Coralee se sentó durante unos minutos, tranquilamente, frente al mar antes de partir de Saltmarsh.
Con un pequeño cincel, para matar el rato, tallaba tontamente en una pequeña roca que tenía a su lado, lo que le recordaba al rostro de su padre. Últimamente, sentía el mar muy cerca pero a la vez muy lejos de ella…En poco tiempo su vida había vuelto a cambiar de manera inesperada otra vez.
Tras los acontecimientos de Saltmarsh, ahora debía servir también a la diosa Umberlee. No le desagradaba la idea, al final estaba relacionada con el mar. Tener una segunda fuente de poder le parecía interesante, pero le generaba dudas y miedo, de cómo podía afectar todo eso a su patrón y temía que el favor de la diosa durara poco.
Había encontrado un pequeño grupo de gente a la cual puede considerar como una nueva “familia”. Decidir formar parte de los “Hijos del bosque” le había generado algo que antes nunca se habría planteado: confiar lo suficiente en alguien de la superficie y sentirse acogida. Quizá había un sitio para ella fuera de Onisteles. Desde que partió de aquel pantano, no se había planteado volver a casa, ni siquiera quería imaginar que pasaría si la vieran volver allí, si es que quedaba donde volver.
En su mente no dejaba de darle vueltas a las múltiples conversaciones que había tenido con Tejehechizos. Las mismas que le habían hecho dudar cuando estaba delante de Thalassa antes de darla el último golpe.
Tejehechizos le había dicho que se olvidase de su pueblo y comenzase de nuevo una nueva vida. Pero Coralee se sentía incapaz de hacerlo, por muchas dudas que le hubieran entrado últimamente.
Pero sobre todo, había un pensamiento no dejaba de rondarle la cabeza por encima de los demás… ¿Era su valor igual al de todo un pueblo? ¿Y por qué Dagon la eligió a ella? ¿De verdad ella valía tanto o era todo casualidad y capricho del destino? Coralee se había dedicado a valorar a la gente de la superficie, pero no se había parado a intentar ver qué valor tenía ella misma.
Desde luego, muchas dudas y preguntas de las que esperaba poder aclarar la mente pronto. Por otro lado, le había gustado la sensación de acumular poder en sus manos y no pensaba dejarlo ir fácilmente.
Coralee dio unos últimos golpes a la piedra, dejando esbozado un rostro, parecido al de su padre, que quedó mirando en soledad al mar.
Relato de: Lunsel