—¿Todos listos? —preguntó Malark mientras se ajustaba las solapas del chaquetón.
—Claro está… —reprochó con desagrado Kodem Shoz.
—Si, aunque espero que los rumores sean falsos —comentó Lem mientras se arremangaba, mostrando los tatuajes de Los Perros Salvajes que llevaba en cada brazo—. No me gustaría que está misión terminara así…
El orco y el bárbaro se limitaron a emitir un gruñido para indicar conformidad, aunque el último esgrimía una sonrisa monstruosa mientras aferraba con fuerza el mango de su hacha.
—Que sea lo que los dioses quieran.
—Los dioses solo tiran los dados y ríen mientras observan la matanza.
Todos se giraron de golpe; Durug se encontraba sopesando su escudo como si no hubiera dicho nada relevante. Acostumbrados a esos comentarios por parte del anciano pielnegra, la banda dio media vuelta y se dirigió hacia las rejas de la mansión.
Dos guardias casi tan altos como Gorshnak les frenaron a la entrada.
—Tenemos cita con el señor Monterrey, caballeros.
—¿Sois esos putos perros apaleados, no? Está en su despacho, procurad no mearos en la puerta.
—Muy amable por su parte, si nos disculpan…
El grupo entró sin alzar la cabeza a los jardines de la propiedad, llenos de vida a pesar de las altas horas de la noche.
—Estoy francamente sorprendido y orgulloso, Gorshnak —comentó Malark mientras observaba los abedules y las rosas que crecían a los lados del camino de tierra—. A pesar de la provocación, no te has salido del plan. Poco a poco, vamos haciendo…
—Callate, Malark.
Cuando el espadachín se giró para contestar al semielfo, vio como el bárbaro mordía una especie de mordaza hecha de magia y estaba siendo arrastrado entre Lem y Durug, resistiendo con todas sus fuerzas el férreo agarre de sus compañeros. El hombre decidió hacer caso a su compañero y caminar más lento, esperando que el enfado de El Colmillo remitiera con el tiempo.
—Son ocho divididos en dos patrullas. —El hechicero iba golpeando el suelo con su bastón mientras murmuraba—. Son más de los que creíamos.
—Si los planes siempre fueran como queremos, ninguno estaría aquí.
—Joder, Durug —Gorshnak se había calmado después de romper su bozal mágico a mordiscos—. Eres la puta alegría de la huerta.
—Me lo solían decir…
Llegaron a las puertas de blanco alabastro del caserío y antes siquiera de alcanzar las aldabas que representaban a dos goblins sonrientes, estas se abrieron de par en par. Dos sirvientas de oscuro cabello ondulado les hicieron una pequeña reverencia, acompañadas por media docena de guardias armados hasta los dientes.
—El señor Monterrey les espera al final de la estancia. Sigan el pasillo y al llegar a las escaleras cobrizas, las puertas doradas llevan a su despacho.
—¿Dónde está el meadero?
—¿En serio Gorshnak?. —La máscara de cortesía de Malark se cayó por unos breves instantes—. Aguantate que no eres un crío, ya te cuelgan demasiado los huevos.
—Que me estoy meando una barbaridad, tío. —Al decir eso, Lem salió del ensimismamiento en el que había caído por la belleza de las criadas y empezó a reírse a carcajadas—. ¿De qué coño te ríes tú?
—Déjale ir, Malark, casi mejor que no asista a la reunión; podría cagarse en el escritorio o algo peor.
Tras observar cómo la idea ofrecida por el semielfo le resultaba tentadora a su compañero, chasqueó la lengua y se dirigió al despacho junto a los demás, mientras una de las sirvientas acompañaba al bárbaro a los servicios. Kodem fue golpeando sonoramente su bastón y susurrando palabras en élfico mientras Lem y Durug observaban cada cuadro y tapiz que colgaba por la casa; escenas obscenas de orgías multirraciales y bacanales desproporcionadas ocupaban cada cada centímetro de pared. Al poco, llegaron a una gran sala cubierta de alfombras doradas custodiada por otros ocho matones; en el centro de la misma, se iniciaban las escaleras que ascendían por más de cuatro pisos.
