El verdugón en el pómulo y el corte que cruzaba desde el ojo, a través de la nariz y terminaba en la barbilla le escocían. Aquello no haría más bello su rostro verdoso. No podía evitar toquetear la tumefacción y lamer la parte del corte a la que alcanzaba. La jefa, Shri’Tana, no había podido contener la ira al despertar. Dócil meditaba sobre si aquello de dejarla inconsciente para evitar su muerte era o no era una traición a la familia. Si la Vyrae meditaba sobre ello era un misterio… su ira no lo era.
Habían ocurrido muchas cosas. Demasiado rápido. Ahora la sombra de la Hidra sólo tenía cuatro cabezas. ¿Había sido una traición la decisión de Wruz’roos? En combate todo era mucho más sencillo y simple... pero Dócil sabía demasiado bien que el combate no es sino una consecuencia. El resultado de algo que ya se ha decidido. Ir a la batalla e intentar ganar o sobrevivir no era un acto de decisión. Esa actitud te convertía en una mera marioneta. Alguien que cedía su libre albedrío a la consideración de otros, ya fueran el enemigo, tu general o los dioses. Nadie se librara de esa cadena… ¿Nadie? ¿Quién encadenaba a los dioses? Años atrás habría dicho que nadie ni nada, pero ahora…
Como si el hilo de sus pensamientos hubiese conjurado a la figura, una silueta más oscura que la oscuridad circundante, dio un paso al frente, sin llegar a entrar en el círculo de luz de la fogata. Lo suficiente para que los ojillos de Dócil lo detectasen y se pusiera en guardia. La silueta de una persona acorazada en una armadura negra, probablemente un hombre, aunque Dócil no lo sabía con certeza. La armadura no le otorgaba protección alguna, no la necesitaba. Era un símbolo.
-Dócil verte. No necesitar hacer el tonto- las toscas palabras en lengua común apenas eran un susurro, pero estaba seguro de que le escuchaba nítidamente.
-Bueno… Hay quien lo considera una cortesía, anunciar la presencia propia cuando ha pasado inadvertida- el yelmo distorsionaba la voz, haciendo imposible determinar sexo, edad, procedencia o cualquier otro dato relevante sobre aquel… ser.
-Tú también poder…- un gruñido de irritación dio paso al idioma orco, en el que hablaba con más fluidez –También puedes decir simplemente ‘hola’… No estoy de humor para utilizar la lengua suave.
-No te preocupes, te entiendo igualmente, pero me es más cómodo hablar en común.
-Ajá…- la simple expresión acompañada de un asentimiento zanjaba las cortesías. Decididamente no había acudido para hablar sobre idiomas.
-Te has embarcado en una guerra que no puedes ganar, Vrhsdflsh- el súbito crepitar de las llamas hizo incomprensible el nombre que había pronunciado, pero Dócil lo reconocía. Era su nombre real- Lo sabes, ¿verdad?
-Lo sé. Tampoco es la primera vez… y aquí sigo.
-Si es la primera vez que tus enemigos son omnipotentes, omnisapientes, e inmortales por definición. No se puede matar a los dioses.
-Entonces ¿por qué temen tal guerra?- el semi orco se encogió de hombros –Me destruirán, cuento con ello. Vencerán en último término… Pero sin duda correrá la noticia. Alguien se ha enfrentado a los dioses de tú a tú. Y la gente se hará preguntas, dudará, se replanteará cómo funciona el mundo. La hemorragia de herejes concluirá lo que yo no pueda. Mejor aún… otros recogerán el testigo. Los dioses están acabados. No ha ocurrido antes porque a nadie se le ha ocurrido o nadie ha consentido en hacer el sacrificio propio.
-Y sin embargo, sigues portando sus símbolos sagrados- no necesitó señalarlos, pero Dócil bajó levemente la mirada, como si quisiera enfocar mejor los colgantes que adornaban su cuello… una espada y un medallón, ambos ensangrentados y deslucidos.
-De ese modo nunca lo olvidaré. Las cadenas obligan al esclavo a bajar la cabeza con su peso. Incluso cuando cree que adora esas cadenas- un nuevo encogimiento de hombros.
-De acuerdo, tus convicciones son firmes, eso te lo concedo… ¿Qué hay de las consecuencias? Lo aceptes o no, has forjado lazos con esos que te rodean- en esta ocasión su brazo si se movió, en un gesto vago, hacia aquellas que dormían en el campamento –Los dioses sabrán dónde morder. No atacarán tu cuerpo ni tu mente, atacarán a tus seres queridos. Y si, los tienes. He aprendido con los siglos a evaluar las emociones mortales.
-Sería absurdo negártelo. Jamás a preciaría a alguien que no fuese capaz de decidir su destino y afrontar las consecuencias. Si siguen ahí, podrán soportarlo.
-Claro. Pero ¿saben lo que pretendes?
-Vyrae lo sabe. Si ella decide no compartirlo con las otras… por algo es Vyrae. El general es quien decide qué tropa conoce la estrategia y cuál no. Me deshice de esa carga hace mucho- de nuevo un encogimiento de hombros.
El silencio se acomodó entre ambas figuras, tan sólo transido por el crepitar de la hoguera y el tenue soplo del viento. Cinco segundos… medio minuto… un minuto completo… Dócil contaba mentalmente. Al completar el minuto se levantó del tocón en el que estaba apostado.
-Entiendo que me he defendido adecuadamente de tus embates. Veamos cómo te defiendes- poco a poco iba alzando el tono, desde el susurro quedo hasta el grito que demandaba respuestas -¿Cuál fue tu promesa rota? ¿Tanto agraviaste a Ao?- según aumentaba el tono y preguntaba, iba dando pasos hacia su interlocutor -¿Por qué aceptas sin más esas cadenas? ¿Acaso aceptas ser sencillamente otro tipo de esclavo? No tienes por qué acudir junto a mi sólo porque tomé una decisión- con un gesto agresivo, dio un pisotón en el suelo, algo pueril realmente -¿Tendrás el valor de ser libre y sumarte a la guerra?
No esperaba nada diferente, pero no pudo evitar suspirar, al contemplar que tras un parpadeo, la silueta acorazada había desaparecido. No tenía sentido intentar vislumbrar la armadura negra. No estaba. A su espalda, seguían durmiendo. El fuego seguía encendido. No había amenazas.
Dócil volvió a sentarse, sumido en una sorda letanía de improperios, que paradójicamente, podría confundirse con un rezo…
Realizado por: Curro
Imagen de: Beekart