—Jinmei. Jinmei… ¡Jinmei!
Una mano posándose su hombro la sacó de su trance con un respingo. La acólita se giró y se encontró el ceño fruncido de Fermalion. Suspiró; conocía bien esa mirada.
Muchas eran las veces que la mirada severa de su maestro no aprobaba su actitud o sus palabras, sin embargo, en esas ocasiones en la que los ojos del anciano se sumaba la preocupación y un pequeño destello de alarma, era cuando Jinmei tenía la certeza de que la iban a encerrar.
El sol se acercaba a su cénit cuando la joven monje volvía al monasterio tras sus labores en el huerto.
—Ya podríais estar más sabrosas — comentó a las coles que transportaba en un cesto—. O podrían permitirnos echaros un poco de sal…
Ese era un diálogo medianamente recurrente entre la joven y las hortalizas. Con cierto vacío en su pecho, y estómago, recordaba las palabras de Fermalion «sólo una buena alimentación hará que se equilibre tu ki» y, por desgracia, una buena alimentación solo consistía en verduras hervidas. Jinmei vivía en ese monasterio desde que tenía uso de razón. Los monjes de Ninjin Shuei Si, o Monasterio del Agua en Calma, acogían a huérfanos y los formaban en el Camino de forma estricta, austera y disciplinada. Vivían aislados de distracciones innecesarias, cultivando hortalizas, su cuerpo y su alma para ser grandes maestros del ki.
De las actividades habituales, ella prefería las clases de artes marciales a trabajar en el huerto, pero mil veces prefería la labor física del campo a verse obligada a meditar durante horas. No podía estarse tanto rato quieta y ese inconveniente era fuente de pequeños conflictos y discrepancias con sus maestros.
Ese día había algo diferente en su trayecto de regreso al recinto principal del monasterio. Se percibía movimiento, voces contenidas y el aire contenía una vibración agradable… ¿música?
Dejó la cesta y los aperos en el lugar correspondiente y se dejó llevar hasta el patio central guiada por ese sonido tan insólito. De habitual, en Ninjin Shuei los únicos sonidos con los que les permitían convivir era el piar de los pájaros, el tintineo de campanitas y los mantras. La joven se abrió paso entre los otros acólitos que contemplaban el espectáculo y, una vez sorteó el muro de atuendos amarillos y naranjas, los vio: eran aventureros. Sí, de esos de los que había escuchado hablar de boca de los habitantes del pueblo vecino.
Se sorprendió ante tan pintoresco grupo: entre los acólitos había gente de distintas razas, por lo que ver elfos y medianos no era una novedad, sin embargo, nunca había visto un tiefling. Más que la diversidad de los visitantes, eran sus atuendos lo que le llamaban la atención. Hasta el momento, Jinmei solo había visto guardias, monjes y aldeanos por lo que quedó fascinada con aquella magnífica espada, o el complejo bastón de ese mago, pero con diferencia era el origen de aquel hipnótico sonido el que se llevó toda su atención.
¿Qué era aquel instrumento desde el cual salía una melodía profunda y armoniosa? Se trataba de una especie de calabaza con un ¿palo? o, como un listón atravesado sobre el cual una serie de cuerdas se extendían tensas. Ellas parecían ser las responsables de ese sonido cuando eran rasgadas virtuosamente por las manos del bardo.
Arrancaba notas y estas se suspendían y viajaban por el aire, cubriéndolo todo, como la energía misma, como el ki que lo conecta todo, siendo una con el mundo, con el entorno, siendo una con ella. No se percató del momento que cerró los ojos. Ese dulce sonido la transportaba a lugares lejanos, le presentaba paisajes desconocidos de forma tan clara que podía sentirse paseando por ellos; en un desierto, en lo alto de una montaña, en un prado, surcando el mar.