—Yo no subo.
—¿Ahora te estás meando tú, Durug?
—No, pero mis rodillas no aguantan esa subida ni en broma. Me he hecho demasiado viejo para estas cosas.
—No me jodas, anciano. —Malark empezó a enfadarse—. ¡Aquí cada uno hace lo que le sale de la polla!
—No, ese es Gorshnak.
Lem empezó a reír hasta llegar al llanto e incluso el hechicero se permitió esbozar una sonrisa pícara; Malark se conformó con alzar el dedo corazón y empezar la subida.
—Más le vale tener la puerta abierta, por qué no me quedan fuerzas ni para mover el picaporte.
Cuando llegaron al final de la escalinata, bien pareció que les habían oído, puesto que el seboso hombre que les había contratado dos semanas antes se encontraba acompañado de dos semiorcos que igualaban en tamaño al bárbaro que habían dejado en la entrada.
—Mis queridos invitados, pasad, por favor —dijo Monterrey exagerando una reverencia y señalando al único asiento del despacho; Malark se adelantó sin dudarlo, mientras los otros dos esperaban de pie cada uno al lado de “La Zarpa” de Los Perros Salvajes.
—Bien, señor Monterrey, el trabajo ha sido completado y venimos a por el resto del pago.
—Entiendo pues, que ese cabrón de Molineux dejará de meter la nariz en mis asuntos.
—Imposible, ya no dispone de napia con la que husmear —Lem se crujió los nudillos ante las palabras de su compañero—. Al contrario de lo que usted nos dijo, no fue fácil de convencer; un tipo con valores morales elevados, pero una vez pinchas a la familia y demuestras que vas en serio, el asunto se soluciona.
—Bien, fantástico, nunca me gustó su pico aguileño en cualquier caso. —Entre risas, el obeso magnate sacó una pesada bolsa de oro y la depositó sobre la mesa—. Aquí están las cuarenta monedas de oro restantes. Buen trabajo, muchachos.
—El pago asciende a un total de cuatrocientas piezas de oro, como estipula el contrato, señor. —Malark extendió con presteza el acuerdo antes de permitir al mafioso réplica alguna— Como usted puede observar y le señalamos durante la firma del pergamino que tiene usted a su disposición, en caso de reiteración o aplicaciones de la violencia física o mágica, las tarifas suben.
—¿Y como sé yo que no forzasteis la situación para cobrar más?
—Por qué no es nuestra manera de proceder; además, no tengo duda alguna de que tu espía tiefling te informó al respecto.
—¿Espía? No me acusareis de…
—No acusamos de nada, señor. —El semielfo golpeó con fuerza el suelo con el bastón y una leve brisa recorrió la estancia. Los guardias llevaron las manos a las armas, pero ningún mercenario en la sala se movió—. Contrastamos un hecho que comprendemos lógico, como es el observar el procedimiento de un trabajo y que se haga correctamente, sin trampa ni mímico.
—En cualquier caso, no puedo aseverar el cumplimiento correcto de vuestras condiciones, así que no pagaré más de la cuenta.
—¿Está diciendo que incumplirá el contrato?
—Solo digo que…
—Señor Monterrey, —El ambiente del despacho se enrareció mientras el espadachín hablaba con tono suave y comedido—, ¿va a incumplir usted un contrato con Los Perros Salvajes?.
—Si ustedes insisten en considerarlo así, sí.
Los guardias desenvainaron una espada y una daga cada uno y se colocaron en posición de combate. El semielfo y el monje no se movieron de su sitio y Malark no dejo de dibujar una sonrisa en su rostro.
—Muy bien, si esa es su decisión, no vamos a discutirla —Se giró hacia sus compañeros y los tres asintieron al unísono. Mientras Kodem Shoz golpeaba tres veces con el bastón, el espadachín recogió la bolsa de dinero de la mesa.
