—Me cagon tu calavera… —gruñía Gorshnak en sueños mientras el sol se asomaba por el horizonte.
Los Perros Salvajes descansaban por primera vez tras los festejos por la victoria contra la plaga de la Muerte Aullante: el Anillo de Birra había pasado de mano en mano por todos los supervivientes hasta agotar sus reservas, arrasaron con todo barril que contuviera alcohol como si su vida fuera de ello y se gestaron por lo menos media docena de bastardos semielfos y semiorcos bajo las mesas de algunas tabernas.
—No entiendo como puede dormir tan fácilmente tras lo que ha ocurrido…
—Después de cuatro peleas en el pozo, yo también dormiría como un bebé —respondió Kodem al espadachín mientras apuraba el último trago de vino de la copa.
—¡Nos han robado nuestra bandera, nuestro símbolo! —Malark se levantó entre aspavientos, tratando de no apoyarse en la pierna lesionada tras el duelo contra el pirata—. ¡Deberíamos estar ya camino al archipiélago de Korinn, hundiendo cada bote que encontráramos por el camino!
—Heridos, agotados y sin marineros, no llegaríamos más allá de donde Durug pudiera flotar solo.
—Si llega a más de un par de brazadas, me como el otro ojo…
—Yo no haría una apuesta así, esa mala bestia es capaz de partir el mar a hachazos y abrirse paso contra los leviatanes.
—Ahora que hablamos de él, ¿donde coño se ha metido nuestro orog?
—No lo sé muy bien, pero últimamente siempre se va con Lem a dar una vuelta por la ciudad de noche.
—¿Qué crees que harán?
El semielfo miró a La Zarpa de los Perros Salvajes con gesto lascivo y Malark se dio a la cerveza solo para eliminar tal pensamiento de su cabeza mientras el hechicero reía a carcajadas y volvía a llenar el vaso de vino tinto.
—Putos piratas… —Gorshnak golpeó la pared en sueños, creando un boquete que daba a las callejuelas que aún se mantenían en pie de Neverwinter.
—Esto ha cambiado mucho desde la batalla…
Lem observaba el templo dedicado a Tempus como si fuera la primera vez que lo viera, que dados los cambios bien podría haber sido; nuevas armas, tanto de los caídos como de los victoriosos, decoraban las paredes pintadas de blanco al lado de los tapices rojos, amarillos y morados con el blason del dios de la batalla cosido a los mismos. En el centro del mismo, dando órdenes y dedicando gruñidos a los pocos que se atrevían a saludarle, Durug organizaba la renovación del templo tras llevarse una de las peores partes durante la batalla.
—Oye, anciano, ¿en qué momento aprendiste sobre arquitectura? —preguntó mientras encendía algunas velas como le había pedido.
—¿Arquitectura?
—Quiero decir, ¿desde cuando sabes construir un edificio?
—No se construir edificios, se construir fortalezas. Soy un guerrero, un campeón, un general… Si no supiera hacerlo, sería un mierdas.
—No, si razón no te falta…
—Vuelve la mirada hacia aquí, Tempus. —Durug alzó su hacha desde el altar del templo mientras el resto enmudecian y observaban a la bestia que les había salvado hacía un par de días—. He luchado en una batalla más y he sobrevivido a una contienda más. Mi vida es la guerra, mi alma el combate y mi corazón late por la lucha. Guíame a tu siguiente batalla, Tempus, y yo haré cumplir tu voluntad en la misma.
Menos el joven monje, el resto de los presentes se arrodillaron tras desenvainar sus armas y dedicaron sus propias palabras al dios que habitaba aquel bastión; a su vez, el gigantesco orog salió de la estancia y se encaminó a la parte de atrás, seguido por su compañero.
—¿Desde cuando sabes hablar tan bien común? ¿Nos has tenido engañados todo este tiempo?
—¿Qué cojones dices?, yo solo repito lo que Levafuego decirme que debo decir.
—Ah… Aún así, estás mejorando tu común muy rápido.
—Lo necesito para poder hacer mejor mi trabajo. Aquí no entendéis las ordenes sencillas.
Antes siquiera de que Lem pudiera dar réplica, el orog se sentó con las piernas cruzadas en el centro del cementerio dedicado a los caídos en combate y dejó todas las armas a su espalda.
—¿Cómo se llama esa mierda que haces tú, de sentarte y hacer ver que piensas mucho pero en realidad no?
—¿Meditar?
—Eso, ¿para que lo haces?
—Para conectar con mi mente, mi cuerpo y mi entorno. —El humano ignoró activamente los comentarios despreciativos del guerrero. Sabía bien de qué pie calzaba el viejo y lo que le gustaba alterar la sangre de los demás—. Según más comprendes tu ser y lo que te rodea, más fácil es conectar con todo y canalizarlo a través de tu cuerpo.
—Enseñame.
Lejos de preguntar, Lem se encogió de hombros y se posicionó con la forma de la flor de loto; Durug le imitó entre crujidos de armadura y huesos. Inspiró y expiró diversas veces, entonando un mantra y cuando vió que su compañero le seguía, fue disminuyendo la cadencia.
—Ahora vacía tu mente. —Tras varios minutos y ver que el orog no respondía, prosiguió con la lección—. Poco a poco, ve llenándola con la persona que eras. Tu infancia, tu juventud, tus amigos, tu familia, tus enemigos… Llega poco a poco hasta el lugar en el que te encuentras.
Nada sucedió durante los primeros instantes, pero de repente, el suelo empezó a temblar. Bajo Durug se empezó a agrietar la tierra y terrones de barro saltaron en todas direcciones; las runas del cuerpo del Perro Salvaje brillaban con el fulgor de un sol, hasta tal punto que el monje tuvo que taparse la vista y esconderse tras una de las lápidas. Tal y como llegó, la destrucción se detuvo y el sudoroso orog sonreía con los ojos muy abiertos y varios de los glifos palpitando.
—Esos piratas están jodidos.
Realizado por: Eloi
Imagen de: WorldAnvil