuello de un lancero.
—¡Mejor! —En ese instante clavó su arma en el estómago de un pobre desgraciado mientras le partía el cráneo a otro de un golpe de escudo—. ¡Que los cuernos suenen dos veces! —rugió a los goblins que les seguían el paso y que se giraron con presteza a cumplir las órdenes de su amo.
—¿Cómo? —El joven semiorco dio un paso hacia atrás y se encaró a su jefe— ¡Tienen el terreno elevado y sus refuerzos llegarán pronto! ¡Si avanzamos, nos aplastaran!
La bestia de casi dos metros que lideraba a los orcos le propinó un cabezazo que lo mandó de bruces contra el suelo. Sintió cómo el mundo daba vueltas mientras los cuernos tocaban a avance. Sintió la sangre manar hacia los labios cuando “Huargo Infernal” le alzó con una sola mano hasta volver a chocar frentes.
—Tengo tres docenas de hijos solo en esta batalla, así que no eres tan importante; si me vuelves a contrariar, tendré uno menos.
El aliento le olía a sangre rancia y los ojos le brillaban con maldad al son de las llamas de los alrededores. Gortag se planteó por un instante el intentar matarlo, pero a sabiendas de lo imposible de la tarea, asintió sumiso. Tras soltarlo, el viejo se dirigió a las huestes de refresco que avanzaban para sustituir a sus compañeros del frente.
—¡Orcos, orogs, goblins y trolls! —Todos frenaron en seco para escuchar a su líder— ¡Aún quedan miles de soldados arrastrándose hacia el Túmulo del Cuerno Torcido! ¡Creen defender sus casas, tierras y familias, pero se equivocan, porqué son nuestras por derecho de poder, de fuerza y de conquista!
—¡Durug! ¡Durug! —La partida de guerra coreaba el nombre del jefe de guerra.
—¡Recordadles lo equivocados que están! ¡Luchad, matad, conquista las Tierras de los Valles para los pieles verdes!
Levantó el escudo y rugiendo un grito de guerra, cargó contra los humanos seguido de la marabunta de guerreros que le acompañaban desde que había abandonado Muchas Flechas. Atravesando a la carrera el campo de batalla bañado en sangre y regado en fuego, divisó al general Piedraférrea. Destripó a su guardia personal junto a algunos de sus hijos y derribó al líder enemigo de un cabezazo. Alzó el hacha disfrutando cada instante y entonces…
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—Viejo, despierta. —Alguien le agitaba el hombro—. Te toca…
Zurg'Ho le cogió del cuello y con un gesto rápido, desenfundó el cuchillo y se quedó a milímetros de apuñalar el ojo del espadachín. Ambos se quedaron en silencio hasta que el anciano asintió y guardó el arma. Se levantó, avivó el fuego y se sentó delante del mismo sin mediar palabra.
—¿Qué soñabas? —preguntó con prudencia el hombre— Sonreías y parecía que murmurabas órdenes.
—Los míos no soñamos; recordamos o planeamos, soñar es para los débiles que no tienen fuerza para acometer sus deseos.
—¿Y qué recordabas?
—La masacre del Cuerno Roto.
—Estabas soñando viejo, a mi no me engañas —rió Malark—. Eso fue hace sesenta años, no hay orco vivo que estuviera en esa batalla. Dicen que la tierra se partió en dos y se tragó a un terció del ejército humano, que las Tierras de los Valles se bañó con la sangre de todos sus hombres, que tuvieron que repoblar el lugar con gente de Puerta de Baldur y…
—No murieron todos.
—Y ahora me dirás que la grieta de la tierra es una exageración, que lo viste y estabas allí, ¿No?
Se hizo un silencio incómodo donde Durug observó a su compañero con unos ojos distantes y melancólicos. Al cabo del rato, volvió la vista al fuego y susurró para sí mismo.
—Eran otros tiempos…
Realizado por: Eloi