La llamada a la sangre (canción)
Apunta. Tensa. Echa el aire lentamente. Suelta.
Muerto.
La flecha se hundió repentinamente en el cuello del ciervo, haciéndole saltar de sorpresa y
dolor, echando a correr entre los bosques. El disparo había sido certero, no le quedaba
mucho tiempo.
“Los lobos cuando persiguen una presa que saben que le queda poco de vida, le permiten
morir lejos, lo más serenamente posible, y sólo al final se acercan”. Ella no quería ser
menos.
Sin embargo, aquel día en cuanto vio el correr alterado del animal, sus piernas se echaron
hacia adelante como con un resorte y comenzó a perseguirlo. Sacó otra flecha, y tratando
de apuntar, la lanzó de nuevo.
Falló.
Resopló y continuó su persecución. Escuchó unos pasos detrás de ella y la voz de su padre
que la llamaba.
La ignoró, y con la impaciencia de la adrenalina pilló carrerilla mientras sacaba su cuchillo
de caza. Llevaban desde bien temprano en el bosque, sin mucha suerte de encontrar
presas hasta ahora, y no iba a dejar escapar esta. Además, necesitaba cansarse, sentir sus
piernas temblar por el agotamiento, dejarse caer exhausta al final del día sabiendo que
había hecho un buen esfuerzo.
No oír absolutamente nada.
Cuando tenía al ciervo a mano, lo flanqueó para evitar cualquier coz nerviosa que pudiera
soltar, y le siguió hasta que el animal se detuvo derrotado. Emocionada, sintiendo la
respiración nerviosa bajo la palma de su mano al posarla sobre el ancho cuello, le miró
durante unos segundos a los ojos, viéndose reflejada en ese espejo líquido y oscuro de
pupilas horizontales.
Intentando controlar su propia respiración que se le escapaba, hundió el cuchillo, en la vena
que sabía que le daría una muerte rápida y le ahorraría sufrimiento, viendo caer las
primeras gotas de sangre. Con el olor metálico, sintió un calambre en los dedos, uno muy
familiar; y muy odioso.
Se le fue la respiración, y cerró los ojos lo más que pudo. “No ahora, por favor, no ahora”.
Pero conforme más nítida escuchaba la voz, más clavó el cuchillo en el cuello del animal,
éste soltando un último berreo sin aliento.
Puedes rajarlo desde la mandíbula hasta abajo, hundir las manos en sus entrañas, estrujar
su hígado y sus intestinos, hundir los dientes en sus músculos todavía tensos hasta
rompérselos, arrancarle los cuernos y clavárselo dentro hasta desgarrar-
Lirielithel pegó un grito y se llevó las manos a los oídos, sin importarle manchar su pelo yrostro de sangre todavía caliente.
Echa el aire lentamente.
Sujetó el cuchillo con ambas manos lo más fuerte que pudo.
Sintió una mano en el hombro y miró frenética arriba.
Si hundes los pulgares en su cuello hasta abrírselo, ¿tendrá la sangre tan caliente como la
del ciervo? Es más débil de lo que parece, ya no podría gritar ni pedir ayuda. Se imaginó
horrorizada hundiendo las rodillas en el pecho hasta oír el crujido de las costillas, después-
“No, no, no...”
“¿Qué te ha pasado?¿Te ha hecho daño el animal?” El elfo colocó las manos preocupado
en la cabeza de su hija, buscando alguna herida o el origen de la sangre.
Lirielithel apretó los dientes lo más que pudo, y agarró el cuchillo hasta notar los nudillos
blancos. Mientras trataba de controlar su respiración, sintió unas manos que rodearon las
suyas, con cuidado, y una voz tranquila diciéndole: “Lirielithel, no pasa nada, puedes soltar
el cuchillo.”
Abrió los ojos, hasta acostumbrarlos de nuevo a la luz del bosque, viendo los rasgos
preocupados de su padre. Dejó resbalar el cuchillo por sus dedos, cayendo con un ruido
sordo a la tierra. Bajó ligeramente la mirada, culpable y con un peso en el corazón por los
pensamientos que acababa de tener, imaginando sus manos bañadas de rojo, el blanco del
hueso revelándose, la carne destruyéndose.
“Te has abierto una herida en las palmas de las manos sujetando el cuchillo, voy a
vendártelas.”
Lirielithel se limitó a asentir y tender sus manos temblorosas. Desde hacía años comenzó a
oír esa voz, a tener sueños, que la empujaban a actos de una violencia que no quería
imaginarse. Con el tiempo, empezaron a ser más frecuentes, pero nunca hasta hoy le había
sucedido que surgieran contra sus propios padres.
Debía irse.
Oía de fondo la voz de su padre contándole algo, pero era incapaz de seguir la
conversación. Cuando terminó de aplicarle el ungüento y vendarle las heridas, al ver la
expresión de sorpresa de su hija soltó una risa breve y la ayudó a levantarse.
“Vamos a ver a tu madre, seguro que ha tenido mejor suerte que nosotros”.
Le dió una palmada en el hombro, y volvió la mirada al cuerpo inerte del ciervo. “Podríamos
trocearlo y llevárnoslo, no creo que vayamos a encontrar nada mejor, pasado el mediodía”
reflexionó mientras se acariciaba la barbilla ausente.
“No sé, me duele decir esto pero, ¿podríamos dejarlo aquí? Y que lo aprovechen los demás
animales y plantas. Preferiría no tener que usar más cuchillos por hoy.” Levantó las palmas
de las manos vendadas soltando una risa nerviosa.
Su padre chasqueó la lengua y sonrió ligeramente para tranquilizarla “Sí, será mejor así,
dejémosles este regalo”.
Dejaron el cuerpo allí, y deshicieron su camino siguiendo su rastro.
Conforme pasó el tiempo, y ya eran capaces de reconocer más muestras de civilización,
Lirielithel oyó a su padre carraspear. Se preparó para lo que fuese a decir.
“Lir, sé que eres un culo inquieto, siempre estás fuera viviendo aventuras, pero, si alguna
vez te sucede algo que te haga daño o te lo haya hecho, quiero que sepas que me lo
puedes contar, a mí y a tu madre, y siempre te ayudaremos, no tienes porqué sufrir o temer
sola nada. Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites. Ya sabes que a veces es
necesario detenerse para poder seguir el camino después”.
Lirielithel se pasó distraídamente los dedos por las vendas de la mano derecha, ligeramente
herida en su orgullo “¡Ya no soy una niña, puedo con esto!”. Pero también sintió una calidez
en el pecho al escuchar esas palabras, sabiendo que a pesar de todo, podía volver aquí, y
refugiarse. De pronto sintió un pinchazo en la cabeza que la obligó a entrecerrar los ojos,
rompiendo en añicos la sensación. “No puedo quedarme”.
“Gracias papá, no te preocupes, está todo bien, debió de ser el cansancio, nunca paro como
has dicho” rió tratando de quitar hierro al asunto.
No del todo convencido por la respuesta, decidió no insistir, sabía que era mejor no forzarlo.
Se lo contaría cuando hubiera de ser.
Ambos miraron atrás, y vieron una mancha pequeña de sangre; la herida se había vuelto a
abrir. “Volvamos rápido, y atendamos mejor esas heridas”. Lirielithel miró unos segundos
más la sangre derramada y siguió a su padre.
Se consoló pensando que la sangre fertilizaría la tierra, y brotaría nueva vida de ahí.
Realizado por: Irene