—Me alegro de que hayamos llegado a un entendimiento y de que…
El grito de Monterrey cuando La Zarpa le clavó la mano a la mesa con una daga resonó por toda la mansión, pero la trifulca se resolvió en apenas un instante. Lem le hundió el pecho y la cara al matón de su izquierda de un golpe doble, mientras que el que se encontraba a la derecha del hechicero cayó al suelo gimiendo y llorando sangre mientras este gesticulaba y murmuraba.
—¡¿Qué coño hacéis?!
—Cobrar la cláusula de intento de estafa.
Los tres empezaron a registrar la habitación con calma y fueron abriendo cada escondite y caja fuerte que encontraban mientras Monterrey les insultaba y amenazaba mientras se escuchaban gritos de pelea en el vestíbulo.
—¡El resto de mis hombres os cogerán ahora y moriréis como las ratas que sois!
—Somos Perros, caballero, no ratas —respondió con calma Malark.
—El resto de tus hombres ha muerto, están incapacitados o si son listos, han huido —aseveró el semielfo mientras forzaba con magia una cerradura tras un tapiz.
Los gritos cesaron por toda la casa y empezaron a contar el dinero.
—¿El total?
—Quinientas monedas de oro, lo que equivale a dos mil quinientos galones de cerveza en esta zona.
—¡Tomadlo y largaos!
—De hecho, falta dinero, ¿no, chicos?
—Efectivamente, como dice el contrato, nos queda un extra que cobrar.
—¡¿De qué cojones habláis?!
—El extra por subnormal. —Kodem sonreía con maldad—Sí como grupo decidimos que el trato recibido es de mal gusto o de una tremenda falta de educación, aumentamos la tarifa de cobro. Los presentes somos mayoría y estamos de acuerdo en que no se ha comportado como un anfitrión adecuado —los otros dos asintieron al unísono.
—¡No tengo más dinero aquí!
—Una lastima pues. —La Zarpa salió de la habitación sin mirar dos veces atrás— Nos obligas a cobrar en especias entonces. No puedo decir que haya sido un placer, Señor Monterrey. Que tenga una buena noche.
Lem realizó una breve reverencia y se marchó, mientras el hechicero conjuraba una pequeña llama en la estantería.
—Tienes razón, Buddy —habló como si alguien se encontrara a su lado—. Si lo hacemos, hagámoslo a lo grande.
Mientras Monterrey gritaba, Korem Shoz fue lanzando pequeñas llamaradas a todo objeto inflamable que encontraba. Abajo se encontraron junto al orco: estaba manchado de sangre de arriba a abajo y esperaba de pie sobre el cadáver partido por la mitad de uno de los guardias.
—Os lo habéis tomado con calma, ¿nos vamos ya?
—Si; recoge los cuadros y objetos de valor que veas y puedas. ¿Dónde está nuestro bárbaro?
—Le he oído gritar fuera, creo que ha ido a cobrarse la cabeza del gilipollas de la entrada.
—Perfecto, así podemos tomarlo con más calma.
Saquearon cuanto pudieron y salieron al exterior con sacos llenos de jarrones, cuadros y figuras de cobre y plata. Los jardines parecían una macabra parodia de un jardín de estatuas. Los soldados se encontraban muertos sobre los árboles y al pie de estos en posiciones antinaturales; a lo lejos, Gorshnak meaba sobre la cabeza clavada en un arbusto del centinela de la entrada.
—¿Nos vamos ya? —preguntó mientras sacudía las últimas gotas de pis de la polla.
Asintieron al unísono y se marcharon en silencio mientras la mansión ardía en llamas, recordando a un albor rojo en el horizonte. Quedaba mucho trecho que recorrer para que no les alcanzaran las autoridades y les faltaba una Lengua para sacarles del apuro con su lengua de plata.
—Creo que Buddy me dijo que Neverwinter no caía lejos de aquí…
Realizado por: Eloi