Guerra. La guerra nunca cambia. Los motivos, el resultado, la historia que cuenta el vencedor… Pero la guerra nunca cambia. Vikogh, el Inmortal, lo sabía bien. No era realmente inmortal, aunque le conocían así. Corrían rumores, historias y leyendas, sobre dicha inmortalidad. ¿Eres realmente inmortal si todos lo creen y tu dios te protege contra todo daño? Llegado cierto punto daba igual.
Contemplaba el campo de batalla, antes de que empezase el juego de siempre. Las tropas dispuestas como piezas a los lados de un tablero de algún macabro juego de estrategia. Los accidentes del terreno, cuidadosamente escogidos por ambos generales, ambos esperando que sus ases en la manga fuesen más desequilibrantes que los del adversario. Ambos rezando a sus dioses. Ambos observando a la tropa, sabiendo que muchos encontrarían su último día allí.
Su mirada se dirigió a un lado, a su izquierda, contemplando el estandarte de la Señora de la Estrategia, el Caballero Rojo. La diosa de la estrategia militar, sirviente del poderoso Tempus. Vikogh siempre la había venerado con verdadera pasión, al ser un veterano general. Su poderoso cuello se giró hacia el lado contrario, a su derecha, observando la espada ensangrentada que su ejército transportaba. Era más alta que el más alto de los guerreros de su ejército, lo cual no era poco decir, pues la mayoría eran corpulentos semiorcos. Pero al fin y al cabo, era el símbolo sagrado de su dios, Ilneval, la deidad orca de la guerra brutal e inclemente. Vikogh siempre había estado a medio camino entre ambos, pero nunca pareció importarles. Ambos eran distintos aspectos de la guerra. La despiadada y fría estrategia y la brutal y apasionada masacre.
El mito de Vikogh crecía en cada victoria y conquista, no sólo por sus despiadados y astutos métodos. Utilizaba a las tropas como herramientas, como armas de las que disponer y remendar cuando eran dañadas, o desechar cuando estaban más allá de todo uso. Pero como buen guerrero, con armas a su disposición, siempre se encontraba en el centro de la batalla, al frente de su ejército. Por eso le llamaban “el Inmortal”. Era verdaderamente difícil sobrevivir, teniendo en cuenta sus propias tácticas. Algunos incluso afirmaban que pese a ser un semiorco, su piel era realmente rojiza, y no verdosa, pues invariablemente las batallas terminaban con el general bañado en sangre, de cabeza a pies.
Aquella ocasión era algo trascendente. La batalla culminante de una larga y ardua campaña, que cambiaría incluso las fronteras de varios reinos. Su dios le había encargado la tarea, y Vikogh cumpliría. El resto no importaba. Su nacimiento bastardo, fruto de la violación de una prisionera de guerra a manos de alguna banda de orcos salvajes, no le había dejado mucho margen para prosperar. Pronto aprendió que sólo había un camino. Ser más astuto. Ser más brutal. Siempre más astuto y brutal que cualquier orco.
Así como su ejército era un arma en sus manos, desechable y prescindible, él mismo era una herramienta, prescindible y desechable, en manos de Ilneval, e incluso en las del Caballero Rojo. Nunca había fantaseado con ser algo más que eso. Y sin embargo…
La guerra nunca cambia. Pero Vikogh, si. Con tantos años de guerras, escaramuzas y batallas a sus espaldas, se movía por el campo de batalla con serenidad, pese a la desaforada ira frenética que utilizaba, una vez llegada la hora de matar. Se permitía el lujo de contemplar a los soldados, propios o enemigos. Pensar en qué les había llevado allí. Tenía clara su historia, su pasado, pero… ¿los demás? ¿Qué les había empujado a estar en el lado equivocado de la espada de Vikogh, el Inmortal? Veía rostros tensos por la ira, por el miedo, por el dolor, por la euforia de la batalla, por el éxtasis religioso de servir a sus dioses… Pero también veía símbolos que adornaban cuellos y muñecas. Marcas tribales y tatuajes ceremoniales, que no representaban a ningún dios. Todos llevaban algún símbolo o marca de sus seres queridos, o de sus enemigos abatidos en el pasado, o de sus anhelos para el futuro. Todos estaban vivos y tenían un futuro antes de que él les mirase.
Vikogh se detuvo de repente. Su mano, más parecida a una zarpa que al apéndice de algo humanoide, aferraba el cuello de algún enemigo, cuyos ojos se abrían desorbitados. Estaba expuesto a los ataques de otros enemigos a su alrededor, pero su armadura aguantaba incomprensiblemente. Él sólo preguntaba, mirando a su víctima a los ojos, en un susurro que apenas podría escucharse, incluso si no estuviesen en mitad de una cruenta batalla. ¿Por qué? ¿Qué sentido tenía todo aquello? Los dioses podían resolver sus cuestiones sin necesidad de utilizar peones mortales como ellos. Aquello no servía de nada. Eran dados en un juego de azar, esclavos de la voluntad de dioses a los que no importaban lo más mínimo. Vikogh, el Inmortal, era un juguete, no por eficaz y glorioso, menos prescindible.
El desarrollo de la refriega pronto se hizo evidente. Una vez más, sus estratagemas y previsiones habían resultado más acertadas que las del otro general. Los traidores a los que más adelante se sacrificaría para mayor gloria de Ilneval, habían cumplido. La tropa, temerosa del fracaso, más que de la muerte a manos del enemigo, había cumplido. Los golpes dejaron de caer a su alrededor, y una especie de círculo de calma se formó en torno a él, y al desdichado al que sujetaba por el cuello. Entonces si se le escuchó.
Aulló a escasos centímetros del rostro de su presa, salpicando su cara de sangre, saliva y probablemente restos de su última comida. Exigía una respuesta a aquel “¿por qué?”. Contra todo pronóstico, en lugar de ejecutar al miserable, que ya era poco más que un guiñapo tembloroso, le soltó en mitad de la refriega, que ya agonizaba con el resultado claro. Alguien le capturó como prisionero, mientras el general, Vikogh, el Inmortal, se retiraba hacia el campamento, con otra victoria a sus espaldas.
Pocos vieron lo que ocurrió al llegar junto a los estandartes.
-Así pues… Tú tampoco tienes una respuesta a mi pregunta, ¿no es así?- le habló al aire, aunque su mirada estaba clavada en la enorme espada ensangrentada, símbolo de Ilneval. Sin esperar algún tipo de manifestación, descargó una brutal patada en la hoja del símbolo sagrado, quebrándolo en dos.
Esa fue la última vez que alguien vio a Vikogh, el Inmortal. El mismo terreno cobró vida propia, por voluntad del vengativo y rencoroso dios, y nadie se quedó a contemplar lo siguiente, todos huyendo despavoridos ante la ira divina. Al día siguiente, nada había cambiado, la victoria seguía siendo para el mismo bando. Las consecuencias seguían siendo las mismas. Pero el nombre de Vikogh estaba proscrito, y nadie supo nunca nada más sobre el general inmortal.
La guerra nunca cambia… Sin embargo… En los cubiles de los gremios de asesinos, ocasionalmente se susurra ese nombre prohibido, pues hay quien afirma que incluso un dios contrata asesinos para acabar con la vida de quienes les ofenden…
Realizado por: Curro