Melancolía e ímpetu. Su cuerpo era ligero y un cosquilleo recorría su piel desde la punta de sus pies hasta el rostro, una efervescencia hervía en su estómago como una cascada al romper contra las rocas. Una sonrisa plácida se dibujó en su rostro. Abrió el pecho, aspiró con fuerza como si pudiera respirar las notas y dejar que recorrieran su cuerpo. Se sentía cargada de una fuerza inigualable, capaz de cualquier hazaña, capaz de mover montañas… hasta que una mano se posó con fuerza en su hombro. El peso de la mano y los ojos de su maestro le recordaron que su lugar estaba en el suelo, en el monasterio.
—Acompáñame— ordenó rotundo Fermilion con esa mezcla de preocupación y decepción en el rostro—, esta visión no es buena para una acólita.
Frustrada pero obediente, Jinmei lo siguió hasta su cuarto austero donde, como había predicho, la encerró en soledad. Había allí más acólitos y solo se la habían llevado a ella. ¿Por qué?
Permaneció unos instantes en silencio, contemplando la puerta cerrada en la penumbra de su celda con la vibración del recuerdo haciendo eco aún en su cuerpo. Sus puños estaban apretados. Recordó las palabras de su maestro: «Las emociones son las que perturban nuestro espíritu y nuestro ki». Pues se sentía frustrada, indignada, incluso furiosa. ¿Qué le decían en esas situaciones? «Medita». Se sentó en el suelo y cerró los ojos con la mandíbula aun tensa.
«Inspira» ¿Cuál era el primer principio? Reconocer el Camino en la naturaleza y moverse en armonía con él.
«Expira». Entonces ¿por qué poner muros entre ellos y el mundo? ¿por qué renegar de alimentos y canciones? ¿Por qué sesgar con qué parte del universo podemos conectar?
«Inspira». El deseo y las emociones son las que perturban nuestro equilibrio, nos desconectan del ki; ese era el segundo principio.
«Expira». Entonces, ¿por qué el Camino nos ha dotado de emociones? ¿No dicen los textos que debemos aceptar y amar el cambio, aceptar el ying y el yang? ¿Por qué sentir me desconectará del ki, la energía del mundo?
«Inspira» Debemos actuar sin intención, no forzar, no nadar contra la corriente.
Entonces, si estamos tallados por una mentalidad rígida e inflexible como la de este monasterio, ¿no estamos faltado a los principios? ¿No estamos desalineándonos con el ki que nos conecta al mundo? Esa efervescencia, ahora furiosa aparecía de nuevo en su vientre.
Claramente la meditación no estaba funcionando. Se puso en pie de un salto y comenzó a hacer flexiones. Cien, doscientas, las que fueran necesarias.
Mucho más tranquila, Jinmei se sentó en su catre a reflexionar. Un cuerpo cansado aclara la mente. Y en esa claridad una de las citas de los antiguos maestros resonaba en su cabeza: Si hay música en tu alma, se escuchará en todo el universo.
¿Como ser alguien con el mundo si estás atrapado tras unos muros?
¿Como pretenden conocer el río si solo toman un balde?
¿Resistirse a la naturaleza misma del ser humano, no es atentar contra los principios del Camino? Hay que fluir, ser flexible, no poner trabas y barreras rígidas. ¿Qué mal tiene el disfrute? ¿Como contribuye al equilibrio del cuerpo el restringirlo de alimentos? ¿Solo el ser consciente de aplicarse restricciones sin sentido?
No, ese no debe ser el camino del ki, no concuerda con las enseñanzas del Camino, debía de haber otra manera, la iba a encontrar y se la enseñaría a sus maestros cuando regresase siendo una gran maestra.
«Solo aquél con una mente y un corazón en calma, un cuerpo sano y cultivado podrá ser un maestro del ki.» ¿Eso implicaba necesariamente estar vacío?
«No quiero apagarme, no quiero estar vacía, quiero sentir, quiero vivir».
Debía dejar el monasterio. Ir a una posada, pedir un costillar, ver a una banda tocar, oler especias. Vivir.
«Quiero ser parte de la música del universo. Seré una maestra del ki, fuerte y justa. Pero a mi manera».
Relato de: Laura Yipita